“El euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias”.

 

Durante el repaso diario a la prensa me encuentro con esta noticia que publica El Correo.

 


En la noticia destaca una frase:

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El euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias“.

La noticia cuenta que el Departamento de Educación del Gobierno vasco ve con preocupación los efectos que el confinamiento habrá producido en los alumnos vascos; los efectos en su aprendizaje del euskera. Los “alumnos de entornos castellanoparlantes”, bastante más de la mitad de todos los alumnos vascos, sólo emplean el euskera, la “lengua propia” de los vascos, como se suele decir, en los centros. Ésta viene a ser la primera premisa. La segunda es la que se recoge en el titular. El euskera, al ser la lengua vehicular en la educación, repercute directamente en el rendimiento académico de los alumnos.

Sólo con estas dos premisas debería producirse una reflexión profunda en quienes se dedican a analizar las características de nuestros sistemas educativos, y también en quienes se dedican a declarar su preocupación por casi cualquier cuestión que afecte al aprendizaje de los alumnos. El ruido, el calor en el aula, los horarios, la dificultad de los exámenes, los turnos, el número de alumnos por aula, la extensión del curriculum, la metodología, las evaluaciones. El número de cuestiones que afectan a los alumnos, y a las que se dedican numerosas tribunas y estudios, es enorme.
Pero nunca, nunca, nunca aparece la frase de Cristina Uriarte, consejera de Educación del Gobierno vasco. Nunca se preguntan cuáles son las consecuencias para los alumnos de entornos castellanoparlantes de tener que estudiar en una lengua, el euskera, que sólo emplean en los centros educativos.

Y como nunca se lo preguntan, la conclusión de esas dos premisas es la siguiente: el Gobierno vasco, mediante su Departamento de Educación, transmite a los centros la necesidad de que el próximo curso la prioridad sea reforzar el euskera en los alumnos de entornos castellanoparlantes. Porque “el euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias”.
Y como nunca se preguntan lo que no les conviene preguntarse, la pregunta que tendrían que hacerse queda en los márgenes, en las afueras: Si el euskera repercute directamente en el logro de todas las competencias y sólo un porcentaje muy pequeño de los alumnos domina el euskera, ¿qué efectos está teniendo en los alumnos de entornos castellanoparlantes el hecho de tener que aprender en euskera?

Ésta era la pregunta que no se hacía antes de que los alumnos hubieran tenido que pasar al menos seis meses sin ir a la escuela. La pregunta que habría que hacerse ahora es: Si el euskera ya afectaba al logro de todas las competencias, y si además los alumnos van a estar al menos seis meses sin ir a clase, ¿por qué la prioridad del Gobierno vasco, a través de su Departamento de Educación, es reforzar no las competencias que no se han adquirido sino el euskera?
Caben muchas preguntas más. Aquí haré otras dos.

La primera tiene varias ramificaciones. Si el euskera repercute directamente en el logro de todas las competencias, y la mayor parte de los alumnos vascos se ve obligada a estudiar en euskera, ¿en qué situación deja esto a los alumnos de entornos castellanoparlantes respecto a los de entornos vascoparlantes? ¿Cómo afecta a sus posibilidades de acceder a la carrera que elijan? ¿Cuántas alumnas de entornos castellanoparlantes, a ver si poniéndolo así, no conseguirán acceder a una carrera STEM por el hecho de que el euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias, y por lo tanto también en las notas? 

Y la segunda: ¿Qué hacen los pedagogos, los expertos en educación, los periodistas especializados, los sindicatos, las asociaciones de estudiantes, las asociaciones de padres, los profesores activistas, en fin, qué hacemos todos nosotros mientras ocurre esto? ¿Qué es lo que decimos cuando el Gobierno vasco, o sea, el PNV y el Partido Socialista de Euskadi, reconoce abiertamente que su sistema educativo y su política lingüística suponen un coste enorme para la mayor parte de los alumnos del País Vasco?

Hacemos lo de siempre, lo habitual en esta tierra. Callar, acelerar el paso y mirar al suelo.

