La lista de la vergüenza

En realidad no existe “la lista de la vergüenza”. Es uno de esos recursos que sirven para atraer lectores, así que imagino que ya se habrá usado en algún sitio.

Para referirse, claro, a lo de Panamá. “Lo de Panamá” es indefinido, precisamente como lo de Panamá. No sabemos muy bien en qué consiste, pero de eso va el juego. Basta con que aparezca refugio -paraíso- fiscal para que salte la banderita roja. Qué vergüenza, unos tienen cuentas o algo en Panamá, y Bódalo en la cárcel.

Pero el título, en este caso, no iba por ahí. No pensaba en lo de Panamá, sino en lo de Cataluña. Pocos días antes de que saltase el escándalo apareció en la prensa una noticia de ésas que no dan ni para tomar un café. ‘Una lista negra de malos catalanes.‘ Tres barretinas con autor presentaron el libro en el que aparece la lista, hubo cierto revuelo, y ya. No da -no damos- para más.

Aunque tal vez exageramos en cuanto a la falta de atención. Al fin y al cabo se trata sólo de un libro, como los que se venden en Europa. La librería.

¿Y si hablamos con el vecino del segundo?

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El vídeo no deja de ser una anécdota. Lo repugnante, lo sórdido y lo enfermizo pueden presentarse también bajo esa forma. Los calificativos no modifican el carácter anecdótico del hecho, y el carácter anecdótico del hecho no hace que éste sea menos repugnante, sórdido o enfermizo.

Las anécdotas, como sabemos, pueden ser hechos aislados. O pueden ser algo más. Por lo tanto, habría que aclarar si lo que se ve en el vídeo afecta sólo a esas dos o tres personas repugnantes, sórdidas y enfermas, o si por el contrario se trata de actitudes compartidas por un conjunto más grande.
Lo que se ve en el vídeo es lo siguiente.

Dos ancianos se acercan a una mesa de un colegio electoral para coger las papeletas que depositarán en la urna. Tres interventores, dos de Junts pel Sí y una de la CUP, los observan atentamente. Tan atentamente que se acercan para ver qué papeleta han escogido. Cuando descubren su elección, uno de los interventores de Junts pel Sí comparte con la interventora de la CUP una mirada de complicidad, y sonríe con desgana (y con algo más a lo que no consigo poner nombre. No es sólo arrogancia, no es superioridad.) La interventora de la CUP realiza varias muecas para mostrar el asco que le produce la opción que han elegido. Por último, el otro interventor de Junts pel Sí ríe también, de manera algo más disimulada.

Me resulta muy difícil considerar la escena como algo meramente anecdótico. Seguramente, una de las razones que explican esa dificultad es una imagen que vi hace poco. Es la imagen que he colocado al principio. Es también la portada de un libro, y el título de ese libro, precisamente, es el título de esta entrada. ¿Y si hablamos con el vecino del segundo?
Por segunda vez haré algo que casi siempre me parece innecesario. He descrito un vídeo y ahora voy a describir una imagen. Nunca se sabe.
La portada de ese libro es un dibujo. En el dibujo se ve un bloque de pisos repleto de banderas catalanas. La cuatribarrada, la estelada blava, la estelada vermella. En todos los balcones se exhibe alguna de esas banderas. ¿En todos? ¡No! El vecino del segundo presenta un balcón vacío. Una anormalidad. Y esto es incomprensible para la vecina del primero B, claro. Por eso propone al vecino del primero A ir a visitar al vecino del segundo.

El subtítulo del libro es “La independencia explicada a los indecisos”. Así que suponemos, como la vecina del primero, que el vecino del segundo está indeciso. Lo que sí parece claro es que ese vecino necesita un empujón. No hacia la calle, en principio, sino hacia la comprensión. Al fin y al cabo, no está bien dejarle solo con sus dudas. La soledad es muy puñetera, porque te saca de la tribu. Y eso, en una comunidad de vecinos, no es agradable.

