Política, anhelo de identidad

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Todo discurso político es en el fondo una expresión del anhelo de identidad. Y sólo eso. La falsedad que se genera en ese obstinado chapoteo en el lodo, al que llamamos discurso político, es por tanto doble. La primera falsedad -también doble- consiste en creer que ese discurso político es autónomo y liberador, cuando en realidad pocas cosas hay más determinadas y más generadoras de servidumbres que la política. No hay búsqueda racional de soluciones o verdades en el discurso político. Se trata simplemente del mecanismo de generación de identidad más eficaz de cuantos existen. Lo que empieza siendo, al menos en ocasiones, una investigación sobre ésta o aquélla cuestión, termina convirtiéndose casi siempre en una mera expresión de la nueva identidad: soy esto, o soy aquello. O bien, soy anti-esto, o soy anti-aquello. Y ese ser algo pasa a convertirse en lo único que importa, a mantener ese ser algo reducimos todo nuestra facultad cognoscitiva. Todas las justificaciones, argumentaciones y conclusiones derivadas son sólo mecanismos de perpetuación de ese “yo” frágil. Todas ellas no son más que la defensa obstinada, a vida o muerte, de esa identidad recién adquirida. Se discute contra o a favor de otros. Y a eso que no es sino subsunción en los otros llamamos, curiosamente, identidad.

En eso consiste precisamente la segunda falsedad, en creer que la identidad inconscientemente buscada, forjada en la expresión política, es real. Al decir “soy esto” creemos estar revelando un yo, pero en realidad ese “soy esto” lo que revela es un conjunto de determinaciones y afectos compartidos por muchos otros, en los que extrañamente nos afanamos por encerrarnos. No hay nada propio, por tanto, en ese yo construido en torno a la política. Tan sólo identidad falsa. (Identidad falsa: pleonasmo)

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, decía, de nuevo, SpinozaEn nada piensa menos que en la política.

UKIP, Frente Nacional y Podemos. O de los usos de las palabras en política

Es curioso esto del prefijo “ultra”. Comienzo a sospechar que las palabras, contrariamente a lo que siempre había creído, tienen propiedades del mundo físico. No me explico si no la querencia del citado prefijo por determinadas categorías políticas, y su rechazo a otras. “Nacionalista” y “Derecha” sí; “Izquierda”, jamás. ¿Se verán las palabras afectadas por los polos magnéticos? Tal vez, sólo tal vez, sea físicamente imposible combinar “ultra” con “izquierda” del mismo modo que es imposible juntar dos polos iguales. Pedro Abelardo y los nominalistas estarían errados. La palabra “rosa” olería a rosas, y la palabra “agua” calmaría la sed.

El lector avispado se habrá percatado de que todo esto tiene que ver con las reacciones a los resultados de las recientes elecciones al Parlamento Europeo. Sea eso lo que sea. Las mentes sensibles y “críticas” se han apresurado a catalogar a dos de los triunfadores como “ultras”, consiguiendo así que parezcan lo mismo para no dejar de vivir en un mundo claramente dividido entre buenos y malos, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Me refiero al Frente Nacional de Marine Le Pen y al UKIP de Nigel Farage. Y sí, seguramente ambos tengan puntos en común. Y no niego que sean merecedores del prefijo “ultra”. Pero si fuéramos capaces de “hacer política” sin pervertir el significado de las palabras -lo sé, alguno ya estará pensando en algo como esto– no utilizaríamos el prefijo, convertido ya en concepto, a la ligera. Estableceríamos claramente qué es lo que cualifica a un partido, persona o idea para poder ir acompañada de “ultra”. ¿Es su lejanía respecto a un centro moderado? ¿Son los métodos de los que se sirven para defender los fines? ¿O acaso son las ideas mismas las que son “ultra”, sin necesidad de establecer un punto de referencia? Esto último no tendría sentido, puesto que “ultra” significa “más allá”, es decir, ha de contar con un punto previo, una referencia local. También puede significar exceso, pero del mismo modo requeriría una cantidad media, aceptable, desde la que se produciría ese exceso.

Ocurre, no obstante, que “ultra” ha quedado como sinónimo de “muy de derechas”. Sólo hace falta ir al RAE para comprobarlo2. adj. Dicho de un grupo político, de una ideología, o de una persona: De extrema derecha. U. t. c. s.