Fascistas y antifascistas

 

¿Son fascistas los que llevan años acosando sistemáticamente a al menos tres partidos políticos y a muchísimas personas en el País Vasco, o son antifascistas?
Pues las dos cosas.
Antes de seguir, me adelanto a las pegas. Es incorrecto llamar “fascistas” a los que ayer lanzaron piedras a los asistentes a un mitin en plena campaña electoral en el País Vasco, porque no tienen mucho que ver con lo que histórica y políticamente significa “fascismo”. De acuerdo. Pero esto es un blog, no TVE, en la que se ha dicho en los últimos meses que el coronavirus no existía o que iba a ser solamente una gripe. Así que me voy a permitir esa licencia, y voy a intentar explicar por qué.

¿Por qué los que ayer lanzaron en Sestao piedras y otros objetos son fascistas? Pues por eso mismo, porque lanzaron piedras y otros objetos. Porque dijeron públicamente que iban a impedir un acto de campaña de Vox, porque pintaron dianas en el lugar del acto, porque acompañaron con gritos y amenazas a los asistentes. Porque no es la primera vez que lo hacen, ni son los primeros a los que se lo hacen. Porque los que ayer lanzaron piedras y otros objetos entienden que lanzar piedras y objetos, acosar y amenazar, intentar expulsar del espacio público a otros partidos, también durante una campaña electoral, es una manera legítima de hacer política. Porque los que ayer lanzaron piedras y otros objetos son los que siguen pensando que secuestrar a José Antonio Ortega Lara, pegar un tiro en la nuca a Gregorio Ordóñez o activar una bomba al paso de Manuel Zamarreño era una forma legítima de hacer política. Porque además de las piedras, los insultos y las amenazas en los actos de campaña también cometen actos de baja intensidad de manera sistemática contra miembros de al menos tres partidos políticos. Porque entienden que es legítimo acosar e insultar a una concejal del PP en Galdácano antes y durante un pleno del Ayuntamiento, igual que era legítimo mandar una carta a los vecinos de otro concejal del PP en Galdácano para explicarles que quien vivía allí era un “engendro de Franco”, para invitarlos a echar del vecindario a esa persona, y para avisarles de que ellos eran “agentes externos al conflicto de Euskal Herria”, y que “no quisiéramos que sufriesen ningún daño ya que este personaje es objeto directo de nuestras acciones”, jotaké.

Son fascistas porque lo esencial del fascismo no es la letra del himno ni el color de la camisa, la estética, sino una manera particular de entender la política. Y porque lo esencial en nuestra manera de entender la política no es cómo fijar los impuestos, sino cómo tratamos a quienes tienen ideas distintas respecto a los impuestos, la educación o la inmigración. Y en el caso de quienes ayer lanzaron piedras en un acto político, lo esencial no son sus consignas sino sus piedras. Y lo esencial es que siguen haciendo lo que hacen porque funciona.

Funciona en primer lugar desde un punto de vista estratégico. No querían a Gregorio Ordóñez en San Sebastián, y lo consiguieron. No querían a Manuel Zamarreño en Rentería, y lo consiguieron. No querían a Ricardo Gutiérrez en Galdácano, y lo consiguieron. No han querido a muchísimos ciudadanos desconocidos que quisieron hacer política con normalidad, y lo han ido consiguiendo, aunque no nos hayamos enterado.
No quieren que la derecha, o el centro derecha, los “constitucionalistas” o los no nacionalistas tengan representación en el País Vasco, y en parte lo están consiguiendo.
Y lo están consiguiendo, funciona, en segundo lugar, porque la reacción mayoritaria a cada uno de estos actos consiste en hablar de “incidentes”, en insinuar que esos actos eran una provocación y en omitir la evidente anomalía democrática que supone hacer campaña electoral en esas condiciones. Funciona porque ni siquiera cuando impactan con una piedra en la cara de una diputada del Congreso se activan las “alertas antifascistas” que sólo comenzaron a sonar cuando quienes ayer fueron recibidos con piedras e insultos llenaron Vistalegre.

Y funciona porque quienes consideran legítimo amenazar y agredir a las minorías políticas en el País Vasco, quienes amenazan y agreden, son llamados “antifascistas” en la prensa y en las conversaciones.
Y me parece bien. O mejor dicho, me parece inútil lamentarse por ello. ¿Son antifascistas? De acuerdo, son antifascistas. 

Ahora bien, seamos coherentes. Asumamos de una vez que, en España, el antifascismo es esencialmente fascista.

¿Guerra cultural?

