Estreno

 

Esta semana me estrené en El Subjetivo, la sección de opinión de The Objective, con un texto breve sobre el terrorismo y nuestros relatos. A continuación dejo el primer párrafo, el texto completo se puede leer aquí.

Polifemo recuerda a quien causó su desgracia, que no consistió tanto en la ceguera como en el engaño. ‘Nadie me ha herido’, grita a sus hermanos. El pobre cíclope se ha vuelto loco, los dioses lo habrán castigado.
Pero Polifemo sabe que Nadie es alguien: es Odiseo. Éste revela su nombre en cuanto abandona la isla, y a punto está de lamentarlo. El cíclope arroja una roca contra la nave, y el fecundo en ardides escapa por poco. Deja atrás la isla, pero no a Poseidón, padre de Polifemo. El dios se encargará de que el héroe pague su ofensa.

Nadie son los asesinos, los etarras, los terroristas. También los ciudadanos que toman todas las mañanas su dosis de loto. Al mismo tiempo se pretende “reconocer a las víctimas”, “recordar el horror” o “mostrar solidaridad con quienes han sufrido”. Pero ¿qué reconocimiento, qué recuerdo o qué solidaridad puede haber si partimos de un pasado modificado?

Se borran los asesinos, pero también se borran las víctimas cuando se las trata como un ente colectivo. Se dota de existencia al colectivo para que no existan sus nombres. No existen Eduardo Navarro Cañada, Fabio Moreno, Víctor Legorburu, Avelino Palma, Ángel Prado, José Luis Vázquez, Jesús Ildefonso García Vadillo, Iñaki Mendiluze, José Luis González o Manuel Albizu. No existen porque se ha decidido -doblemente- que no existan. Se ha decidido que no es conveniente recordar que fueron asesinados. No hay placas que señalen, en el lugar del asesinato o en el centro del pueblo, quiénes fueron y quién los asesinó. En el caso de Albizu, un taxista de Zumaia, todo lo que había en el lugar donde fue asesinado era un contenedor de basura.

No hay víctimas, más allá del concepto colectivo que diluye los nombres de cada una de ellas. Y así, no hay asesinos. Hay héroes, arrepentidos, hombres de paz, editores de revistas, tesoreros, concejales, referentes morales, curas y vecinos. Hombres y mujeres con un pasado gestionado por ciudadanos cobardes, periodistas sin sangre e instituciones miserables.

Esta mañana el periodista Iñaki López ha dicho en Twitter algo sobre la condena a Rita Maestre. Ha dicho algo absurdo, claro.

Y para dar brillo a su mensaje ha citado a la revista Mongolia. Muchas personas citan a la revista Mongolia. Pérez-Reverte, por ejemplo, que es otro referente.

Dicen que la leen, qué divertida.
Que el editor de esa revista fuera condenado a 14 años por el secuestro de Emiliano Revilla es algo que no mancha. El editor es Gonzalo Boye, y bastan unos minutos para conocer el dato. Es un trabajo fácil para cualquier persona, e imagino que mucho más fácil para un periodista como Iñaki López o para un escritor como Pérez-Reverte. Es un trabajo que no hacen. Y si les llega algo, lo esconden. Porque no lo justifican, ni le quitan importancia. Simplemente lo ignoran.

Del mismo modo, los votantes de Unidad Popular, el partido con el que Alberto Garzón se presentó a los generales, ignoran activamente que el tesorero de ese partido -Pablo Gómez Ces- fue condenado a 61 años por el asesinato, junto a otros dos miembros de ETA, del policía Eduardo Navarro Cañada.

Alberto Garzón, el líder mejor valorado‘, titulaba El País en febrero de 2016.

Gonzalo Boye, el editor de la divertidísima revista Mongolia condenado por secuestro, registró el nombre del partido.

Ahí están, a pesar de todo, Iñaki López y Arturo Pérez-Reverte. Y Eduardo Madina.

Inmaculados.