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Puede que otra de las razones sea el recuerdo de otra escena que vi también hace poco. Las dos escenas tienen algo en común. La risa y el asco. En este caso, la risa de Mas y el asco de Colau. Ambos se producen cuando Alberto Fernández Díaz intenta colgar una bandera de España del balcón del Ayuntamiento de Barcelona, en el día grande de las fiestas patronales. Momentos antes, Alfred Bosch y Jordi Coronas, ambos de ERC, habían colgado una estelada en ese mismo balcón sin que nadie lo impidiera. Es decir, una bandera no institucional. La española, en cambio, es la que produce la anormalidad. Como el vecino del segundo.
Mas sonríe, como hizo en la final de la Copa del Rey al lado del Jefe de Estado mientras el público, bien organizado, pitaba el himno.
Ada Colau, en cambio, no puede soportar el asco -esas cosas le producen urticaria, diría después- y abandona el balcón. El balcón del Ayuntamiento de Barcelona, del que es alcaldesa. Otra anécdota.
Por último, un tal Pisarello asume el papel de bufón de la corte. Es primer teniente de alcalde de Colau, y cuando Alberto Fernández Díaz saca la bandera, él intenta arrebatársela. Con una media sonrisa nerviosa.

Así que, como decía, habría que aclarar si la actitud repugnante, sórdida y enfermiza de los tres interventores del vídeo es algo anecdótico, o si se trata de un patrón algo más extendido en Cataluña. Habría que aclarar si la normalidad con la que unos interventores espían el voto de unos ancianos, se burlan de ellos y exhiben su asco, es algo anecdótico. Si la invitación a hablar con el vecino del segundo es una forma de hablar, o si va en la línea de las presiones a las familias que quieren escolarizar a sus hijos en castellano. Habría que aclarar si estos padres son también indecisos a los que hay que explicarles las cosas. Muriel Casals, la presidenta de Òmnium Cultural, no tiene dudas; no son indecisos, sino maltratadores.

Habría que aclarar todo eso, pero lo que sí está claro es que abundan las sonrisas en esta Arcadia que se va esbozando entre visitas informativas y acosos a familias. Abundan las sonrisas, siempre cómplices, y el asco. En anécdotas que siempre tienen como protagonistas a esos extraños vecinos indecisos.

El liberalismo era esto

 

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Ayer leí un artículo sorprendente sobre la gestión de la crisis del ébola. Éste. Y era sorprendente incluso en el modo de sorprender. Hemos podido leer textos de todo tipo estos últimos días. Algunos merecían la pena, la mayoría eran simples llamadas a la venganza y a la búsqueda de culpables antes de conocerse los hechos. Pero éste era sorprendente de un modo distinto. En él se afirmaba que fue un error traer a los misioneros afectados por el ébola, no por los riesgos de contagio en España, sino porque se había violado la libertad de esos misioneros. O algo así.

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Liberalismo y pensamiento mágico

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Entre los numerosos círculos liberales españoles es bastante frecuente encontrar argumentos muy pobres a la hora de abordar la cuestión del Estado, que podríamos condensar en la siguiente idea fuerza: el Estado es malo, y no sólo es malo sino que es el Gran Mal, enemigo de todos nosotros y cuya principal función es impedir que seamos libres. La personificación con tintes de novela fantástica, por cierto, lejos de ser accidental es un elemento básico de ese argumentario fallido. Desde esa premisa –el Estado es alguien, y es el Mal- se construyen los citados argumentos, que lógicamente no pueden sino mover a risa o lástima en un público neutral. Todo lo que toca el Estado es siempre y necesariamente malo, y por tanto cualquier política, independientemente de sus objetivos e incluso de sus resultados, será indeseable por el mero hecho de partir del Estado. Independientemente de sus resultados. He ahí la clave de la cuestión, porque se trata de un análisis apriorístico. Es decir, no puede haber una política de desarrollo de la industria, o de ayuda a los estudiantes con menos recursos, o de salud que sea al mismo tiempo eficaz y pública. Y si no puede haberla, ¿para qué molestarse en analizar casos concretos, o en comprobar si, por alguna razón, ha aparecido un cuervo rojo que refute la teoría?

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