El arrepentimento del hombre nuevo

 

Llevaba unos cuantos minutos perdiendo el tiempo. Al parecer Beatriz Talegón había dado otra de esas perlas tan características, marca registrada, y estaba intentando comprobar si era cierto. Esta vez el medio era un canal relacionado con Venezuela. Qué obsesión, por cierto, habiendo tantas “democracias experimentales” o dictaduras amistosas a las que hacer el juego. Bien, el caso es que Talegón había dicho que en España también se producían muertes sospechosas durante las campañas electorales, como la de días atrás en Venezuela. Que no hay que sobreactuar, vaya, que es lo normal. Por una de esas determinaciones difusas a las que llamamos casualidades, acabé viendo un vídeo extraño. “Beatriz Talegón desenmascara la vinculación Etarra de Alberto Garzón.” El conspiracionismo cambia de bando, algo así. El solícito entrevistador da con la pista definitiva: Unidad Popular es Herri Batasuna en castellano. Cómo te quedas, Padre Brown.

Pero en unos segundos la risa da paso al escalofrío. El tesorero de Unidad Popular en Común (nombre completo, por el momento) asesinó a un policía nacional en 1983. Ya hay una elección moral al describir el hecho de esta manera, por cierto. No es ningún mérito. Es una simple elección. Lo normal cuando buceas entre estas historias es encontrar redacciones de otro tipo, menos directas. Por ejemplo, “Pablo Gómez Ces -el tesorero de Unidad Popular- fue acusado de un atentado cometido en 1983 en San Sebastián en el que murió un policía.” La noticia aparece en El Confidencial, pero la firma es de EFE, una vez más. Con esa redacción, parece que el policía murió mientras se cometía el atentado. Pero la muerte del policía es el atentado, lógicamente. Pablo Gómez Ces, junto a otros dos miembros de ETA, asesinó a Eduardo Navarro Cañada, el policía. También intentó asesinar a Clemente Medina Monreal, el compañero de Navarro Cañada. Como decía, son dos redacciones distintas, fruto de dos decisiones distintas. Y la elección es moral. Una describe el hecho, la otra intenta difuminarlo. Más aún, en la noticia de El Confidencial/EFE se omite un dato importante. Gómez Ces no fue acusado de un atentado cometido en 1983. Fue condenado por el asesinato de Navarro Cañada. Detalles.

Bien, pues Pablo Gómez Ces es el tesorero de Unidad Popular en Común. Una búsqueda en Google indica que este hecho no ha llamado demasiado la atención. Los pocos medios que ofrecen el dato tiran de adversativas, explícitas o implícitas. “Un expreso de ETA”, “reinsertado”, “que rompió con la banda“, “lleva mucho tiempo pidiendo un alto el fuego sin condiciones”, y la guinda que no puede faltar: “arrepentido“. Da igual que sea La Vanguardia, 20 minutos o El Confidencial. Es EFE.

Reconozco que tengo un problema con el concepto de arrepentimiento, especialmente cuando se vincula con terroristas. Tengo un problema porque su uso, su aceptación, exige aceptar dogmas que no son compatibles con la racionalidad. El arrepentido se presenta como otra persona. Ha cumplido condena, se dice. Sospecho que muchos, al leer estas palabras, se imaginan el fuego purificador. Las llamas te consumen y apareces como nuevo. Y con la persona vieja, destruida, se destruye también el crimen. Pero no es así. La persona es la misma. Y ésa es la auténtica condena, claro. La que debería cumplirse siempre. Lo otro son sólo años de encierro. La condena auténtica es vivir con lo que se ha hecho, ser consciente. El intento de dejar atrás el hecho cometido mediante la expresión de un sintagma es el equivalente al agujero en la pared de la celda. Incompatible con el auténtico arrepentimento, si es que puede existir tal cosa. Éste sería simplemente el permanente deseo de ser otro. Mejor dicho, de haber sido otro. Por eso es permanente, porque es imposible. Pero lo permanente se resuelve en cuestión de minutos. Se dicen unas palabras, se intenta hablar con la familia de la víctima, todo con la necesaria presencia de un medio que lo recoja, ego te absolvo, y a vivir. En sociedad. Es en esta última parte donde reside el problema, no en vivir. Un asesino no debe morir. Y un asesino arrepentido no debería buscar necesariamente la muerte. La física. La otra es una exigencia. El suicidio social debería ser una exigencia. No decir nunca “estoy arrepentido” puede ser un indicio de arrepentimiento. Decirlo en público es negar lo que se enuncia.