El relato (de los hechos)

portal

El portal

En septiembre de 2015 pegaron en Galdácano las fotos de varios presos de ETA. Entre esas fotos la que más llamaba la atención era, sin duda, la de Francisco Javier García Gaztelu. Txapote. En la foto aparecía con gesto amable. Y amablemente se permitió que las fotos siguieran a la vista de todos durante las fiestas.
Algunas de las caras llamaban la atención, otras no tanto. Entre estas últimas se encontraba la de un tal Jon Krespo. Sabía que Jon Krespo había sido condenado varias veces por terrorismo callejero. Lanzó cócteles molotov contra la sede de El Correo, destrozó cajeros e incluso incendió el coche de un ertzaina. Después de escribir sobre las fotos supe que había en el historial de Jon Krespo un hecho de los que cuesta asimilar. Por la cercanía, porque pasó sin que me enterase y porque imagino que las personas que conocieron el hecho y lo asumieron como algo normal siguen aquí, en Galdácano. Imagino también que no hay razones objetivas que expliquen el sentimiento de vergüenza y de culpa que me produjo, la sensación de ser en parte responsable de algo que ocurrió sin que me enterase. Es precisamente el desconocimiento prolongado durante tantos años lo que genera esa sensación difícil de explicar. Intentaré al menos explicar el hecho.

El hecho ocurre en Galdácano, un municipio de unos 30.000 habitantes, a 11 kilómetros de Bilbao. ETA ha asesinado a diez personas en el pueblo, y de aquí han salido etarras como Francisco Javier López Peña, alias ‘Thierry’; Jon Bienzobas, alias ‘Karaka’; y el propio Francisco Javier García Gaztelu, alias ‘Txapote’. Los tres eran vecinos del mismo barrio, Aperribai. Galdácano es también el municipio en el que Francisco Javier Martínez Izagirre, ‘Javi de Usánsolo’, fue recibido con antorchas, cohetes e ikurriñas cuando salió de la cárcel. Menos conocido que los otros tres, cumplió condena por, entre otros, el asesinato de Fabio Moreno, un niño de dos años.

El hecho ocurre en marzo del año 2.000. Los anteriores son los años de la ‘kale borroka’, el terrorismo de baja intensidad. Aunque no sólo. Además de a las fuerzas de seguridad del Estado, Herri Batasuna comienza a calificar de “enemigos” a periodistas, jueces y concejales. Y ETA comienza a asesinar a periodistas, jueces y concejales.
En 1999 se habían celebrado elecciones municipales. El Partido Popular obtuvo tres concejales en Galdácano. La número uno, Nerea Llanos, vivía en Basauri. El número dos, Gonzalo Zorrilla, en Bilbao. El número tres, Ricardo Gutiérrez Solana, en el mismo Galdácano. El día en el que recibió su acta de concejal colocaron una diana con las siglas del partido en una columna frente al portal en el que vivía. Días después, una pintada: “PP asesinos”. En diciembre de ese mismo año, dos personas disfrazadas de Olentzero hablan con el hijo de nueve años de Ricardo Gutiérrez Solana, arrojan carbón en el felpudo de su vivienda y colocan en la puerta un cartel con amenazas y una invitación a que abandone el País Vasco. Durante meses, familiares de presos de ETA se concentran cada jueves en la plaza frente al portal en el que vive. Finalmente, aquí está el hecho, el día 17 de marzo del año 2000 los vecinos reciben una carta.
La carta decía esto:

“COMO USTEDES YA SABRÁN, EN EL PISO 5º D DE SU VECINDARIO RESIDE EL CONCEJAL DEL PP DE GALDAKAO RICARDO GUTIERREZ.

ESTE DEPLORABLE CONCEJAL ES RESPONSABLE DIRECTO DE QUE A EUSKAL HERRIA SE LE SEA NEGADA LA PALABRA, DE LA DISPERSIÓN QUE SUFREN LOS/LAS PRESOS/AS POLÍTICOS/AS, DE LA TORTURA QUE SUFRE NUESTRO PUEBLO, DE LA IMPOSICIÓN ARMADA A LA QUE ESTAMOS SOMETIDOS, DE MUERTES COMO LA DE RUBEN GARATE VISITANDO A UN AMIGO Y SIMILARES, Y DE UN LARGO ETC…

POR ESTO Y MUCHO MAS, ESTE ENGENDRO DE FRANCO, ESTÁ CONDENADO A SER EXPULSADO DE EUSKAL HERRIA, EN CONSECUENCIA, LES INVITAMOS A USTEDES A QUE HAGAN LO POSIBLE PARA ECHAR DEL VECINDARIO A ESTA PERSONA DE ACTITUDES HITLERIANAS.

CON TODO ESTO, USTEDES SON AGENTES EXTERNOS AL CONFLICTO DE EUSKAL HERRIA, Y NO QUISIÉRAMOS QUE SUFRIESEN NINGÚN DAÑO YA QUE ESTE PERSONAJE ES OBJETIVO DIRECTO DE NUESTRAS ACCIONES. AGUR BERO BAT.

