Entre finitos y tortitas de camarón

Hoy, de nuevo, un artículo sobre Rentería. Éste, en Naiz. Su autor es Iñaki Revuelta, cantante, y el título es Errenteria aurrera!, que se puede traducir como ¡Adelante Rentería! En realidad los artículos sobre Rentería no comenzaron después del acoso del domingo. Comenzaron cuando en buena parte de la prensa no abertzale, con El País como principal referente, decidieron construir un relato sobre Rentería (2017, 2018). Su alcalde había pedido perdón a las víctimas “si en algún momento este consistorio a lo largo de su historia, o yo mismo, no hemos estado a la altura de las circunstancias”. Del mismo modo que cualquier muestra de apoyo que vaya seguida de un “pero” no vale nada, cualquier petición de perdón que comience con un condicional no es más que una muestra de que en realidad no se está pidiendo perdón. La circunstancia a la que se refería el alcalde es que Rentería fue durante muchos años un pueblo vedado para una buena parte de sus vecinos. Y lo sigue siendo. Lo que ha cambiado es que ya no los asesinan. Por eso lo que hace el alcalde de Rentería es peor que inútil. Es inmoral. Lo que hace es pedir perdón a quienes ya están muertos, a quienes fueron desactivados y no pueden molestar, mientras normaliza que los matones, sus matones, en cuanto que son sus representados, acosen a quienes deciden dar discursos que no se integran en la idea única del nacionalismo.
El alcalde, un detalle importante, es de EH Bildu. La misma coalición que tiene en Sortu a su principal partido, la misma coalición que presenta a etarras condenados en sus listas, y la misma coalición desde la que se organizan homenajes a etarras cuando salen de la cárcel. Bien, pues a este alcalde lo acompañó una azucarada campaña mediática desde que nombró las palabras “reconciliación” y “convivencia”.

El domingo se vio en qué consistían la reconciliación y la convivencia. Un partido político decidió celebrar allí un acto con, entre otros, Fernando Savater y Maite Pagazaurtundúa. Días antes de la celebración del acto ya había llamamientos a recibirlos “como merecen”. Entre esos llamamientos estaba el de Sortu, el principal partido de la coalición a la que pertenece el alcalde de Rentería. Llamamientos a recibirlos no con aplausos, o con un silencio solemne, que tal vez sería lo suyo, sino con insultos, con exigencias de que se “vuelvan a España”, con miradas de odio, con patadas a los coches y, lo de menos y lo que más se ha resaltado en cierta prensa, con caceroladas y lazos amarillos. La recepción fue justo lo opuesto al recibimiento que se ofrece habitualmente, también en Rentería, a presos de ETA que salen de la cárcel. A éstos se los recibe con aplausos y aurreskus, como recordó Pagazaurtundúa. A aquéllos se les recibió como si fueran asesinos. Había más personas insultando a los asistentes del acto, desde que entraron hasta que se fueron, que asistentes al acto. Este detalle se ha comentado con cierta sorna en la prensa no abertzale, dando la razón a la prensa abertzale, más roma, que señalaba directamente que no eran bienvenidos.


Ésta es la esencia no sólo de Rentería, sino de todos los pueblos vascos -y catalanes- en los que el nacionalismo no es que se haya desviado, sino que sencillamente ha llegado a su última fase, la de religión sustitutoria que genera sus propias inquisiciones y sus propios demonios. La esencia de cierta prensa no abertzale, por alguna razón, es tolerar que en numerosas regiones de España siga imperando la ley de la tribu, la separación entre un ellos y un nosotros, una separación étnica que va más allá de lo retórico.