Confieso que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, así que en principio esto debería darme algo de autoridad en la materia.
Como no he leído ningún paper, no sé cuáles son las definiciones más aceptadas de “guerra cultural”. Lo que sí sé es que es algo que se suele mencionar desde la derecha y el centro-derecha para referirse a lo que antes simplemente era “hacer política”.

De la guerra cultural se empieza a hablar, de hecho, cuando todo lo que no es izquierda nacionalista pretende reaccionar a años de políticas de izquierda nacionalista. La izquierda nacionalista, la única izquierda que en España tiene peso político, se ha dedicado durante décadas a lo que se esperaba de ella. Y hoy se pueden ver sus frutos en Cataluña y el País Vasco, pero también en Navarra y en Baleares, donde los brotes verdes destacan casi más que los frutos ya maduros de las dos primeras regiones. Siempre es un espectáculo contemplar el nacimiento de una nación; en este caso asistimos al nacimiento de dos, tres, cuatro naciones. Probablemente en unos años estarán a punto de organizarse en una confederación.
A lo que no se presta tanta atención, en cambio, es a la muerte. La muerte tiene algo, un no sé qué, que ahuyenta a los espectadores. Al menos en política. Pero para que puedan nacer dos, tres, cuatro naciones en España, tiene que haber algo que desaparezca. Ese algo es, por llamarlo de algún modo, la “nación nacional”. Porque si decimos la nación española corremos el riesgo de que los nacionalistas nos llamen nacionalistas. Resumen más aséptico: digamos España. Seamos aún más comedidos, asumiendo el riesgo de que nos llamen moderados o incluso separatistas: digamos Estado. Porque en este caso, y no en los titulares del Deia, sí procede. Para que puedan nacer dos, tres o cuatro naciones en diferentes regiones de España, tiene que retirarse el Estado, que es lo que mantiene lo común. Tiene que arraigar el mensaje de que lo común es ajeno. Sólo así pueden aceptarse discursos políticos que hablan de “lengua propia” en lugar de “lengua común”. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que la educación no debe ser un fin en sí mismo al que todos los alumnos han de dirigirse en igualdad de condiciones. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que mientras unos alumnos son conducidos hacia la educación, otros tienen que ser conducidos hasta Pamplona. Y eso cuando existen pamplonas a las que dirigirse.

Bueno, pues a esto mismo, a hablar de las construcciones nacionales en varias regiones de España, de las consecuencias para la ciudadanía común, de las mentiras y de las verdades omitidas en esas construcciones nacionales, hoy se le llama “guerra cultural”.
Lo curioso es que cuando el PSC en Cataluña, el PSOE de Baleares, el PSN o el PSE comenzaron a deshacer la nación española en esas cuatro regiones, nadie hablaba de “guerra cultural” por su parte. Porque lo que hacían era política. Legítimamente, además. E igual de legítimamente se debería hablar de política cuando hablamos de deshacer todos esos entramados nacionalistas que han ido germinando durante los últimos años y que comienzan a dar nuevos brotes en nuevas regiones.

Hablar de “guerra cultural” cuando se defiende desde la política algo tan normalito como la racionalidad, o cuando se rechazan los mensajes esencialistas de los nacionalismos; cuando se defiende el pragmatismo y el interés de los alumnos en la educación; cuando, en fin, se intenta elaborar un discurso propio frente a la política de un Gobierno formado por el PSOE actual y el Podemos de siempre, encarnados en Patxi López y Enrique Santiago, supone reconocer la incapacidad de hacer política en igualdad de condiciones.

Hablar de guerra cultural, eso sí, es terreno abonado para la épica. Todos podemos ser soldados en las guerras culturales, con la importante ventaja de que estas guerras no producen daños reales y sí ascensos. Pero la izquierda nacionalista no necesita soldados ambiciosos que destaquen en el campo de batalla. Los tiene, claro, pero no los necesita. Porque cuando hacen política, hacen política. Cuando quieren desarrollar la formación de los espíritus nacionales hacen lo que tienen que hacer: leyes. Y funciona. Y mientras lo hacen no hablan de guerra cultural. En todo caso, si quisiéramos buscar un símil bélico deberíamos hablar de guerra relámpago. Aunque una guerra relámpago un tanto extraña puesto que no hay sorpresa en ella. Si el enemigo es incapaz de defenderse no es por el impacto inicial y por la rapidez de los ataques, sino porque está a otras cosas. El avance es plácido, sereno. Da tiempo a admirar el paisaje y a escuchar las voces de los territorios. Y cuando alguien pretende recuperar el terreno o al menos trazar un mapa con la situación actual, sale lo de la guerra cultural.