JO TA KE.”

Las concentraciones continúan, y Ricardo Gutiérrez aparece tres veces en documentos incautados a ETA. Era un objetivo potencial. Como muchos otros amenazados, el concejal contaba con la protección de un escolta. La empresa en la que trabajaba en aquella época decide despedirlo. Tras el despido no puede seguir pagando su domicilio de Galdácano y se traslada a la casa de sus padres en Burgos.

Durante tres años busca trabajo en el País Vasco, sin éxito. En 2003 consigue trabajo en La Rioja. Años más tarde, en Madrid. En 2010 se queda en el paro de nuevo, esta vez como consecuencia de la crisis.

En ese período, Ricardo Gutiérrez repite como candidato en dos elecciones. En las del 2007 no sale elegido. Ricardo Gutiérrez es apoderado el día en el que se celebran. Mientras toma café con su hijo en una cafetería frente al colegio electoral, unos radicales del pueblo agreden al candidato y le destrozan las gafas. En 2011 vuelve a ocupar un puesto de concejal. Durante esa legislatura alguien le arroja un mechero desde la ventana y una mujer lo insulta en una cafetería. Finalmente, en 2015 no se presenta por discrepancias con la dirección actual del PP de Vizcaya.

Ése fue el hecho (El País, El Mundo). En el año 2000 alguien envía cartas a los vecinos de un concejal para que lo echen de su casa. Para que se largue del País Vasco. Y entre todos lo consiguen. Ese alguien, aunque no actúe solo, es Jon Krespo. Jon Krespo es condenado, y declara en el juicio que su grupo contaba para todas sus acciones con el apoyo de Batasuna. Un miembro del partido les entregaba explosivos caseros o dinero para material, y ellos escondían el material en una lonja propiedad del partido. En esa misma lonja redactaron la carta que enviaron a los vecinos de Ricardo Gutiérrez.

Hechos como éste fueron habituales durante muchos años en el País Vasco. No sólo los asesinatos, sino el acoso y la exclusión social. También fue habitual la indiferencia. La ignorancia selectiva.
Hoy el olvido selectivo va eliminando la memoria de estos hechos. El registro permanece, pero se desaconseja su estudio. No se enseña, no se pregunta. En nombre de la convivencia. En nombre del relato.

Seguramente es una equivocación

Las palabras más duras que he leído y oído en el tiempo que llevo escribiendo este blog aparecen en esta entrada.

En primer lugar, el “¡Está vivo, está vivo!” de Salvatierra.

 

En segundo lugar, el testimonio de Susana García:

“Nadie se sentó a mi alrededor en clase. Nadie me volvió a dirigir la palabra, sólo para insultarme o insultar a mi padre. El único amigo que me quedó fue mi hermano”.

ETA había asesinado a su padre en Baracaldo, y ése fue el recibimiento cuando ella volvió al colegio.

 

Hoy, mientras termino otra entrada, doy con la crónica de un asesinato cometido por ETA en el pueblo, en Galdácano.

El 29 de abril de 1985, ETA asesina en una calle de Galdácano a Jesús Ildefonso García Vadillo, que volvía a casa con su hija de cinco años. Antes de morir, según algunos testigos presenciales, la víctima dijo: “Os habéis equivocado, no soy yo.”

La crónica añade unas palabras de allegados de la víctima: Jesús era un hombre “completamente apolítico, seguramente es una equivocación.”

Esas palabras producen la misma sensación que las otras. Es el terror en su máxima expresión, la interiorización. La aceptación de la presencia de una cierta culpabilidad en los que son asesinados.

Y en efecto, fue una equivocación. Lo confundieron con un policía.

Sí, era ETA.

 

El 13 de enero aparecía en la prensa la siguiente noticia. “35 miembros de Batasuna aceptan condenas de hasta 2 años de cárcel tras reconocer su subordinación a ETA.
Además de Batasuna, había entre esas 35 personas miembros del Partido Comunista de las Tierras Vascas y de Acción Nacionalista Vasca. Este último era el partido al que pertenecía Marian Beitialarrangoitia cuando fue alcaldesa de Hernani, entre 2007 y 2011. Hoy es diputada en el Congreso.