Pero esta prensa no puede mostrar sin más el esqueleto de esta convivencia orwelliana. Necesita un relato, una ficción sobre la que construir su aceptación cobarde de lo peor de España, de Europa y de la historia reciente. Necesita artículos como los que se publicaron hace dos o tres años sobre el ejemplar alcalde de Rentería, aunque hoy no puedan ser vistos más que como una enorme equivocación, no sólo empírica sino principalmente moral. Gracias a esos artículos, y gracias a las campañas del propio ayuntamiento, se pueden publicar textos como el que hoy aparece en Naiz. “Adelante Errenteria”, dice el autor del texto. “Gora Errenteria”, decía Maite Pagazaurtundúa. El autor del texto apela a quienes el domingo le gritaban a Maite Pagaza que se volviera a España, los anima a que lo sigan diciendo. Maite Pagaza, que pasó su infancia en Rentería, también se dirigía a ellos. Se dirigía a ellos como el padre Barry se dirigía no sólo a los matones de La ley del silencio, sino también a aquéllos que guardaban un silencio cómplice. Pagazaurtundúa se dirigía a ellos y los miraba a la cara no para hacerse perdonar ni para intentar “seducirlos”, sino para que escucharan, por una vez y en su casa, que también es la de ella, en qué consiste el horrible proyecto del que decidieron ser parte.
La prensa no abertzale necesita artículos como el que hoy publica Naiz porque, además de dar la razón a quienes exigían a los asistentes del acto que se fueran y no volvieran nunca, deja pinceladas de la ejemplar lucha del pueblo por la convivencia:

Mucha «culpa» de todo esto que se respira por allí la tiene su alcalde Julen Mendoza, al cual también tuve el honor de conocer en uno de esos enriquecedores encuentros culturales. Entre finitos y tortitas de camarón, entonábamos “Txoria Txori” con un toque flamenco, en una bella armonía entre personas que únicamente quieren aportar y no destruir. Envidiable sin duda ese escenario logrado, ansiado por muchos pero no siempre conseguido.

Rentería, como tantos otros pueblos vascos -y catalanes- es el horror oculto tras una gran ficción. Es una aldea potemkin en la que todo es bella armonía, siempre y cuando los que hasta hace poco temían ser asesinados por no aceptar el modelo tribal de convivencia se queden en casa cuando alguien como Maite Pagazaurtundúa, vecina del pueblo y a cuyo hermano decidió asesinar ETA, pretende dar un discurso en la plaza. Puedes organizar jornadas culturales, comer tortitas de camarón, recibir con aplausos a los asesinos de ETA e incluso cantar con un toque flamenco; pero que no se te ocurra dar un discurso en la plaza para defender a quienes siempre fueron silenciados en pueblos como Rentería, porque dirán que vas a provocar. Lo dirán quienes aplauden a los etarras, el alcalde, los dirigentes del Partido Nacionalista Vasco, la prensa abertzale, una parte de la prensa no abertzale, los dirigentes de partidos como Podemos e incluso, de manera más o menos explícita en función de las circunstancias, dirigentes del partido que durante un tiempo fue el partido de Maite Pagazaurtundúa.

La España negra es y ha sido siempre, desde que vivimos en un Estado de derecho, la España de Rentería, Alsasua, Vic y Amer. La España de los que limpian con lejía después de que pasen quienes son considerados enemigos del pueblo, la España de los que repiten el mensaje único desde la megafonía municipal, la España de los que cierran los pueblos a los que “vienen de lejos” mientras los abren a quienes decidieron asesinar a los enemigos del pueblo. Ésa es la España negra realmente existente. Y seguirá siéndolo mientras no entendamos que el primer paso para conseguir la España que quieres debe ser la denuncia firme y constante de esta España indeseable, y que en Rentería, Alsasua, Vic y Amer hay personas que quieren una España en la que se pueda vivir con normalidad, y que esas personas merecen algo más que una condena genérica, rápida y estéril de “las violencias vengan de donde vengan”. Porque las violencias vienen casi siempre del mismo sitio, y se dirigen casi siempre hacia los mismos.

——————————————————————————————————————–El Ayuntamiento de Rentería elaboró el año pasado una campaña para mostrar la convivencia y la diversidad que caracterizan al pueblo. El principal documento de la campaña era una canción. El nombre de la canción es “Egin zaidazu bisita”, algo así como “Visítame”. Al comienzo del vídeo, varios felpudos ante una puerta, con palabras como “Home”, “Ongi etorri” o “Bienvenidos”, en varios idiomas. Éste es el vídeo. A continuación, un vídeo en el que cualquiera puede ver cómo fue el trato a los que quisieron visitar Rentería el domingo. Y por último, el discurso de Maite Pagazaurtundúa en Rentería.

