La culpa es de los otros

hay culpables

 

La indignación ha estallado en Barcelona. Pero esta vez la ira no va dirigida contra Merkel, la Troika, los bancos, el PP o Aznar, sino contra la Fifa. Y, en menor medida, contra el Madrid. Que en las inabarcables mentes de algunos aficionados viene a ser uno y lo mismo.

Esta reacción tan ridícula y previsible no es nueva. Hace poco, tras conocerse que el fichaje de Neymar estaba siendo investigado por algunas posibles irregularidades, la reacción fue idéntica: la culpa es del Madrid. O al menos, ellos más. El club de la capital, con contactos en la Fifa, la Rfef, la Uefa, y hasta en el Gobierno de Rajoy, era quien manejaba los hilos de la investigación. No podía ser de otra manera, a pesar de que las cifras del fichaje -ridículas en cualquiera de sus variaciones- daban lugar a más de una sospecha. En ambos casos -Neymar y fichajes de menores- las investigaciones podrían haber llevado a una evaluación seria de la gestión del club, y tal vez a identificar y eliminar las actitudes que generaron la situación actual. Pero no ha sido el caso. Porque si los culpables son la Fifa y el Madrid que, movidos por la envidia, conspiran contra el Barcelona, La Masía y la propia Cataluña ¿qué podemos hacer nosotros?

Hablo de algo tan poco importante como el mundo del fútbol porque esa misma reacción infantil de buscar culpables lejanos en los males propios se da en cualquier esfera. Y especialmente en la política. Tomemos el caso de la Educación. A lo largo de treinta años de mediocridad jamás ha habido una protesta masiva o un análisis con repercusión mediática para tratar de esclarecer las causas de ese mal. Sencillamente, no existía ningún mal. Si alguien osaba mencionar (aquí, aquí o aquí) las carencias de los estudiantes tras su paso por la educación obligatoria, seguramente no era más que un ataque gratuito hacia el partido que desarrolló la reforma educativa más importante en la España reciente. Ahora bien, han bastado unos recortes superficiales -becas y congelación o bajada del 5% en salarios de profesores- para que se convierta en uno de esos temas que abren telediarios. La culpa de treinta años de mediocridad educativa son los dos años de recortes. Y ahora sí, ahora hay que llenar las calles para exigir nuestro 5%

La crisis, obviamente, es también un problema creado por otros. La lógica es apabullante: debido a la crisis, Europa pide a España que adopte una política de austeridad. Es decir, la austeridad -que además no es tal– es una medida para combatir la crisis, y por tanto posterior a ésta. Pero al igual que ocurre con la Educación, la opinión mayoritaria, o al menos la opinión mayoritariamente recogida en los medios y trasladada a las calles, es que la austeridad no es consecuencia de la crisis, sino al revés. La crisis, que se inicia en 2008, es fruto de una política de tímidos recortes no estructurales que comienza a aplicarse en 2012. Hemos descubierto el viaje en el tiempo.

Y así seguimos. Cuando los males que ya se conocían estallan tras largos años de mirar hacia otro lado, el mecanismo de defensa se activa y comienzan a surgir culpables. La crisis económica y la mediocridad en el sistema educativo no son el resultado de unas estructuras ineficientes, sino de Europa, o del Gobierno precedente. Así que, ¿qué podemos hacer nosotros? Nada, puesto que no somos responsables de lo que ocurre. Y cuando no se puede hacer nada, sólo queda el recurso al pataleo y al lloro. En lugar de optar por el autocontrol para dejar de ensuciar los pañales, muchos siguen actuando como infantes que esperan que otros se encarguen de sus accidentes, una y otra vez.

¿La pobreza en Cuba? Es culpa del bloqueo. ¿El fracaso del comunismo? Culpa del egoísmo de Occidente. ¿El suspenso en Filosofía? Culpa del profesor, o de la asignatura. ¿Me compré un piso cuando tenía un trabajo a tiempo parcial y dos hijos y ahora me lo quitan porque no puedo pagarlo? Culpa de los bancos.

¿Tengo un partido y no consigo despegarlo de la irrelevancia? Culpa de los medios, que nos temen. No es que mi política de comunicación sea digna de un grupo de alumnos de la ESO, o que las declaraciones de algunos miembros del partido causen risa o temor, sino que el resto de partidos han detectado que somos el futuro, y están moviendo los hilos para que los medios nos ignoren. Por tanto, no hay necesidad de análisis serios. Es mejor seguir culpabilizando a los demás de nuestros propios fracasos.

