El registro.

 

El problema de los políticos que contemplan el totalitarismo como una posibilidad es el registro. Ante ciertos públicos se pueden decir cosas que pasarían factura si fueran conocidas a nivel general. Pero no pueden dejar de decir esas cosas. Así que lo que tienen que hacer es eliminar esos registros.

Hace tiempo escribí sobre un vídeo de Pablo Iglesias. El vídeo recogía un fragmento de una ponencia de Iglesias en unas jornadas organizadas por la Unión de Juventudes Comunistas de España. La ponencia se titulaba Comunicación política en tiempos de crisis. Durante la ponencia, uno de los asistentes le pedía al por entonces profesor de la UAM que dijera qué le parecía más importante, hacer propaganda o educar.

  • ¿Propaganda o educar? Propaganda sin lugar a dudas. Educar cuando controlemos un Ministerio de Educación.

Ésa fue la respuesta de Pablo Iglesias. Hoy he abierto la entrada para volver a ver el vídeo. Pero el vídeo ya no estaba. Afortunadamente Santiago González, autor del blog en el que vi el vídeo por primera vez, transcribió la respuesta hace tiempo.
También he encontrado otros dos enlaces al vídeo. Éste y éste. Lo bueno es que ofrecen la posibilidad de escuchar al propio Iglesias, y eliminan la opción de escudarse en una supuesta manipulación. Lo malo es que no es aconsejable fiarse de la permanencia de esos registros, como ya hemos visto. Eliminarán vídeos porque el principal problema para ellos, decíamos, es el registro. Por eso el registro es un deber. El simple acto de mostrar los hechos. Sirva o no sirva para algo.

 


 

 

En la entrada que escribí me refería también al escrache que organizaron contra Rosa Díez en la Facultad de Políticas de la Complutense. Algo en lo que no reparé cuando lo vi en su momento: cuando da comienzo el acto de repudio espontáneo, justo después de escuchar las instrucciones -“arriba, arriba, arriba”- alguien canta el comienzo de Eusko gudariak

eusko gudariak

Y otra cuestión importante: alguien de la universidad accede a la petición improcedente y les da el micrófono. Un pequeño gesto.

Por último, las explicaciones de Iglesias. “Es radicalmente falso que ninguna persona sentada en esta mesa o ninguna persona de Podemos participara en un escrache.”
No deja de ser gracioso.

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Informar sobre Gaza

tweetsfromgaza

 

Algunas noticias sobre Gaza de estos últimos días que, sospecho, no han sido especialmente destacadas en los medios. Son sólo unos ejemplos, y más que noticias sobre Gaza son noticias sobre cómo se informa de lo que ocurre en Gaza.

Comenzamos con algo “suave”. Un corresponsal australiano, Peter Stefanovic, informa sobre el lanzamiento de cohetes de Hamas desde algún punto cercano al hotel donde él se encuentra. En las respuestas al tweet se pueden leer desde insultos a amenazas directas. Al parecer, ser un periodista y relatar los hechos te convierte automáticamente en informante, alguien que espía para el enemigo. Y a los espías se les dispara, le advierten. Otro periodista, Harry Fear, recibió amenazas unos días antes por la misma razón, y al parecer borró alguno de los tweets. Esto ocurre con periodistas nada sospechosos de trato de favor a Israel, si atendemos a sus comentarios recientes. Y no es que reciban amenazas por reconocer el derecho de Israel a defenderse, o por criticar el llamamiento de Hamas a que los civiles se conviertan en escudos humanos, sino por señalar algo tan obvio como que Hamas lanza misiles desde instalaciones civiles. Se puede leer más sobre ello aquí.