No sois bienvenidos

Ayer Santiago Armesilla iba a participar en un debate en la UPV/EHU, la Universidad del País Vasco, sobre el marxismo y la cuestión nacional española. Varias semanas antes algunos estudiantes activaron la “alerta antifascista”, es decir, la campaña de acoso y amenazas contra Armesilla y los llamamientos a impedir su participación en el debate. Los de las alertas antifascistas siempre han defendido un modelo de debate sin discrepantes. Algunos de los carteles le decían a Armesilla “Ez zara ongi etorria”. “No eres bienvenido”. Otros respondían a la llamada más general de “parar al fascismo como sea” y lanzaban amenazas más o menos veladas contra Armesilla e incluso contra los organizadores.

Hace unos días la rectora de la UPV, Nekane Balluerka, decía que “cualquier idea se puede defender en la UPV”. Lo decía porque cuatro meses antes un grupo de unos 15 estudiantes habían decidido dar una paliza a un estudiante de esa universidad. El mensaje era el mismo: no eres bienvenido. La rectora dijo que la universidad había brindado su apoyo al estudiante agredido, pero imagino que habría sido más útil retirar la capacidad de acción a los 15 que le dieron una paliza.

(Por cierto, los estudiantes que dan palizas cuando pueden y que se limitan a boicotear cuando no pueden, los del “ez zara ongi etorria” a personas que vienen a participar en un debate o a estudiantes con ideas desviadas del antifascismo militante, son los mismos que organizan los “ongi etorri” a los etarras que salen de la cárcel.)

Estos intentos del antifascismo organizado para depurar la universidad no son nuevos ni exclusivos de la universidad vasca, aunque es verdad que aquí existe un contexto distinto, el auténtico hecho diferencial. En la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, en el año 2010, varias personas decidieron boicotear una conferencia de Rosa Díez. Cuando los organizadores de la conferencia intentaron presentar a Rosa Díez una estudiante se levantó y levantó la mano para pedir la palabra. Uno de los organizadores del acto de repudio gritó “Arriba, arriba, arriba”, los convocados se levantaron y mostraron una tarjeta roja. Uno de ellos comenzó a cantar “Eusko gudariak”.
La persona que tenía el micrófono preguntó a los estudiantes organizados: “¿Podemos seguir con el acto?”. Los convocados gritaron “No” al unísono. “Libertad de expresión”, decían. La persona que tenía el micrófono volvió a responder: “Por supuesto, libertad de expresión para todos”. Y acto seguido decidió cargarse la libertad de expresión de Rosa Díez; permitió que se entregase un micrófono a la estudiante que había levantado el brazo. “Señora Rosa Díez, no hemos venido a impedir que hable”, fue lo primero que dijo la estudiante elegida para impedir que Rosa Díez hablase. Y comenzaron a leer un comunicado.

Usted no es bienvenida y nos gustaría que no viniese nunca más”, dijo una de las personas que llevaron a cabo el acto de repudio. Esa persona era Errejón, no sé si el hoy moderado Errejón o su hermano. En cualquier caso, los dos estaban allí, los dos participaron. También estaba Pablo Iglesias, que fue quien dirigió el acto. Después del “no eres bienvenida” los participantes en el acto de repudio comenzaron a gritar “fuera fascistas de la facultad”. Miquel Rosselló contó en su blog que, tras ese mensaje performativo, efectivamente Iglesias, los Errejón y el resto de estudiantes antifascistas abandonaron la sala.

Esto ocurrió en 2010, se conoció en 2014 y en 2019 ya se ha olvidado. Porque si no se hubiera olvidado sería algo por lo que Errejón e Iglesias tendrían que responder todos los días. Ellos, antes de contar por fin con un partido, decidían quiénes eran bienvenidos en la universidad pública y quiénes no. Ellos eran los que tenían una idea posesiva y sectaria de la universidad. No de su universidad, sino de la universidad pública. Y ahí están hoy, adalides de la libertad. Y de lo público, algo que para ellos siempre debía ser exclusivamente suyo.