Pero aquí se está hablando de una cuestión moral. Y nos da la risa. Lo moral no tiene sitio en la política, ni en la prensa. En la política y en la prensa, es decir, en nosotros, lo moral es un estorbo. Algo personal, como mucho. Creencias que no hay que hacer públicas. Qué hay de malo en que el asesino de un policía nacional sea tesorero de un partido político. Al fin y al cabo, la persona que registró ese partido político, Gonzalo Boye, fue condenada a 14 años de prisión por colaborar con ETA en un secuestro. Y también edita la revista Mongolia. Seguimos con la risa. De las condenas forzadas hemos pasado a la convivencia y a la normalidad. El tesorero de un partido asesinó a una persona, y nos falta tiempo para comenzar las rebajas. Creo en la reinserción, ya pagó por su crimen. La prensa ayuda. Y así, los votantes se podrán permitir votar a ese partido sin sentirse despreciables. Y ese partido político se podrá permitir hablar en público de cuestiones como la regeneración política, los valores de la izquierda o los crímenes de la derecha. Y otros partidos políticos se podrán permitir compadrear y pactar con ellos. Porque al fin y al cabo, admitir en el partido a un asesino es simplemente una cuestión moral.
Es decir, nada.

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Por cierto, en el asesinato de Navarro Cañada, por el que el tesorero de Unidad Popular fue condenado, participó también un tal Pedro María Briones Goicoechea. El nombre no dice nada. Pero resulta que Pedro María Briones Goicoechea fue miembro de la Ertzaintza, la policía autonómica vasca. El asesino de un policía nacional era, dos años después, policía autonómico.

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¿Y si hablamos con el vecino del segundo?

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El vídeo no deja de ser una anécdota. Lo repugnante, lo sórdido y lo enfermizo pueden presentarse también bajo esa forma. Los calificativos no modifican el carácter anecdótico del hecho, y el carácter anecdótico del hecho no hace que éste sea menos repugnante, sórdido o enfermizo.

Las anécdotas, como sabemos, pueden ser hechos aislados. O pueden ser algo más. Por lo tanto, habría que aclarar si lo que se ve en el vídeo afecta sólo a esas dos o tres personas repugnantes, sórdidas y enfermas, o si por el contrario se trata de actitudes compartidas por un conjunto más grande.
Lo que se ve en el vídeo es lo siguiente.

Dos ancianos se acercan a una mesa de un colegio electoral para coger las papeletas que depositarán en la urna. Tres interventores, dos de Junts pel Sí y una de la CUP, los observan atentamente. Tan atentamente que se acercan para ver qué papeleta han escogido. Cuando descubren su elección, uno de los interventores de Junts pel Sí comparte con la interventora de la CUP una mirada de complicidad, y sonríe con desgana (y con algo más a lo que no consigo poner nombre. No es sólo arrogancia, no es superioridad.) La interventora de la CUP realiza varias muecas para mostrar el asco que le produce la opción que han elegido. Por último, el otro interventor de Junts pel Sí ríe también, de manera algo más disimulada.

Me resulta muy difícil considerar la escena como algo meramente anecdótico. Seguramente, una de las razones que explican esa dificultad es una imagen que vi hace poco. Es la imagen que he colocado al principio. Es también la portada de un libro, y el título de ese libro, precisamente, es el título de esta entrada. ¿Y si hablamos con el vecino del segundo?
Por segunda vez haré algo que casi siempre me parece innecesario. He descrito un vídeo y ahora voy a describir una imagen. Nunca se sabe.
La portada de ese libro es un dibujo. En el dibujo se ve un bloque de pisos repleto de banderas catalanas. La cuatribarrada, la estelada blava, la estelada vermella. En todos los balcones se exhibe alguna de esas banderas. ¿En todos? ¡No! El vecino del segundo presenta un balcón vacío. Una anormalidad. Y esto es incomprensible para la vecina del primero B, claro. Por eso propone al vecino del primero A ir a visitar al vecino del segundo.