Pasamos ahora a algo más “creativo”. Pallywood, que comenzó como un documental sobre la manipulación anti-israelí durante la Segunda Intifada, hace tiempo que ha pasado a convertirse en un género. Las primeras manipulaciones sobre la operación que Israel está llevando a cabo en Gaza consistieron en el uso de fotografías de víctimas de Siria como si fueran víctimas gazatíes. Todavía hoy se siguen difundiendo, incluso por parte de políticos y periodistas. Sin embargo, ayer conocí un caso que lleva Pallywood a un nuevo nivel. Además de las mencionadas fotos de Siria circula estos días una foto especialmente cruda de una niña palestina víctima de un ataque aéreo de Israel. El problema es que no se trata de una niña palestina. Ni siquiera se trata de una víctima de la guerra en Siria. Se trata de un fotograma de la película Destino Final 4. Podría pensarse que no es más que un hecho aislado, y que en el fondo perjudica a la causa palestina, si es que se puede hablar en general de una causa palestina. Y es evidente que estos ejemplos no anulan toda información sobre víctimas gazatíes. Están muriendo personas, eso no se puede discutir. Y es verdad que cualquier posicionamiento moral en torno a una guerra tiene aristas. Pero hasta para hablar sobre la guerra hay que limitarse a los datos, al análisis y al intento de no sentimentalizar. No “hasta;” con más razón. Sólo es aceptable hablar sobre una guerra cuando lo único que se maneja son datos. No digamos ya si hablamos desde fuera.

Seguimos con otro de esos sucesos que algunos calificarán de simple anécdota. Ayer jugaba el Maccabi Haifa un partido amistoso en Austria. El partido tuvo que suspenderse porque unos espectadores invadieron el campo y agredieron a varios jugadores del equipo israelí. ¿Tiene algo que ver con Gaza? Sí y no. Tiene que ver porque es la excusa utilizada por los agresores, y no tiene que ver porque de lo que se trata realmente es del odio a los judíos. Basta mirar a Francia para comprobarlo. En la última semana se han producido ataques a sinagogas y comercios judíos. Hay casos similares, y más graves, en fechas anteriores y en otros países europeos. Desde profanación de tumbas hasta atentados. Y, según el gobierno israelí, más de mil judíos franceses han emigrado a Israel en los últimos diez días.

Podría incluir también el reciente hallazgo de misiles de Hamas en escuelas de la UNRWA, la denuncia del hecho por parte de la organización de la ONU, y la posterior devolución de esos mismos misiles a las autoridades locales. Es decir, a Hamas. Pocos días después volvieron a encontrar misiles en una escuela. Pero lo siguiente que hace la ONU es amenazar con posibles condenas a Israel por crímenes de guerra consistentes en ataques a hospitales y escuelas, sin mencionar algo que la misma ONU reconoce: que esos hospitales y escuelas son usados para almacenar o para lanzar misiles contra Israel.

Podrían mencionarse efectivamente unos cuantos ejemplos más, pero creo que es más oportuno preguntarse si sirve de algo hacerse eco de estas cosas. Quien esté vacunado contra la propaganda y la manipulación, lo recibirá sin sorpresa. Pero precisamente por estar vacunado es innecesario exponer las manipulaciones. Quien no lo esté, quien se crea todo lo que reafirma sus prejuicios, por burdo que sea el montaje, seguirá en sus trece y encontrará explicaciones fabulosas para desechar los datos. Lo única razón que se me ocurre para seguir con esto es el grupo de personas que cumple dos requisitos: no estar aún vacunado, y ser capaz de superar los prejuicios o el desconocimiento.

Y por cierto, mientras buena parte de la prensa occidental habla de crímenes de guerra en Gaza, al parecer el ISIS acaba de ordenar la mutilación de los genitales de todas las mujeres entre 11 y 46 años en Mosul*. Antes ya habían ordenado la conversión forzosa o el pago de un impuesto religioso -bajo amenaza de ser ejecutados si no aceptaban- de los cristianos. Y en la guerra de Siria han muerto 700 personas en 48 horas. La atención y la intensidad con que se tratan Gaza, Mosul y Siria están a la vista. Ya se sabe, cuestión de agenda.

* Parece que comienza a cuestionarse la veracidad de la noticia sobre las mutilaciones ordenadas por el ISIS.

Más que Israel

germanrefusessalutehitler

Llevaba tiempo sin entrar al blog. No quería saber nada de visitas, y mucho menos de volver a escribir. Por la misma razón, me he pasado las últimas semanas alejado de cualquier fuente de información sobre el mundo. Como si finalmente hubiera aceptado una derrota y hubiera decidido retirarme al jardín del que ya hablé en alguna ocasión. Dejé pendiente una entrada sobre el desastre educativo de Camden, al que espero volver dentro de poco. Me alejé de Facebook, de Twitter y de todo lo que tuviera algo que ver con la “batalla de las ideas.”