Hablaba ayer de Alsasua y de Atxaga. Hace unos meses la plataforma España Ciudadana organizó un acto en Alsasua. Albert Rivera habló en la plaza del pueblo y Savater dejó un discurso contra las tribus particulares y las identidades colectivas. Un discurso necesario, precisamente en un pueblo como Alsasua. Una buena parte del pueblo decidió organizarse para mostrar su repudio a los convocantes y a lo que decían. Y a lo que eran. “Españoles hijos de puta” fue uno de los gritos que se pudieron oír. Horas antes del acto habían dejado estiércol en la plaza, en su propio pueblo. El acto se llevó a cabo a pesar de los gritos, de los altavoces con música e incluso de las campanas de la iglesia. Se llevó a cabo porque el objetivo principal no era que no se llevase a cabo, sino que les quedase claro a los organizadores y participantes -y a algunos vecinos- que no eran bienvenidos. Es el auténtico objetivo de los antifascistas organizados de la universidad vasca, de los Iglesias y Errejón y de los de los pueblos vascos: “no sois bienvenidos”. No os dejamos hacer política aquí, porque esto es nuestro.

Todo esto ocurrió hace unos años en Madrid, hace unos días en Bilbao y hace unos meses en Alsasua. El domingo Rivera y Savater darán en Rentería el primer mitin de campaña. También estará Maite Pagaza. Ya ha comenzado el mensaje: no son bienvenidos. Ni Rivera, ni Savater, ni Pagaza ni probablemente el candidato de Ciudadanos al Ayuntamiento de Rentería, si es que lo hay. Tampoco Santiago Armesilla, como tampoco lo era Rosa Díez. El “no sois bienvenidos” es un muro, ahora que se habla tanto de los muros. Y tratar de impedir que otras personas debatan, hablen o den conferencias es una amenaza contra los derechos y libertades de todos los ciudadanos, una “amenaza contra la democracia”, como se dice ahora habitualmente, aunque nunca para referirse a estos actos habituales del antifascismo organizado.


Savater y la admiración

A mí me ha gustado siempre tener gente a la que admirar. Todos admiramos con la parte de admirable que hay en nosotros.

Esto decía Fernando Savater hace unos días en el curso sobre los valores de la Transición que organizó Miguel Ángel Quintana Paz en Valladolid.
Probablemente estaba citando a algún autor, pero mi memoria nunca fue gran cosa. O si lo fue, no lo recuerdo.

El caso es que al escucharle uno desearía que tuviera razón. Allí estaba Savater, y antes habían estado Arcadi Espada y Cayetana Álvarez de Toledo, y después estarían los jóvenes Andrea Mármol y Ferran Caballero, además del propio Miguel Ángel Quintana.

A mí también me ha gustado siempre tener gente a la que admirar, empezando por lo más cercano, por lo que tenía en casa. Pero creo que no se elige a quién se admira.
Afortunadamente a mí me dio por admirar a mis padres como ahora ocurre también, salvando las distancias, con los arriba citados. Podría haberme dado por admirar al Che Guevara o a Otegi, pero no fue el caso.

Lo que no sé es hasta qué punto estas decantaciones son una elección voluntaria y no algo mecánico. Estaría bien que Savater tuviera razón y que admirásemos con la parte de admirable que hay en nosotros. Algo parecido a lo dicen que dijo Borges sobre los libros que escribió y los que había leído. Pero me temo que lo que nos lleva a unos y no a otros es algo que no controlamos.

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Hubo otras palabras de Savater que merecen atención. Dijo, también citando a alguien que no recuerdo, que la idea de que el intelectual siempre tiene que estar contra el poder es como la idea de que el hombre tiene que salir con paraguas aunque no llueva.

Esto que hoy me parece evidente me habría parecido estúpido hace quince años.
Pero sospecho que sería algo discutido y discutible en la arena.

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Retomo la colaboración en El Subjetivo. Sobre la imposibilidad de que una institución tenga al mismo tiempo carácter prescriptivo y descriptivo. O bien debemos conformarnos con observar y describir usos y costumbres, o bien podemos aspirar a algo más. No sólo en el ámbito lingüístico. El artículo: Idos/iros.