El subtítulo del libro es “La independencia explicada a los indecisos”. Así que suponemos, como la vecina del primero, que el vecino del segundo está indeciso. Lo que sí parece claro es que ese vecino necesita un empujón. No hacia la calle, en principio, sino hacia la comprensión. Al fin y al cabo, no está bien dejarle solo con sus dudas. La soledad es muy puñetera, porque te saca de la tribu. Y eso, en una comunidad de vecinos, no es agradable.

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Puede que otra de las razones sea el recuerdo de otra escena que vi también hace poco. Las dos escenas tienen algo en común. La risa y el asco. En este caso, la risa de Mas y el asco de Colau. Ambos se producen cuando Alberto Fernández Díaz intenta colgar una bandera de España del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, en el día grande de las fiestas patronales. Momentos antes, Alfred Bosch y Jordi Coronas, ambos de ERC, habían colgado una estelada en ese mismo balcón sin que nadie lo impidiera. Es decir, una bandera no institucional. La española, en cambio, es la que produce la anormalidad. Como el vecino del segundo.
Mas sonríe, como hizo en la final de la Copa del Rey al lado del Jefe de Estado mientras el público, bien organizado, pitaba el himno.
Ada Colau, en cambio, no puede soportar el asco -esas cosas le producen urticaria, diría después- y abandona el balcón. El balcón del Ayuntamiento de Barcelona, del que es alcaldesa. Otra anécdota.
Por último, un tal Pisarello asume el papel de bufón de la corte. Es primer teniente de alcalde de Colau, y cuando Alberto Fernández Díaz saca la bandera, él intenta arrebatársela. Con una media sonrisa nerviosa.

Así que, como decía, habría que aclarar si la actitud repugnante, sórdida y enfermiza de los tres interventores del vídeo es algo anecdótico, o si se trata de un patrón algo más extendido en Cataluña. Habría que aclarar si la normalidad con la que unos interventores espían el voto de unos ancianos, se burlan de ellos y exhiben su asco, es algo anecdótico. Si la invitación a hablar con el vecino del segundo es una forma de hablar, o si va en la línea de las presiones a las familias que quieren escolarizar a sus hijos en castellano. Habría que aclarar si estos padres son también indecisos a los que hay que explicarles las cosas. Muriel Casals, la presidenta de Òmnium Cultural, no tiene dudas; no son indecisos, sino maltratadores.

Habría que aclarar todo eso, pero lo que sí está claro es que abundan las sonrisas en esta Arcadia que se va esbozando entre visitas informativas y acosos a familias. Abundan las sonrisas, siempre cómplices, y el asco. En anécdotas que siempre tienen como protagonistas a esos extraños vecinos indecisos.

La risa y los 800 muertos

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Mikel Otegi era según sus vecinos de Itsasondo (624) un chico normal. En una ocasión había arremetido contra una sucursal bancaria montado en una excavadora municipal, y en 1991 fue detenido por pegar a un ertzaina. Eso, al parecer, era lo normal en Itsasondo.

El 10 de diciembre de 1995 Mikel Otegi asesinó con una escopeta a Iñaki Mendiluze y José Luis González, a las puertas de su caserío. Minutos antes, en torno a las 10:30, había insultado y abofeteado a otro agente de paisano de la policía autonómica vasca en una cafetería. El agente abandonó el local entre insultos de Mikel Otegi, quien aún tuvo tiempo para dar una patada al coche del ertzaina. Tras el incidente, Otegi abandonó la cafetería y se dirigió a su caserío. José Luis González e Iñaki Mendiluze se encontraban por la zona realizando una patrulla a pie. Al percatarse de la errática conducción de Otegi, subieron a su coche patrulla y se adentraron en la propiedad. El chico normal les recibió con dos disparos de escopeta, se acercó al coche de los ertzainas y envió un mensaje por la emisora policial: “Un casero ha matado a dos cipayos [ertzainas] por la política que lleváis”. Tras una llamada de un hermano de Mikel Otegi, la comisaría de Beasain envió a varios agentes a la escena. Cuando llegaron fueron incapaces de reanimar a los dos policías, que murieron allí mismo.