Ultra, es decir, extrema derecha. Palabras que cobran vida y establecen vínculos afectivos. Y la eterna servidumbre hacia el caduco eje izquierda/derecha. Caduco y necesario, para que pueda continuar el carnaval de afectos al que ha quedado reducido la política. Si es que alguna vez fue otra cosa.

No hay, en lo económico, grandes diferencias entre el ultraderechista Frente Nacional de Le Pen y Podemos. Pero como decíamos, no son los hechos los que fijan las palabras, sino los afectos. Le Pen es una desagradable extremista hija de un todavía más desagradable extremista. Pablo Iglesias es un joven profesor universitario que… “No hay más preguntas, señoría.” La elección de las palabras, como trágicamente supo Klemperer, no es nunca accidental. Las palabras dan forma a lo político. O tal vez sea más acertado decir que la política comienza con las palabras. Con la perversión sistemática y ordenada del significado de los conceptos sobre los que se construirá el discurso.

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-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty-Dumpty- es saber quién es el que manda… eso es todo.

 

 

 

No debería producir ningún sentimiento la palabra “ultra”. Pero lo hace. Y por ello no describe, sino que conforma afectos. El lenguaje permite distinguir las cosas. Los afectos las unifican, en lo agradable y lo desagradable. No defiende UKIP nada distinto, en lo esencial, a la gran mayoría de partidos conservadores en el terreno de la inmigración. Recuperación de las competencias en el control de esa inmigración, y condiciones estrictas para el acceso a los servicios sociales del Estado. Sí aporta una diferencia: un discurso económico en el que la responsabilidad cae sobre el individuo y no sobre el Estado. Es decir, opuesto al discurso de Podemos y el Frente Nacional. Pero sólo interesan las diferencias que reafirman los afectos. Otro apunte: sólo UKIP, y no por ejemplo CIU, merece el calificativo de ultranacionalista por sus propuestas sobre inmigración. CIU:

  • Reivindicar más competencias en materia de inmigración para conseguir el desarrollo del Estatut.
  • Reforzar la lucha contra la inmigración irregular y asegurar que el Estado cumpla las obligaciones establecidas en las políticas de retorno.
  • Hacer obligatorio el requisito de la obtención de l’arrelament” (esfuerzo de integración) para obtener la residencia permanente.
  • Desarrollar un plan de enseñanza de la lengua catalana.

 

Si fuéramos capaces de hacer política sin pervertir el significado de las palabras, decía, sin convertir los afectos en el punto de partida, eje y meta de los discursos, podríamos abandonar de una vez por todas el esquema izquierda/derecha, mero generador de servidumbres sentimentales. Pero

Si la naturaleza humana estuviese dispuesta de tal modo que los hombres viviesen siguiendo únicamente las prescripciones de la razón, y si sus esfuerzos tendieran a ello solamente, el derecho de naturaleza, mientras fuera considerado propio del género humano, estaría determinado únicamente por la potencia de la razón. Pero

 

Gabriel Albiac, en el Epílogo de la Ética de Spinoza

OBRAS MENCIONADAS:

LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo

Alicia en el País de las Maravillas: Incluye Al otro lado del espejo

Ética demostrada según el orden geométrico

¿A quién votaré en las elecciones europeas? Una respuesta clara y directa

 

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La respuesta a esta pregunta ha de ser sin duda directa y concisa. Es una cuestión que no puede quedar en el olvido por más tiempo, y por lo tanto ha de convertirse en nuestra única prioridad. Una respuesta clara y sin ambigüedades que nos permita abordar el problema de la manera más honesta y transparente posible. Pero no nos engañemos, es una labor que requiere el esfuerzo de todos, no sólo de unos pocos. Si queremos construir una sociedad mejor, tenemos que convertir la respuesta en un problema común. Ya hemos malgastado demasiado tiempo ocupándonos de respuestas parciales e interesadas. Por eso desde aquí queremos dejar claro que estamos ante una nueva era. Una era de cambio. Una era en la que las respuestas timoratas y acomplejadas no tienen cabida. Una era en la que, por fin, podremos esperar una respuesta a la altura de las demandas de la sociedad. Hemos entendido el mensaje, y no dejaremos que caiga en saco roto.