La aparición de la noticia es un hecho importante. Miembros de Batasuna reconocían abiertamente su subordinación a ETA. Es un hecho importante porque esa relación se ha negado durante años, desde muchos sectores. ETA era una cosa y Batasuna otra, decían. ETA era una cosa y SEGI otra. ETA era una cosa y las Herriko otra. No había relación entre ellas, más allá de cierta sintonía ideológica. Durante años, algunos insistieron en la responsabilidad de la izquierda abertzale respecto a los atentados de ETA. Y no se referían a la negativa a condenar esos atentados. ( Condenas estériles, por otra parte.) Se referían a que había vínculos entre ETA y la izquierda abertzale, más allá de unos objetivos compartidos. ETA contaba con tres ramas. La política-institucional, la de agitación callejera y la terrorista. Cada una de esas tres ramas cumplía una función. Las tres tenían agentes propios. Y las tres formaban parte de una misma estrategia. Esa estrategia dependía de que las tres ramas aparecieran como independientes. No se podía meter en el mismo saco al chaval que quemaba un autobús y al terrorista que asesinaba. Aunque ese chaval, años después, formase parte de un comando de ETA. Eran cosas distintas.

Hace tiempo conté la historia de Mikel Otegi. La cuento de nuevo brevemente.
Mikel Otegi era un vecino de Itsasondo. Un chico normal, según sus vecinos. En 1991 había sido detenido por pegar a un ertzaina. En 1995 asesinó con su escopeta a dos ertzainas, Iñaki Mendiluze José Luis González. Mikel Otegi fue juzgado y absuelto de todos los cargos, incluso el de homicidio. Se le devolvió la escopeta. El jurado declaró que no se podía demostrar la intención de asesinar a los dos agentes. Tampoco pudo demostrarse que el acusado tuviera relación con Jarrai. A pesar de que participase en todos los actos. Miembros de Jarrai lo recibieron con gritos de ánimo cuando terminó el juicio. HB organizó varias manifestaciones en su apoyo.
Mikel Otegi, finalmente, se integró en un comando de ETA.

Hoy parece más evidente que ETA operaba a través de esas tres ramas. Que Txapote, Pernando Barrena y un chaval que quemaba un contenedor no sólo defendían lo mismo, sino que actuaban dentro de la misma organización. Una organización terrorista que asesinó a más de 800 personas. Hoy sabemos que, al final, Batasuna sí era ETA. Pero al parecer da igual. Durante años, aquéllos que denunciaron la complicidad entre ETA y Batasuna fueron objeto de escarnio e insulto. Eran parte de la estrategia de Madrid, de la Brunete mediática. “Todo es ETA”, se decía, en tono jocoso. Y la burla desactivaba los hechos. Cuando se afirmaba “ETA está en las instituciones” aparecían las muecas, los guiños y los codazos. Entre los audaces ignorantes y entre los que lo sabían perfectamente. Pero ETA, efectivamente, estaba en las instituciones.

 

Hoy ETA ha desactivado una de sus tres ramas. O mejor dicho, se la han desactivado. Los que hasta hace poco tiempo justificaban de manera más o menos creativa la lucha armada el terrorismo saben que los objetivos y los métodos han cambiado. La independencia está más cerca en Cataluña, y el socialismo revolucionario cuenta con 69 diputados en el Congreso. Los objetivos hoy son otros. En primer lugar, la amnistía de los presos de ETA. Y en segundo lugar, la construcción del relato. Lo segundo hará que los terroristas de ETA pasen a ser presos políticos, y que los defensores de ETA se conviertan en luchadores por la justicia y contra las vulneraciones de los derechos humanos. La misma noticia sobre los 35 miembros de Batasuna es ya parte de ese relato. Para evitar entrar en prisión han asumido la reparación a las víctimas del terrorismo. Pero eso no significa nada. No significa poner placas que recuerden los lugares en los que ETA asesinó a más de 800 personas. No significa un reconocimiento a quienes hicieron lo posible por acabar con ETA. Es un sintagma vacío. Por eso tendrá éxito.

El tipo del vídeo, por cierto, fue guionista de Sé lo que hicisteis, de El club de la comedia y de una sección de La Tuerka.
Pero sólo es humor.

 

La risa y los 800 muertos

mikelotegi

Mikel Otegi era según sus vecinos de Itsasondo (624) un chico normal. En una ocasión había arremetido contra una sucursal bancaria montado en una excavadora municipal, y en 1991 fue detenido por pegar a un ertzaina. Eso, al parecer, era lo normal en Itsasondo.