Me voy a adelantar un año para desvelar el final de esta historia: tras asesinar a dos agentes de la policía autonómica, Mikel Otegi fue absuelto y el tribunal quedó emplazado a devolver la escopeta al acusado. Durante el juicio se demostró que Otegi había disparado con esa escopeta a los dos agentes, y que posteriormente había enviado un mensaje dirigido al resto de policías autonómicos desde el coche patrulla. Pero al parecer, “no había tenido intención de matarlos.” Otegi abandonó la prisión de Martutene y fue recibido por decenas de jóvenes, “Aupa, Mikel!”

El juicio a Mikel Otegi fue el primero en el que un jurado popular se ocupaba de un caso de terrorismo en España. 36 personas fueron designadas por sorteo para conformar el jurado. 27 de ellas presentaron alegaciones para evitar formar parte del tribunal. Algunas de esas personas apoyaron su alegación en los lazos de amistad que les unían a Otegi o a su familia. El acusado negó conocer a varios de ellos. Otros simplemente alegaron cargas familiares que les impedían disponer del tiempo suficiente, negocios que no podían dejar desatendidos, o enfermedad. Era el primer caso de terrorismo en el que se constituía un jurado popular, pero en Guipúzcoa ya hubo anteriormente otro caso con jurado. En esa ocasión sólo cuatro personas ofrecieron algún tipo de excusa. Finalmente la Audiencia de Guipúzcoa desestimó buena parte de las alegaciones y se formó el jurado. El fiscal solicitaba 56 años de prisión por los dos asesinatos. El abogado de las familias, 30 por cada asesinato. Y el defensor de Otegi, ocho meses por homicidio.

Durante el juicio, un vecino del acusado declaró que cuando le preguntó a éste qué había pasado, Otegi declaró: “dos hijos de puta menos”. A pesar de eso, y de reconocer que Otegi mató a los dos policías, el jurado le absolvió de todos los cargos. Ni siquiera le condenaron por homicidio. Del mismo modo, no pudo demostrarse que Otegi tuviera relación con Jarrai, por mucho que el acusado participase en todas las actividades de la organización. Es decir, no pudo demostrarse que Mikel Otegi tuviera relación con ETA o su entorno. Valga el pleonasmo.

¿Por qué ocurrió esto? El fiscal responsabilizó al juez por instruir de manera incompleta al jurado. El presidente de la Audiencia de San Sebastián criticó la torpeza de la acusación por haber dejado al jurado sólo dos opciones, la absolución o la condena por asesinato. Casi todos reconocieron que la institución del jurado, sin tradición en España, podía producir este tipo de sentencias aberrantes. El ex ministro Belloch afirmó que el problema no era tanto el jurado como el País Vasco, y el miedo que reinaba allí. Y Arzalluz, por entonces presidente del PNV y figura paterna del nacionalismo, se refirió a las ideas políticas de la mayoría de las personas que compusieron el jurado como motivo principal para explicar la absolución. Que los vascos tuvieran miedo era seguramente algo impensable para Arzalluz.

El caso es que al final, fuera por miedo, por torpeza o por la ideología del jurado, el asesino de dos policías fue absuelto porque en el momento de los disparos Otegi no era dueño de sus actos. El acusado declaró que había bebido la noche anterior. Mucho. Para apoyar su declaración contó con la ayuda de su sobrina. El jurado se basó en esa declaración para absolverle. Pero ninguna de las personas que vio a Otegi esa mañana pudo confirmar que estuviese ebrio. Desde luego, no estaba tan ebrio como para no conducir hasta su caserío. Después del asesinato, Otegi tuvo que pasar una prueba de alcoholemia. Los resultados indicaron que el chico normal de Itsasondo había bebido después de matar a Iñaki Mendiluze y José Luis González. Tal vez para poder acogerse a un estado de embriaguez en el juicio, tal vez para darse valor y enfrentarse a lo que le esperaba. En cualquier caso, el alcohol que ingirió tras los disparos sirvió para que el 6 de Marzo de 1997 el asesino de dos agentes de la policía autonómica vasca quedase absuelto de todos los cargos.