La respuesta, por tanto. Muchas personas la han pedido. Personas buenas, inteligentes, que no se dejan corromper por intereses partidistas, y que no se conformarán con cualquier cosa. Personas que merecen algo más que una simple declaración entre líneas, personas que con su trabajo, esfuerzo y dedicación ayudan a que esta sociedad pueda caminar sin miedo hacia un futuro mejor. Es a esas personas a quienes debemos la respuesta. Y, no lo dudéis ni por un instante, tendrán su respuesta. Tendréis, sí, vuestra respuesta. Porque lo merecéis, y porque nosotros no seríamos dignos de atención si no os la diéramos. No podemos permitir que, una vez más, las demandas sociales se conviertan en humo. La época de los embaucadores, de los trileros y de los encantadores de serpientes, ha terminado. Y sois vosotros quienes lo habéis hecho posible.

Pero no nos engañemos, hay gente que está con el cuchillo preparado, aguardando desde la comodidad de su sillón a que movamos ficha. Gente que espera lo peor del ser humano, que es incapaz de divisar el sol entre las nubes. A esa gente no le dedicaremos ni un minuto. Porque son quienes no cesarán nunca de poner palos en las ruedas del progreso, gente que se alegra de las desgracias ajenas. Ellos son los enemigos de la regeneración, del cambio, de la ilusión. Y precisamente por eso, porque esperan que callemos como otros han hecho siempre, debemos dedicar todo nuestro empeño a la construcción conjunta de esa respuesta. Y digo conjunta, porque no tendría sentido una respuesta que no fuera capaz de aglutinar todas las voces implicadas en este proceso de transformación social. Aquellos que no tienen voz son precisamente quienes más alto deben hacerse oír. Porque sin ellos, los demás no somos nada.

Será por tanto una ardua tarea. Posiblemente avanzaremos lentamente, despejando las tinieblas en nuestro camino, a través de un terreno difícil. Pero Roma no se construyó en dos días. No debemos olvidarlo nunca. Cuando el viaje comience a hacerse pesado, cuando parezca que toda esperanza está perdida, recordemos que sólo los caminos difíciles merecen la pena. Entonces, y sólo entonces, podremos volver a levantar la mirada hacia el horizonte. Y cuando por fin lleguemos al final del camino, al volver la vista atrás, contemplaremos con orgullo las adversidades que en breve nos tocará afrontar.

Pero sé que la impaciencia no tardará en hacer mella en quienes habéis llegado hasta aquí. Sé que habéis esperado demasiado tiempo, y aun así debo pediros un último y pequeño esfuerzo. Sé que no es justo, y que ya os han pedido lo mismo otras veces, pero os pido que aguantéis un poco más. La respuesta llegará antes de lo que pensáis. Y cuando llegue, sabréis que la espera ha merecido la pena. Creedme, me gustaría tener ya una respuesta. Sería mucho más fácil responder de manera simple y directa. Pero no os merecéis una respuesta simple. Os merecéis algo mejor. Y sé que no os conformaríais con otra cosa. Por eso, no podemos tratar la respuesta con ligereza. Sería tirar por tierra todo nuestro trabajo, y lo que es peor, el trabajo de todas esas personas que nos han hecho mejores. Sería, no lo dudéis, faltaros al respeto.

Para terminar, sé que esperabais una respuesta clara y directa. Os prometí una respuesta clara y directa. Y sabéis que no podría volver a dirigirme a vosotros si faltase a mi palabra. Por eso, hoy puedo decir por fin que tenemos una respuesta. Sí, oís bien: hay una respuesta. Siempre ha estado ahí. La respuesta, amigos, está en vuestras manos. En las manos de todos los que habéis hecho posible este viaje.

Así que ha llegado el momento de dar por terminado el camino que iniciamos hace sólo unas líneas. Sé que la respuesta ha podido sorprender a algunos, y que otros, unos pocos, se habrán sentido decepcionados. Pero es algo con lo que ya contaba. Al fin y al cabo, quien se arriesga, quien aborda los problemas con integridad y sin miedo, termina pagando su audacia, en un momento u otro. Pero no me importa, porque como dije, mi única prioridad en estas líneas ha sido cumplir lo prometido: daros una respuesta. Disfrutadla como se merece.

Servidumbres voluntarias

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Todo proceso político ha sido y será siempre revolucionario. En el sentido astronómico del término. Es decir, cíclico. Todo vuelve siempre al mismo lugar. Cambiarlo todo para que nada cambie. Es de ilusos pensar que puede darse algún cambio real. Pensar, además, que uno puede tener algo que ver con ese cambio, va más allá de la ilusión.