El 10 de diciembre de 1995 Mikel Otegi asesinó con una escopeta a Iñaki Mendiluze y José Luis González, a las puertas de su caserío. Minutos antes, en torno a las 10:30, había insultado y abofeteado a otro agente de paisano de la policía autonómica vasca en una cafetería. El agente abandonó el local entre insultos de Mikel Otegi, quien aún tuvo tiempo para dar una patada al coche del ertzaina. Tras el incidente, Otegi abandonó la cafetería y se dirigió a su caserío. José Luis González e Iñaki Mendiluze se encontraban por la zona realizando una patrulla a pie. Al percatarse de la errática conducción de Otegi, subieron a su coche patrulla y se adentraron en la propiedad. El chico normal les recibió con dos disparos de escopeta, se acercó al coche de los ertzainas y envió un mensaje por la emisora policial: “Un casero ha matado a dos cipayos [ertzainas] por la política que lleváis”. Tras una llamada de un hermano de Mikel Otegi, la comisaría de Beasain envió a varios agentes a la escena. Cuando llegaron fueron incapaces de reanimar a los dos policías, que murieron allí mismo.

Me voy a adelantar un año para desvelar el final de esta historia: tras asesinar a dos agentes de la policía autonómica, Mikel Otegi fue absuelto y el tribunal quedó emplazado a devolver la escopeta al acusado. Durante el juicio se demostró que Otegi había disparado con esa escopeta a los dos agentes, y que posteriormente había enviado un mensaje dirigido al resto de policías autonómicos desde el coche patrulla. Pero al parecer, “no había tenido intención de matarlos.” Otegi abandonó la prisión de Martutene y fue recibido por decenas de jóvenes, “Aupa, Mikel!”

El juicio a Mikel Otegi fue el primero en el que un jurado popular se ocupaba de un caso de terrorismo en España. 36 personas fueron designadas por sorteo para conformar el jurado. 27 de ellas presentaron alegaciones para evitar formar parte del tribunal. Algunas de esas personas apoyaron su alegación en los lazos de amistad que les unían a Otegi o a su familia. El acusado negó conocer a varios de ellos. Otros simplemente alegaron cargas familiares que les impedían disponer del tiempo suficiente, negocios que no podían dejar desatendidos, o enfermedad. Era el primer caso de terrorismo en el que se constituía un jurado popular, pero en Guipúzcoa ya hubo anteriormente otro caso con jurado. En esa ocasión sólo cuatro personas ofrecieron algún tipo de excusa. Finalmente la Audiencia de Guipúzcoa desestimó buena parte de las alegaciones y se formó el jurado. El fiscal solicitaba 56 años de prisión por los dos asesinatos. El abogado de las familias, 30 por cada asesinato. Y el defensor de Otegi, ocho meses por homicidio.

Durante el juicio, un vecino del acusado declaró que cuando le preguntó a éste qué había pasado, Otegi declaró: “dos hijos de puta menos”. A pesar de eso, y de reconocer que Otegi mató a los dos policías, el jurado le absolvió de todos los cargos. Ni siquiera le condenaron por homicidio. Del mismo modo, no pudo demostrarse que Otegi tuviera relación con Jarrai, por mucho que el acusado participase en todas las actividades de la organización. Es decir, no pudo demostrarse que Mikel Otegi tuviera relación con ETA o su entorno. Valga el pleonasmo.

¿Por qué ocurrió esto? El fiscal responsabilizó al juez por instruir de manera incompleta al jurado. El presidente de la Audiencia de San Sebastián criticó la torpeza de la acusación por haber dejado al jurado sólo dos opciones, la absolución o la condena por asesinato. Casi todos reconocieron que la institución del jurado, sin tradición en España, podía producir este tipo de sentencias aberrantes. El ex ministro Belloch afirmó que el problema no era tanto el jurado como el País Vasco, y el miedo que reinaba allí. Y Arzalluz, por entonces presidente del PNV y figura paterna del nacionalismo, se refirió a las ideas políticas de la mayoría de las personas que compusieron el jurado como motivo principal para explicar la absolución. Que los vascos tuvieran miedo era seguramente algo impensable para Arzalluz.

El caso es que al final, fuera por miedo, por torpeza o por la ideología del jurado, el asesino de dos policías fue absuelto porque en el momento de los disparos Otegi no era dueño de sus actos. El acusado declaró que había bebido la noche anterior. Mucho. Para apoyar su declaración contó con la ayuda de su sobrina. El jurado se basó en esa declaración para absolverle. Pero ninguna de las personas que vio a Otegi esa mañana pudo confirmar que estuviese ebrio. Desde luego, no estaba tan ebrio como para no conducir hasta su caserío. Después del asesinato, Otegi tuvo que pasar una prueba de alcoholemia. Los resultados indicaron que el chico normal de Itsasondo había bebido después de matar a Iñaki Mendiluze y José Luis González. Tal vez para poder acogerse a un estado de embriaguez en el juicio, tal vez para darse valor y enfrentarse a lo que le esperaba. En cualquier caso, el alcohol que ingirió tras los disparos sirvió para que el 6 de Marzo de 1997 el asesino de dos agentes de la policía autonómica vasca quedase absuelto de todos los cargos.