Hablar de guerra cultural es no entender que en la izquierda nacionalista mandan Francina Armengol, Miquel Iceta, Idoia Mendia o María Chivite, que sus aliados son Podemos, Més, EH Bildu o ERC, y que al frente de las operaciones está Pedro Sánchez. Hablar de guerra cultural es no entender que la izquierda nacionalista, que además del problema moral de incorporar a los aliados que he mencionado puede permitirse el lujo de integrar a líderes como Carmen Calvo o Patxi López, lleva años de victorias no culturales, sino políticas.

Y así, hablando de guerras culturales, tenemos a alguien como Feijóo en Galicia. Y tenemos a no pocos dirigentes de la derecha o del centro-derecha quejándose por los votos que resta alguien como Cayetana Álvarez de Toledo. Y tenemos a un centro-derecha ya casi inexistente en el País Vasco. Y llamamos “mal menor” a que Ada Colau sea la alcaldesa de Barcelona. Y seguimos aceptando plácidamente la incuestionable legitimidad de nuestro Estado autonómico sin proponer ninguna corrección igualmente legítima a las evidentes injusticias que ha ido produciendo esa configuración, o que ha ido cultivando la izquierda nacionalista.

Si la guerra cultural es la manera mediante la que el centro-derecha pretende combatir el modelo que la izquierda nacionalista tiene para España, entonces han perdido antes de empezar. Porque lo que la izquierda nacionalista lleva años haciendo no es guerra cultural, sino política. Política desde una base ideológica -o varias- explícita, clara. Pero política. Así, es posible que lo que tenga que hacer el centro-derecha sea precisamente volver a hacer lo que se espera del centro-derecha: política. Claro que para poder hacer política no basta sólo con elaborar un presupuesto. Para poder presentar una alternativa a la izquierda nacionalista, es verdad, no basta con las leyes. Porque las victorias de la izquierda nacionalista son las leyes, pero esas leyes parten de y se dirigen a fortalecer una serie de ideas.


Mientras terminaba de escribir esto me he acordado de que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, pero sí esto de Quintana Paz: ¿Qué queremos decir cuando decimos que estamos en una guerra cultural?

Y claro, tiene razón. Pero precisamente, lo que llamamos guerra cultural no es algo que sustituye a la política, sino las condiciones en las que al parecer el centro-derecha tiene que hacer hoy política. Y ese “hoy” es relativo: ¿acaso la condición del nacionalismo no ha sido siempre llevar lo político, la cuestión nacional, a todos los terrenos? Por eso, cuando se dice que lo que hay que hacer es presentar batalla en la guerra cultural, o al contrario, cuando se desprecian los principios diciendo que eso es guerra cultural y no va a ningún sitio, se olvida algo esencial: si la guerra cultural es un estado de cosas, si es el terreno en el que tiene que combatir cualquiera que quiera ofrecer una alternativa al nacionalismo, entonces no estamos hablando de un fenómeno nuevo. Otra cosa es que para no pocos dirigentes relevantes del centro-derecha el combate al nacionalismo sea no ya algo nuevo sino inédito.

La manifestación profunda

 

El 8 de marzo hubo en muchas ciudades de España manifestaciones que no deberían haberse celebrado. Pero no sólo pudieron celebrarse sino que el Gobierno, en lugar de recomendar prudencia, animó a que los ciudadanos asistieran. Sabíamos lo que estaba pasando en China, sabíamos lo que estaba pasando en Italia, y todavía hoy los que deberían haber protegido a los ciudadanos españoles siguen diciendo que celebrar actos multitudinarios en el comienzo de una pandemia no fue una mala idea.

Esas manifestaciones no deberían haberse celebrado, pero quienes se manifestaron no eran necesariamente malas personas, ni buscaban causar daño a otros ciudadanos españoles. Esas manifestaciones partían de muchas, muchísimas ideas equivocadas, partían de una premisa que sólo podían creer los ya convencidos, partían de un relato que cruzó la línea de la mentira, o de la posverdad, hace ya demasiado tiempo, y extrañamente contaron con el apoyo de prácticamente todos los partidos políticos.
Esas manifestaciones fueron criticadas por el riesgo que supusieron para la población española, con razón.