Dentro de poco se celebrarán las elecciones al Parlamento europeo. Más de la mitad de los españoles, al parecer, no tiene ni idea de cuándo se celebran. Da lo mismo. Lo que es seguro es que unas cuantas personas serán elegidas para no se sabe muy bien qué. Para hacer como que hacen, allí, en Europa. Y les pagaremos encantados. Otros, los pobres, se quedarán sin premio. Y no tendrán nada que ofrecer a sus votantes, más que ilusión y esperanza. Ilusión y esperanza, para que todo empiece de nuevo. Otro escenario, otros actores, el mismo guión. Y el mismo público, en la caverna, aplaudiendo el paso de las sombras.

Platón, vilipendiado por muchos que creen que escribió la República hace veinte años, también intentó cambiar las cosas. Mediante la política. ¿Cómo si no? Pero se dio cuenta de que ni República, ni rey-filósofo, ni filósofo-rey. Filósofo, sólo. Y por lo tanto, solo. No cambiará nada, pero al menos sabré que no cambiará nada. Y no seré cómplice de todas las barbaridades que se cometan en nombre de ese no-cambio. Que no es poca cosa. La militancia tiene un precio muy alto. No sólo te hace cómplice de las barbaridades, sino también de la estupidez. Que es casi peor. Del pensamiento colectivo, del esloganismo, de la adoración al líder y a la Causa, del desprecio a quienes no ocupan el mismo espacio. Del eterno mecanismo de la esperanza y del miedo. Como decíamos, un precio demasiado alto.

Me quedo con Epicuro y el viejo Platón. Porque en política,  “adaptando” a Gorgias:

Nada cambia.

Si algo cambiara, sería superficial.

Si se pudiera dar un cambio real, tú no tendrías nada que ver.

Nada cambia, en política. Salvo quien se adentra en política.

OBRAS MENCIONADAS:

Carta VII – Platón

Epicuro – Obras

Fuego en los genes

violencia

Todos podemos aceptar en mayor o menor grado que buena parte de lo que somos y hacemos es el resultado de una determinada configuración genética. El entorno influye, claro, pero sólo hasta cierto punto. Los genes, en cambio, condicionan. O predisponen. No determinan, gracias a Dios. Pero aprietan que da gusto.

Así, en una misma casa, con la misma educación, los hermanos pueden tener, y normalmente tienen, gustos muy diferentes. Pueden tener facilidad para los idiomas, para las matemáticas o para el deporte. Pueden pasar horas frente a la televisión o escuchando música. Dentro de la música, algunos se sentirán atraídos por la clásica, y otros por el pop. Muy poco hay en esos gustos adquiridos de “adquirido”. Todo esto, decía, no creo que sea difícil de aceptar.

Avanzando un poco, son también los genes los que predisponen a una persona a buscar experiencias límite como tirarse en paracaídas, nadar entre tiburones, lanzar piedras a la policía o descender por los rápidos de un río. Paracaídas, tiburones, rápidos, ¿policía? Sí, también. Detrás de todos esos disturbios que se producen en cada manifestación y que al parecer no tienen nada que ver con la manifestación en cuestión -se ve que hay por ahí muchos lectores de Hume- probablemente estén los genes. No es que el Pueblo esté harto, sino que algunas personas necesitan lanzar piedras, o consignas, o cócteles molotov. Y da lo mismo que el de al lado enarbole la bandera comunista, el arrano beltza o una esvástica retorcida. Esto no quiere decir que una misma persona pueda estar indistintamente en una manifestación neonazi y en una comunista, sino que probablemente -sí, siempre es probablemente- la elección por el modelo del gulag o el de los campos también estará en los genes. Algunos preferirán el bigote grande, y otros el bigote pequeño. Y no se decantan por uno u otro únicamente en función de su entorno o de sus lecturas. Si fuera así, bastaría con leer El Manifiesto Comunista o Mi Lucha para convencerse. Luego tiene que haber algo más allá de esas lecturas. Tiene que haber algo anterior a esos estímulos. Y ese algo, decíamos son los genes.

Entonces, ¿hay un gen comunista, o nazi, o violento? No, no es así. Al parecer se trata de algo bastante más complejo. No son genes aislados los que configuran la personalidad de cada individuo, sino combinaciones entre genes que configuran aspectos más generales. No son los genes los que hacen que alguien coja una antorcha, pero sí pueden hacer que esa persona sea más o menos reflexiva, más o menos impulsiva, más o menos agresiva. O que tenga una necesidad mayor o menor por el orden, una aversión mayor o menor a la incertidumbre y al riesgo, una capacidad mayor o menor para empatizar con otras personas…

Todos los que estaban hace unas horas arrojando contenedores, botellas y piedras contra la policía, los bancos y los comercios no son simplemente bárbaros ciudadanos comprometidos-aunque-confundidos. Pero tampoco son sólo marionetas de sus genes. Si fuera así, no podríamos hablar de responsabilidad. Adiós a la civilización. Lo que plantea otra cuestión: ¿decimos que no son simples esclavos de sus pasiones porque sabemos que no es así, o porque si fuera así habría que replantearse profundamente las bases del orden social? Seguramente ambas, aunque es lo segundo lo primero en acudir a la mente.