 

“Me cuesta tanto creer esta sanción que me resisto a no buscar dónde está el gato encerrado. Pienso en los enemigos del Barça, algunos históricos, otros que podrían haber salido de la propia casa y aprovechar sus contactos internacionales, pero como no lo puedo demostrar, dejaré que sean ustedes los que hagan volar su imaginación. Seguramente no se equivocarán…”.

Joan Maria Batlle, dejando que vuele la imaginación.

 

OBRAS MENCIONADAS:

Sólo control: Panfleto contra la escuela

El profesor en la trinchera

 

Walter White, Phineas Gage y la responsabilidad moral

 

flywhite

 

Ayer volví a escribir sobre Breaking Bad, a pesar de que éste no es un blog de series. El tema en el que me centré fue el mismo que ha ocupado buena parte de todos los posts que he publicado hasta ahora: los límites de la libertad, y, por lo tanto, los de la responsabilidad.

Si has llegado hasta aquí significa que o bien has visto la serie, o bien no tienes intención de verla. En caso de que aún no la hayas terminado, no sigas. Ya sabes, spoilers. Fin de los avisos.

 

Como decía, ya escribí en otra ocasión sobre la catadura moral de Walter White. Ayer, mientras se adivinaba el desenlace, no podía dejar de sentir cierta lástima por él. Y antes incluso de llegar al último capítulo se me ocurrió una idea que influyó notablemente en mi juicio definitivo sobre el protagonista. ¿Y si Walter White fuera simplemente otro Phineas Gage?

Phineas Gage, que por el nombre perfectamente podría haber sido el archienemigo de Sherlock Holmes, fue un trabajador del ferrocarril que sufrió un accidente grave -una barra metálica atravesó su cerebro- y, en lugar de morir, se convirtió en uno de los casos más citados en la historia de la Psicología. Aquí la referencia básica  obligada, para quien no lo conozca, y aquí unos cuantos matices a todo lo que creemos saber sobre el caso.

Lo importante en este asunto es que las lesiones cerebrales hicieron que la personalidad de P. Gage cambiase drásticamente. De ser una persona equilibrada, pasó a convertirse en alguien irascible, agresivo y falto de voluntad. Se transformó en otra persona. Tal vez el caso se haya exagerado un poco, y ciertamente es difícil comprobar cuánto hay de cierto en ello porque no está suficientemente documentado. Pero algunas investigaciones posteriores de Damasio con otros pacientes parecen aportar datos que confirman las volátiles hipótesis surgidas a partir de Gage. Efectivamente, las lesiones en determinadas zonas del cerebro afectan a la conducta. Y no se trata simplemente de pequeñas modificaciones. No estamos hablando de que alguien pase a tomar el café con dos terrones de azúcar en lugar de uno. Hablamos de modificaciones importantes como, por ejemplo, desarrollar tendencias pedófilas previamente inexistentes. Es decir, alteraciones con implicaciones éticas. Pónganse en situación: un profesor de primaria de Virginia comenzó a exhibir tendencias pedófilas. Nunca antes lo había hecho. Poco antes de entrar en prisión, se queja de unos dolores de cabeza muy fuertes. Acude al hospital, y le detectan un tumor de tamaño considerable situado en el cerebro. Los médicos extirpan el tumor y, mágicamente, las tendencias pedófilas desaparecen. Al cabo de un año, por si alguien piensa que se trata de una simple coincidencia, el tumor reaparece. Y con él, las obsesiones pedófilas.

El problema es que no hay nada mágico en ello. Pocos comportamientos suscitan tanta aversión como la pederastia. Y hay buenas razones para esa aversión, claro. Pues bien, si en el caso mencionado la pederastia aparece y desaparece con un tumor, podemos aventurar ciertas implicaciones “molestas”. No diré que no hay responsabilidad en las acciones del paciente, pero sí que, al menos, habrá que contemplar la posibilidad de que no haya nada realmente libre tras esas acciones. Y, si no hay libertad…

¿Y por qué iban a ser “molestas”, con comillas? ¿No es siempre mejor conocer realmente lo que hay detrás de cada hecho? Es posible, pero hay que tener en cuenta la necesidad de cierre, la necesidad de poder culpar a alguien. Si hay pobreza, tiene que haber un culpable. Si hay violencia doméstica, tiene que haber un culpable. En cualquier caso, además, no basta con “un” culpable concreto, individual. Tiene que ser un culpable simbólico. Los Illuminati, el patriarcado, Disney… Un culpable claro, directo, nada de factores diversos y causas complejas. Algunos llevan esa necesidad de atribuir culpas incluso a los desastres naturales. Chávez lo hizo tras el terremoto de Haití… aunque puede que no. El proyecto HAARP, ya saben.