La historia, de todas maneras, no terminó ahí: Mikel Otegi jamás recuperó la escopeta con la que asesinó a Iñaki Mendiluze y José Luis González; durante el juicio había caducado su permiso de armas. Otegi fue recibido entre los gritos de ánimo de los compañeros presuntos conocidos de Jarrai, con los que no tenía relación. HB organizó varias manifestaciones en su apoyo. Y una vez finalizado el juicio, después de hacer los trámites para conseguir el pasaporte, Mikel Otegi voló. El chico normal se integró en un comando de ETA y finalmente fue detenido en 2003 en Francia. Después de un largo proceso de revisión del caso, la Audiencia Nacional condenó a Otegi a 34 años de prisión por los asesinatos de Iñaki Mendiluze y José Luis González. Fue absuelto, en cambio, del cargo de pertenencia a banda terrorista. Cuando se produjeron los hechos aún no  había dado oficialmente el paso.

Y ahora explico el título, que hace referencia a Koba el temible. La risa y los 20 millones, de Martin Amis. En el libro, Amis se pregunta por qué el nazismo despierta una condena unánime y solemne mientras que el comunismo es tratado con condescendencia e incluso con esa sonrisa cómplice de la que habla en el título, la que rebaja el peso de sus muertos. Aquí en el País Vasco llevamos tiempo observando otro tipo de risa. La que se produce cuando alguien realiza un comentario jocoso sobre ETA. No los chistes de años pasados sobre víctimas del terrorismo como Irene Villa u Ortega Lara, sino el recurso sencillo al “todo es ETA”. El azúcar es ETA, el ébola es ETA, Telecinco es ETA. Y así. Todo viene, imagino, de la época de las investigaciones judiciales sobre el entorno de ETA, sobre los vínculos de la banda terrorista con organizaciones juveniles como Jarrai, Segi, o las Gazte Asanbladak, con las Herriko Tabernas o con determinados partidos políticos. En algún momento, todo eso se convirtió en una gran broma. Con el “Todo es ETA” se consiguió que nada fuera ya ETA. A pesar de las sentencias, o precisamente en respuesta a ellas, Jarrai no era ETA, las Herriko Tabernas no eran ETA, y HB nunca tuvo relación con ETA. Los periódicos que señalaban objetivos tampoco eran ETA. Ni siquiera las organizaciones de apoyo a los presos de ETA tenían que ver con ETA, en una voltereta lógica digna del Circo del Sol. Eran (son) sólo “presos”, o incluso “presos políticos”. Y la gran broma se hizo más grande. Una multitud de imbéciles se puso a hacer eso, el imbécil. Con el objetivo consciente de borrar la existencia de ETA, o simplemente porque llevaban la imbecilidad en los genes, ahí estaban. En las conversaciones con amigos, en las redes sociales, en la televisión. En Bilbao y en San Sebastián, pero también en Madrid, en Murcia o en Sevilla. Canciones, chistes, o simplemente el comentario final a una conversación intrascendente. “… ya sabes, XXX es ETA.” Y la risa. Los españoles estaban obsesionados con ETA, y llegaban a decir que Jarrai, Herri Batasuna y otras organizaciones parecidas formaban parte de ETA. La risa, de nuevo. Porque todo el mundo sabía que Jarrai no era ETA, que Herri Batasuna no tenía nada que ver con ETA, y que ETA tampoco era ETA. Como Mikel Otegi, que no tenía relación con ETA, pero que tras ser absuelto se integró en un comando.

Y en ésas estamos. Después de los años del terror llega la época de la risa idiota. Ni siquiera en esto somos distintos al resto del mundo. Éramos iguales en nuestra cobardía, y somos iguales en en nuestra estupidez. Al fin hay algo que nos une.

Si alguien quiere profundizar en el caso, la hemeroteca de El País es interesante. http://elpais.com/tag/mikel_otegi/a/1

‘ETA debe seguir existiendo’



“Mientras existan presos políticos por habérseles acusado y condenado, aunque sea falsamente, por miembros de ETA, ETA tiene que seguir existiendo“.