En cualquier caso, no teman. No podemos decir que nuestra tendencia política esté únicamente en los genes. Tampoco nuestra tendencia a ser más o menos violentos. Pero parece evidente que gran parte de las explicaciones a esas conductas parten de la genética. Es posible tener una predisposición a la violencia y no ser violento, gracias a los inhibidores y moderadores sociales. Aunque me atrevería a decir que precisamente nuestra respuesta a esos inhibidores también está condicionada por los genes. Un mayor o menor miedo al castigo, un mayor o menor nivel de testosterona o un mayor o menor aprecio por los argumentos éticos bien elaborados condicionarán el efecto de los mecanismos de represión de la violencia.

But I digress, again. Todo lo que se vio ayer -el mal gusto, la violencia sin sentido, la incapacidad de tener en cuenta las consecuencias de esas acciones, el miedo a detener al compañero dispuesto a lanzar una piedra, la reacción defensiva de un participante cuando se le mencionan estos brotes violentos, los discursos populistas, mesiánicos y sentimentalistas, la reacción favorable a ese tipo de discursos, la sensación de grupo que se genera en ese tipo de actos…- está, en parte, enterrado en los genes. Los manifestantes que desean la muerte de Rajoy y los que desean la muerte del árbitro de turno responden a los mismos impulsos. Y no van a dejar de hacerlo simplemente porque alguien dialogue con ellos. Entre otras razones, porque aceptar que algo tan personal como las ideas y la manera que elige cada uno para defenderlas están de alguna manera escritas en los genes, puede ocasionar demasiadas molestias.

OBRAS MENCIONADAS:

Koba el temible

La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana

 

El P-Lib, el liberalismo y los liberales.

Soy liberal, y a pesar de ello, no creo que el principal objetivo en política sea hacer que todo el mundo conozca a Hayek y Mises y conseguir aplicar un programa enteramente liberal.

Soy liberal, como ya se puede adivinar por el nombre del blog, pero también soy, entre otras muchas cosas, realista. Por eso me resulta insuficiente definirme como liberal, porque es una manera de simplificar y reducir todas las opiniones que cada uno tiene sobre diversos aspectos del mundo, de dar por sentadas algunas cuestiones que ni mucho menos son inherentes al hecho de ser liberal.

Decía que no creo que el principal objetivo –en política, insisto- deba ser convertir España en un país de liberales. Podría decir, como Borges, que ojalá algún día merezcamos no tener gobiernos. Pero estamos en política, y los deseos hay que dejarlos al margen. Hay que partir de lo que somos, no de lo que deberíamos ser. Y lo que somos está muy lejos de una sociedad liberal. Por eso mismo, apoyaré cualquier medida de cualquier partido que implique una mayor autonomía de los ciudadanos. Y hay muchas medidas en las que se podría estar trabajando ahora mismo, sin necesidad de declararse estrictamente liberal.

Si un partido propone y lucha por que los hijos puedan ser escolarizados en la lengua que decidan los padres y acaba con el deseo de muchos Gobiernos de transformar la sociedad mediante la lengua, tendrá mi apoyo. Y en estos momentos, me parece más importante que reducir los impuestos, lo siento.

Si otro partido incluye en su programa medidas para reducir el gasto público, las subvenciones o los impuestos, lo celebraré. Y no me hace falta que planteen la eliminación total de las subvenciones ni la destrucción del Estado. Como decía antes, es posible que sea liberal, aunque algunos seguramente ya lo están poniendo en duda, pero también soy realista.

¿Y a qué viene todo esto?

Como los lectores avispados ya sospecharán, viene a cuento de algunas reacciones que se han podido observar en torno al P-Lib, el partido liberal español.

En primer lugar, siendo coherente con lo que he dicho antes, debería parecerme perfecto que hubiera un partido estrictamente liberal en España. Y hasta cierto punto así es. Pero hay varias razones por las que mi confianza en el P-Lib es moderada.