La historia, de todas maneras, no terminó ahí: Mikel Otegi jamás recuperó la escopeta con la que asesinó a Iñaki Mendiluze y José Luis González; durante el juicio había caducado su permiso de armas. Otegi fue recibido entre los gritos de ánimo de los compañeros presuntos conocidos de Jarrai, con los que no tenía relación. HB organizó varias manifestaciones en su apoyo. Y una vez finalizado el juicio, después de hacer los trámites para conseguir el pasaporte, Mikel Otegi voló. El chico normal se integró en un comando de ETA y finalmente fue detenido en 2003 en Francia. Después de un largo proceso de revisión del caso, la Audiencia Nacional condenó a Otegi a 34 años de prisión por los asesinatos de Iñaki Mendiluze y José Luis González. Fue absuelto, en cambio, del cargo de pertenencia a banda terrorista. Cuando se produjeron los hechos aún no  había dado oficialmente el paso.

Y ahora explico el título, que hace referencia a Koba el temible. La risa y los 20 millones, de Martin Amis. En el libro, Amis se pregunta por qué el nazismo despierta una condena unánime y solemne mientras que el comunismo es tratado con condescendencia e incluso con esa sonrisa cómplice de la que habla en el título, la que rebaja el peso de sus muertos. Aquí en el País Vasco llevamos tiempo observando otro tipo de risa. La que se produce cuando alguien realiza un comentario jocoso sobre ETA. No los chistes de años pasados sobre víctimas del terrorismo como Irene Villa u Ortega Lara, sino el recurso sencillo al “todo es ETA”. El azúcar es ETA, el ébola es ETA, Telecinco es ETA. Y así. Todo viene, imagino, de la época de las investigaciones judiciales sobre el entorno de ETA, sobre los vínculos de la banda terrorista con organizaciones juveniles como Jarrai, Segi, o las Gazte Asanbladak, con las Herriko Tabernas o con determinados partidos políticos. En algún momento, todo eso se convirtió en una gran broma. Con el “Todo es ETA” se consiguió que nada fuera ya ETA. A pesar de las sentencias, o precisamente en respuesta a ellas, Jarrai no era ETA, las Herriko Tabernas no eran ETA, y HB nunca tuvo relación con ETA. Los periódicos que señalaban objetivos tampoco eran ETA. Ni siquiera las organizaciones de apoyo a los presos de ETA tenían que ver con ETA, en una voltereta lógica digna del Circo del Sol. Eran (son) sólo “presos”, o incluso “presos políticos”. Y la gran broma se hizo más grande. Una multitud de imbéciles se puso a hacer eso, el imbécil. Con el objetivo consciente de borrar la existencia de ETA, o simplemente porque llevaban la imbecilidad en los genes, ahí estaban. En las conversaciones con amigos, en las redes sociales, en la televisión. En Bilbao y en San Sebastián, pero también en Madrid, en Murcia o en Sevilla. Canciones, chistes, o simplemente el comentario final a una conversación intrascendente. “… ya sabes, XXX es ETA.” Y la risa. Los españoles estaban obsesionados con ETA, y llegaban a decir que Jarrai, Herri Batasuna y otras organizaciones parecidas formaban parte de ETA. La risa, de nuevo. Porque todo el mundo sabía que Jarrai no era ETA, que Herri Batasuna no tenía nada que ver con ETA, y que ETA tampoco era ETA. Como Mikel Otegi, que no tenía relación con ETA, pero que tras ser absuelto se integró en un comando.

Y en ésas estamos. Después de los años del terror llega la época de la risa idiota. Ni siquiera en esto somos distintos al resto del mundo. Éramos iguales en nuestra cobardía, y somos iguales en en nuestra estupidez. Al fin hay algo que nos une.

Si alguien quiere profundizar en el caso, la hemeroteca de El País es interesante. http://elpais.com/tag/mikel_otegi/a/1