Eso decía hace unos días Patxi Zabaleta, coordinador de Aralar y antiguo miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna. Lo leí en su momento y me lo apunté para comentarlo, pero no volví a acordarme de ello hasta ayer, cuando leí esta pieza en El Mundo sobre el último documental de Iñaki Arteta, ‘1980’. La memoria es caprichosa, ya se sabe, y no me acordé de las palabras de Zabaleta hasta el cuarto párrafo:

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El terror y la memoria

Placa2FCOVITE

 

Me enteré recientemente de la iniciativa de COVITE para colocar una placa en todos los pueblos en los que ETA hubiera asesinado a alguien. Normalmente soy muy prudente con estas cosas. Y cuando digo prudente quiero decir demasiado prudente. No creo que exista una memoria colectiva que cuidar. La memoria es siempre individual. Eso es lo que me digo en casos como éstos, y por supuesto al respecto de la llamada memoria histórica. Pero después salgo a la calle a comprar, a pasear o a tomar un café. Y me encuentro con algo que podríamos llamar desmemoria colectiva. No sé si será correcto hablar en esos términos. Pero de algún modo hay que llamar a lo que durante años ha sido la actitud predominante en muchos pueblos respecto a ETA. Lo he comprobado en la calle y también en las redes sociales, que es en el fondo otro tipo de calle. Nadie habla de esas cosas. Está mal visto. Igual que en otros lugares no se menciona el sueldo de cada uno. Puede que la memoria no sea colectiva, en sentido estricto. Pero desde luego existe una vocación mayoritaria de olvido.

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Discriminación

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Posiblemente ésta sea la entrada que menos acuerdo suscite de entre todas las que he publicado. Trata sobre la decisión por parte de Coca-Cola de retirar un anuncio en el que aparecía un actor al parecer simpatizante de Herrira, organización de apoyo a los presos de ETA que trabaja en favor de su acercamiento e incluso de su excarcelación. Y aquí comienza el asunto. Dice el mismo Gotzon Sánchez, el actor del anuncio, que trabaja por los derechos de los presos de ETA del mismo modo que trabajaría por los derechos de cualquier preso común. Y en el condicional es donde se encierra la clave. Porque no trabaja por los derechos de todos los presos, sino sólo por los derechos de los presos de ETA. Por lo tanto, no tiene sentido el uso de ese condicional. Herrira, y Gotzon Sánchez, apoyan a los presos de ETA. Y sólo a los presos de ETA. Una organización con cientos de asesinatos a sus espaldas. Por eso están en la cárcel. No se trata de presos condenados por razones políticas. Se trata de personas que han participado en asesinatos, o que han ayudado de una u otra manera a que se produzcan esos asesinatos.

Una vez tenemos esto claro, pasamos al segundo aspecto de la noticia, que es el realmente polémico: la discriminación.

Todos discriminamos. A diario. Es tan evidente que dudo incluso de la necesidad de señalarlo aquí. Y no sólo discriminamos productos, sino también personas. Es algo inconsciente e inocuo, pero cuando elegimos no sentarnos al lado de una persona, estamos discriminando. O tal vez tendría que emplear la cursiva o las comillas, porque desde luego no es el tipo de discriminación que todos tenemos en mente. Y es que hay varios tipos de discriminación. Para empezar, hay una discriminación pública, que parte del Estado en cualquiera de sus formas, y una discriminación privada. Esta última puede ser espontánea, como en el caso del asiento que elegimos, u organizada, que sería lo más parecido a la petición de retirada del anuncio por parte de Dignidad y Justicia. La discriminación privada y organizada es la que peor fama tiene, por numerosas y contundentes razones. No sé si hace falta mencionar al Ku Klux Klan. Discriminar a alguien por el hecho de que ese alguien sea negro, homosexual o musulmán, es algo que a la mayoría de nosotros nos produce rechazo. Pero ese rechazo es más o menos pronunciado -y legítimo, dirían los más radicales defensores del principio de no agresión como única norma justificable- en función de varias razones. El alcance de esa discriminación, si da o no lugar a acciones violentas, o el número de personas que secundan esa discriminación hacen que la magnitud de la misma varíe. En La Caza, de Thomas Vinterberg, llega a extremos que producen pesadillas. No es lo mismo que alguien, individualmente, decida no sentarse al lado de una persona con aspecto extraño, por incomprensible que nos parezca, o que alguien inicie una campaña para que esas personas con aspecto o costumbres extrañas no entren en determinados locales. Lo primero es una acción inocua, a pesar de tener su origen en la ignorancia. Lo segundo es la antesala del fascismo, a pesar de ser “legítimo” según los más acérrimos defensores de cierto liberalismo.