But I digress, como siempre. Estábamos hablando de las lesiones cerebrales, de las implicaciones en el libre albedrío, y de la responsabilidad. Y habíamos empezado con Walter White. ¿Y si Walter White fuera otro Phineas Gage, decía? ¿Y si el incomprensible cambio que se produce en el bonachón profesor de Química fuera el resultado de un tumor cerebral? Ya sé que la hipótesis no se sostiene. Seguramente habría sido detectado mientras examinaban el cáncer de pulmón. Pero sería una explicación totalmente válida. Y por lo tanto, mi juicio previo sobre el protagonista de la serie habría sido precipitado. Injusto. Al fin y al cabo, Walter White seguía siendo el mismo, aunque un tumor afectase a su conducta. Seguía siendo el mismo… Ahí aparece la ilusión del Yo. ¿Dónde estaría exactamente ese él mismo? ¿Por qué sólo cuando comienza a experimentar cambios en la conducta decimos que ha dejado de ser él mismo? Es cierto que hay una continuidad mayor en el Walter White equilibrado, y que el otro Walter White no sería más que el resultado de un accidente, de una anomalía. Pero no olvidemos que ambos serían el resultado de unos sucesos, unas combinaciones, que escapan a su control. No es más normal, más auténtico, el primero de ellos. Pero en fin, de nuevo estamos en una cuestión diferente. No estábamos hablando del esquivo concepto del Yo, sino de Walter White y de la responsabilidad.

Cuando deja morir a la novia de Jesse, cuando envenena a Brock, cuando permite que Todd se salga con la suya tras matar al crío de la araña… en todos esos momentos, parece que White era incapaz de sentir empatía. No sufre remordimientos. En el fondo nos gustaría que no fuera nada más que el resultado de una degeneración moral. O, al menos, nos gustaría que en el fondo siempre hubiera sido así, y que en el transcurso de la historia hubiera ido saliendo su verdadero yo. Tendríamos nuestros dos minutos de odio. Pero si realmente se trata de algo más complejo…

Hay un por lo tanto dos párrafos más arriba en el que se encierra un dilema moral de difícil manejo. Hablábamos de implicaciones molestas. Y es que, si aceptamos que la conducta se ve afectada por lesiones cerebrales,  y que algunas de estas lesiones crean comportamientos que no se pueden controlar, el libre albedrío y la libertad sufren un duro revés. Y no hay responsabilidad sin libertad. Como decíamos, un por lo tanto que no siempre se asume.

Por no salirnos de la ficción, pensemos en Darth Vader. En Ozymandias. En el Joker. En Joffrey Baratheon. En Jack Torrance. Si pensamos que cuando destruyen Alderaan, o Manhattan, o a Barbara Gordon, en el fondo no pueden hacer otra cosa… Si pensamos que la crueldad de Joffrey o el arrebato homicida de Jack Torrance son consecuencia de una lesión cerebral, ¿afectaría a nuestro juicio sobre ellos? Más aún. Todos esos ejemplos son sólo ficción. Pensemos en Heydrich. En Eichmann. En Videla. En Mugabe. En Sadam Hussein. En Pol Pot. No son ficción, pero intentamos sacarlos de la realidad diciendo que son inhumanos. ¿Y si todas sus atrocidades pudieran ser explicadas por una lesión cerebral?

La mera idea de que todos esos asesinos -monstruos, diríamos, de nuevo en un intento de separarlos de nosotros- no fueran nada más que enfermos mentales sin capacidad de resistirse a sus impulsos, es extremadamente incómoda. Habría que apartarlos de la sociedad, claro, pero no habría culpa en ellos. Si, insisto, no pudieran resistirse a esos impulsos.

Algo que no está demostrado… afortunadamente.

(Y por cierto, Lenin, Stalin y el Che Guevara no están en el mismo grupo que el Joker. Sus crímenes fueron reales, a pesar de que algunos, aquí y allí, aún no se hayan enterado.)

OBRAS MENCIONADAS:

1984

Watchmen

Batman The Killing Joke