Y hoy, mientras volvía a casa, estaba recordando un par de lecturas recientes. O tal vez fuera una sola: Séneca en Auschwitz, de Fernández Vítores. Habla el autor, entre otras cosas, de la escritura. La escritura culpable, claro. La escritura como mera expresión del sujeto. Era una sola lectura y al mismo tiempo eran varias, porque es un tema recurrente también en dos autores a los que he leído con cierta constancia: Albiac y Sánchez Tortosa. La escritura e Israel, la escritura sobre Israel. La escritura culpable -de unas cuantas cosas- pero también la escritura para no ser cómplice. Podemos engañarnos y pensar que escribir es librar la buena lucha, una guerra justa y sin sangre en la que hay que posicionarse. Lo hacemos, de hecho, en cuanto nos descuidamos. Internet nos ofrece la posibilidad de participar en un gran relato sin tener que movernos del sillón. De sentirnos como el aviador de Yeats, peleando no por los unos o los otros, sino por un impulso vital más allá del lodazal de la política. Lo hacemos a veces, a pesar de todas las cautelas, porque hemos crecido rodeados de relatos épicos, de héroes que hacen lo correcto y pierden.

Eso es precisamente lo que me hacía pensar en la escritura culpable. Escribo sobre Israel, y siento como si estuviera jugando con algo sagrado. Como si al hacerlo estuviera empequeñeciendo algo demasiado importante. No conozco con exactitud milimétrica lo que ocurre allí, y la exactitud milimétrica es lo mínimo exigible para hablar sobre ciertas cosas. No conozco a quienes viven allí y tampoco tengo ningún vínculo real con Israel. Conozco a muchos que escriben sobre ello, mucho mejor de lo que yo lo haré nunca. La necesidad ya está satisfecha, por tanto. Y a pesar de todo, tengo la sensación de que si no hablase sobre ello sería cómplice de la barbarie. El maldito sujeto, una vez más. ¿Podemos sentirnos menos culpables por el mero hecho de escribir contra las mentiras? ¿No basta simplemente con no dar crédito a la propaganda, con no participar en las continuas campañas de prejuicios y relatos fabulosos sobre la maldad de los judíos? Retirarse al jardín, decía al principio… o volver a la caverna.

Nos engañamos a menudo. Ahora mismo, sin ir más lejos, cuando hablo en primera persona del plural. No “nos” engañamos. Me engaño. He pensado muchas veces que ya es suficiente, que no sirve de nada enfangarse en batallas perdidas. No por perdidas, sino porque no son batallas. Sólo máscaras, simulacros de identidad, pequeñas consolaciones. Pero no consigo engañarme por mucho tiempo. Es imposible aislarse. No sé si es moralmente deseable o si por contra se trata de otra forma de cobardía, pero da lo mismo. No es una opción real. Entre otras razones, porque hay muchas personas que siguen difundiendo sin un ápice de crítica la centenaria propaganda anti-judía. Los Protocolos de los Sabios de Sion, los libelos de sangre (ahora modernizados: basta buscar “judíos”, “asesinos” y “niños” en Twitter), o la Gran Conspiración Mundial en sus múltiples variantes. Siguen produciéndose ataques contra sinagogas y comercios judíos con la excusa de Gaza. Es imposible aislarse de todo eso. Algunos de quienes participan en este circo del horror son seres mezquinos, y prestarles la más mínima atención es perder el tiempo. Pero otros no. Otros son los mismos que hablan civilizadamente de música, de fútbol, de cine o incluso de política. Y es precisamente eso lo que no comprendo, a pesar de que se trata de una tradición con gran arraigo en Europa. El odio y la ignorancia como norma. Pero, siguiendo como siempre la máxima spinoziana, intentar comprender es lo único a lo que nos debemos, más allá de lamentos y desprecios. Comprender, y también un respeto profundo por los hechos. Ser mero testigo, describir sin sesgos, levantar acta sin implicarse, sin que el sujeto contamine. Escribir. O de lo imposible.