Quedaría fuera de este pequeño análisis, que no es tan lejano como pueda parecer al tema que ha iniciado la entrada, la discriminación pública. Jamás aceptaríamos, qué buenos y conscientes somos, la discriminación pública. Es decir, la que el temible Leviatán, con todo su peso, lleva a cabo. Y en cambio, es la discriminación que más abunda. Sin ir más lejos, aquí en el País Vasco, desde donde ha surgido la polémica que comentamos, existe una discriminación positiva hacia una lengua -que como casi todo el mundo sabe es un instrumento para la comunicación, y por lo tanto no tiene derechos- consistente en una discriminación negativa contra aquellos que no poseen el conocimiento adecuado de la misma. Se da la circunstancia de que una persona no puede trabajar como profesor en cursos impartidos únicamente en castellano si no posee el título que certifica su conocimiento y dominio del euskera. El problema de la discriminación pública es que parte de la ley. Y la ley puede modificar incluso el significado de las palabras.

Pero, ahora sí, nos estamos desviando. Hablábamos de una discriminación privada y organizada contra alguien que ha manifestado públicamente su apoyo a los presos de una organización terrorista. Algo -la petición y posterior retirada- que en muchas personas inteligentes ha provocado, al menos, recelo. Y es posible que ese recelo sea sano y necesario. Ante cualquier sospecha de linchamiento, mediático o literal, hay que posicionarse siempre con la víctima. Al menos al principio. Y sólo una vez la turba ha sido disuelta, si es necesario, proceder según creamos correcto. Si se trata de un falso culpable o de una falsa culpa, intentar ayudar a la víctima. Sería el caso del personaje de Lucas en la mencionada La Caza. O, por no salirnos del cine, de Tom Robinson, a quien Atticus Finch defiende tanto dentro como fuera del tribunal en la siempre necesaria Matar a un ruiseñor. El problema viene cuando no hay error. Cuando la víctima de esa supuesta caza de brujas -aunque la épica siempre sea una tentación, ni Dignidad y Justicia son McCarthy, ni Gotzon Sánchez es Dalton Trumbo- es alguien que ha manifestado su apoyo a presos que cumplen condena por participar en asesinatos terroristas, y sólo a esos presos. Apoyo que finalmente se traduce en la petición de que esos presos sean liberados. Al fin y al cabo, no se consideran terroristas sino víctimas en una guerra entre dos bandos. Asesinados por ETA y asesinos, ambos de la mano tras un abrazo fraternal, puesto que son sólo víctimas del conflicto.

Que esto justifique o no cierto rechazo depende de dónde ponga el listón ético o estético cada uno. A mí sí me genera rechazo. Más que la petición de retirada del anuncio. Dicen que se trata de discriminación por razones ideológicas, algo que al parecer es inaceptable. Al fin y al cabo, hay una diferencia entre el nazi que asesinaba judíos y el neonazi que saluda con el brazo extendido. O entre el nazi que delataba a un vecino judío y el neonazi que exhibe la esvástica. Y puede que no sea lo mismo. En términos jurídicos. Puede que la libertad de expresión recoja el derecho a apoyar públicamente a los presos de ETA, a recibirles con homenajes cuando vuelven a casa, o a expresar que se trata de víctimas de una guerra. Y seguramente así debe ser. Pero la ley no puede entrar en la reacción individual ante quienes deciden defender ciertas causas. Mi reacción está clara en ese aspecto. No pediré que la ley persiga a Gotzon Sánchez. Tampoco intentaré hacer a otros partícipes del rechazo que me produce su apoyo a los presos de ETA. Y probablemente no habría modificado mi consumo de Coca-Cola, que es inexistente, en función de la reacción de la empresa. Pero desde luego no me parece acertado reducir el episodio a una caza de brujas por razones ideológicas. Todos elegimos qué y a quién defendemos. Y hay que ser consecuente con ello.

P.S. Tengo mis dudas, adelantando posibles disclaimers, en cuanto a la necesidad y a la proporcionalidad de la petición de retirada del anuncio. No sé hasta qué punto era necesaria, puesto que nadie parecía conocer la implicación del actor en lo que algunos  eufemísticamente denominan “resolución del conflicto”.

OBRAS MENCIONADAS:

La Caza [DVD]

Matar a un ruiseñor [DVD]