En primer lugar, porque como liberal, desconfío de la política, o al menos de los partidos. ¿Como liberal? No sé si será exagerado. Pero desconfío. Y creo que algo parecido les ocurre a muchas personas que se definen o que son definidas como liberales. Y no, no estoy hablando de los ancaps, que comen aparte.

En segundo lugar, porque ya he dicho antes que no debemos confundir el deseo con la realidad. Un partido puede ser estricta, homogénea y ortodoxamente liberal. No estoy seguro de que sea algo necesariamente bueno, pero no voy a entrar en eso ahora. Un partido puede ser todo eso, y aun así, es probable que no aporte nada a la lucha por reducir el peso del Estado. Porque en política no sólo hace falta contar con buenas ideas, sino que hay que conseguir influencia, poder. Y para ello, entre otras cosas, es necesario saber vender esas ideas. Parece mentira que un partido que defiende el mercado no se dé cuenta de que la política es un mercado más, donde los votantes son compradores potenciales a los que hay que cuidar.

Como decía al principio, lo que me importa es que el país en el que vivo sea cada vez un poco menos intervencionista, que se den pequeños pasos hacia una mayor autonomía del individuo. Plantear una transformación a marchas forzadas me recuerda demasiado a las utopías –o distopías- de otras épocas. Y si hay algo que el liberalismo no se puede permitir, ni en la práctica ni en la teoría, es el utopismo.

En tercer lugar, y esto es más reciente, no puedo confiar en un partido que fomenta actitudes dogmáticas, acríticas y sectarias, y que parece necesitar autoafirmarse como grupo constantemente. Tal vez esté siendo injusto con ese “fomenta”. Pero, o es eso, o es que no presta la atención necesaria a lo que ocurre en el ágora de nuestro tiempo. Y cualquiera de las dos posibilidades es decepcionante.

La respuesta a estos planteamientos, en varias ocasiones, ha sido “pues vota a otro partido con el que te sientas más identificado”. Seguramente no se puede generalizar a partir de experiencias personales, pero creo que no me equivoco si digo que no se trata de algo que me haya pasado sólo a mí. Y si quienes ahora mismo llevan las riendas del P-Lib no se dan cuenta de que en afirmaciones de ese tipo radican buena parte de las explicaciones a la escasa relevancia del partido en estos años, entonces el P-Lib no sólo no será una alternativa realmente liberal, sino que no será ni siquiera alternativa. Si no se hace un esfuerzo por convencer a quienes, partiendo del liberalismo, cuestionan algunas estrategias o actitudes dentro del P-Lib, o simplemente destacan estrategias o actitudes positivas en otros partidos, no podemos esperar demasiado cuando toque convencer a quienes nunca han leído a Hayek o no se definirían como liberales. Que deben de ser el 99%

Por último, decía al principio que al definirnos como liberales estamos dando por sentadas demasiadas cuestiones que no son inherentes al hecho de ser liberal.

Yo creo, entre otras muchas cosas, que la familia es la principal institución social, la que debe encargarse de proteger a los individuos. Jamás pediré que el Estado la proteja, y mucho menos que la defina. Al contrario, sé que es precisamente la confianza en el Estado lo que hace daño a esa institución.

También creo que el consumo de sustancias como la cocaína, la heroína o incluso la marihuana, es peligroso. Y en mi entorno, actúo según esa creencia. Pero no creo que el Estado deba encargarse de hacer ese trabajo por mí, y mucho menos que deba prohibirlas.

Y por último, aunque podría continuar durante horas, no creo que el aborto sea una simple cuestión de derechos de propiedad. Creo que es un asunto demasiado serio por sus implicaciones y demasiado complejo como para reducirlo a un derecho de la mujer.

Seguramente después de haber leído mi opinión en estos tres temas, muchos liberales están empezando a pensar que en realidad soy un conservador camuflado, tal vez temeroso de decirlo en público. Y es posible que tengan razón, al menos en parte. En cuanto a lo de conservador, no en cuanto a lo de camuflado. Del mismo modo que hay liberales cristianos, no rechazo que pueda haber liberales conservadores. Pero eso es un tema que dejaré para otra ocasión.

Lo que no podemos pretender es que para ser liberal haya que compartir una visión particular del mundo, más allá del simple “no utilices el Estado para imponer tu visión del mundo a quienes no piensan como tú”. Claro que, si nos ponemos estrictos, ése es precisamente el objetivo de cualquier partido político. Incluyendo al P-Lib. Aunque también es otro tema para otra ocasión.