Es más que Israel, decía en el título. Pero no, no es más que Israel. Es precisamente eso lo que está en juego. Es Israel: más que Europa, más que política, más que Historia. Es Klemperer y la perversión del lenguaje. Es la ignorancia consciente, equiparable al Mal. Es el odio enfermizo al judío, es la risa vergonzosa y cómplice. Es una de las razones para seguir escribiendo, y, al mismo tiempo, tal vez una de las razones para no hacerlo.

OBRAS MENCIONADAS:

Séneca en Auschwitz: La escritura culpable

LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo

Koba The Dread: Laughter and the Twenty Million

“Cuando controlemos un Ministerio de Educación”

ADOCTRINAMIENTO-LIBROS-NIÑOS-ESCUELA

 

Ningún político en muchísimos años ha hablado tan claro como Pablo Iglesias. Unas veces podría parecer un comunista que ha entendido muy bien el juego de la política, un Meñique digamos, de los que saben perfectamente qué decir y qué callar en cada momento. Pero otras parece un chaval recién llegado a Somosaguas con algunas páginas sueltas de Marx y Gramsci mal leídas, una lengua muy suelta, y poco tiempo para pensar.

Últimamente, por fortuna, es más frecuente verle en situaciones del segundo tipo, tal vez porque al haberse convertido en figura pública los incentivos para buscar sus intervenciones más interesantes han aumentado. Son intervenciones en las que manifiesta una torpeza política considerable, pero sin duda hay que agradecer esos momentos de transparencia desatada. El hallazgo más reciente partió del blog de Miquel Rosselló y rápidamente fue difundido por algunos medios nacionales, obligando así al líder de Podemos a dar unas peculiares explicaciones. “La casta tiene miedo”, diría el humilde portavoz. Y es posible que se trate de eso. No es para menos, si nos topamos con afirmaciones como las de este vídeo -a partir del 0: 50 se pone interesante- en el blog de Santiago González.

 

Ya educaremos cuando controlemos un Ministerio de Educación.

Educar a través de un Ministerio, propone Pablo Iglesias. Ni siquiera a través de las escuelas públicas, o de una asignatura, sino a través de un Ministerio. Un salto cualitativo en la pedagogía totalitaria, al lado del cual la asignatura de Educación para la Ciudadanía queda reducida a una niñería. Al fin y al cabo, aquello no era más que la infantilización de la educación, y esto de lo que habla Pablo Iglesias supone tomarse las cosas en serio. Es verdad que no ha inventado la rueda. El adoctrinamiento en las escuelas siempre ha estado ahí, desde la exaltación de la patria y la manipulación de la historia para adecuarla a las ensoñaciones nacionalistas, hasta los discursos vacíos en torno a algún aspecto de lo políticamente correcto. La novedad en este caso no consiste en el hecho, sino en la oficialización del hecho. La tarea de todos esos profesores voluntariosos está muy bien, pero al final, si se quiere construir y mantener la hegemonía, hay que organizarse. En este caso, desde un Ministerio de Educación. Puede parecer una idea poco ambiciosa al lado de la recién creada Secretaría para la Coordinación del Pensamiento Nacional de Cristina Fernández. Pero es cuestión de echarle imaginación. O de fijarse en Venezuela, país que Iglesias conoce bastante bien. Es increíble lo que se puede conseguir con un Ministerio de Educación bien organizado.

 

Me preguntaba hace poco en este mismo blog por las propuestas educativas de Podemos, y me parecía curioso que consistieran simplemente en una mera copia de las reivindicaciones laborales de la Marea Verde. No es que ahora haya hablado por fin de Educación, pero ese “Ya educaremos cuando controlemos un Ministerio de Educación” es mucho más revelador que veinte páginas de programa electoral. Algunos han alertado del peligro potencial de Podemos con alusiones un tanto equivocadas. “¡Que viene el Gulag, que viene el Gulag!” No, no es el Gulag. Es un simple Ministerio de Educación. Una forma de control mucho más sutil, mucho más eficaz, y mucho más peligrosa.

<Cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tus hijos ya nos pertenecen”.>

Adolf Hitler, 6 de noviembre de 1933. (O eso dicen…)