Esta semana ha habido varias concentraciones en diferentes puntos de Madrid para protestar contra el Gobierno. Como en las del 8 de marzo, quienes se concentran estos días en Madrid no son necesariamente malas personas, ni buscan causar daño a otros ciudadanos españoles. Estas concentraciones tienen como premisa, imagino, la necesidad de que el Gobierno de España dimita por su gestión de la crisis. Como ocurre con casi todas las manifestaciones, el objetivo principal no es conseguir algo concreto, sino hacerse ver. Y lo que se está viendo es que muchos de los que criticaron las manifestaciones del 8 de marzo las criticaron no por el peligro que suponían, sino porque no estaban de acuerdo con lo que defendían. De la misma manera, muchos de quienes defendieron las manifestaciones del 8 de marzo no lo hicieron porque pensaran que la libertad de reunión era más importante que los riesgos de celebrar actos multitudinarios a las puertas de una pandemia, sino porque era su reunión, aunque los riesgos tuviéramos que asumirlos todos. Estas concentraciones en Madrid no deberían haberse celebrado y no deberían seguir celebrándose, principalmente por el riesgo que suponen para la población española.
Estas concentraciones han sido criticadas por el riesgo que suponen para la población española, con razón.

Algunos somos alérgicos a las manifestaciones, y casi a cualquier acto colectivo. Yo no habría asistido a ninguna de las dos, como tampoco he participado en ninguna de las caceroladas que se han celebrado durante el confinamiento. En las últimas décadas creo que sólo he asistido a tres concentraciones. Una en Alsasua, otra en Miravalles y la última en Bilbao. La primera se llevó a cabo tras la agresión que sufrieron dos guardias civiles y sus parejas por parte de varios jóvenes del pueblo. La segunda tras el homenaje que se celebró en Miravalles al etarra Josu Ternera. Y la tercera se celebró el 6 de diciembre, día de la Constitución, tras unas vallas que nos separaban de quienes preferirían que nos hubiéramos quedado en casa. En realidad las tres concentraciones se celebraron con protección policial. En todas ellas, especialmente en las dos primeras, hubo insultos e intentos de boicot. En todas ellas fuimos cuatro gatos, y creo que todos sabíamos que íbamos a ser cuatro gatos.
Como decía, esos tres actos fueron una excepción. No habría asistido ni a las del 8 de marzo ni a las de estos días en Madrid por alergia a los actos colectivos, por incompatibilidad con las formas y algunas de las ideas de fondo y porque en medio de una epidemia es una idea malísima celebrar actos de ese tipo.

Pero éstos no son los únicos actos públicos que se han celebrado en España durante la crisis.
Desde hace unos días, como en las de Madrid, se están celebrando actos en diferentes puntos del País Vasco y Navarra. En estos actos no se pide la dimisión del Gobierno ni se insiste en la necesidad de otorgar derechos que ya existen. Lo que se está celebrando estos días en diferentes puntos del País Vasco y Navarra son actos de solidaridad con Patxi Ruiz, una de las personas que asesinaron a Tomás Caballero, concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona.
Patxi Ruiz, asesino de ETA, decidió ponerse en huelga de hambre para protestar por su situación en la cárcel. Varios ciudadanos españoles se han concentrado estos días para manifestar la profundidad de su miseria moral y de nuestra enfermedad social. Su miseria moral consiste en solidarizarse públicamente con un asesino, como ya hiciera hace tiempo Antón Gómez-Reino, flamante diputado de Podemos en el Congreso y hombre fuerte del partido desde su fundación. Nuestra enfermedad social consiste en que dedicamos más tiempo a despreciar a los “cayetanos”, “fachas”, “progres” o “feminazis” de turno que a exponer, analizar, comentar, denunciar o señalar lo que varias personas defienden en las calles y plazas de Navarra y del País Vasco. En concreto, en este caso, a un asesino de ETA.


Y nuestra enfermedad social es lo que nos conduce a que los miserables morales, los que se manifiestan públicamente para apoyar y mostrar cariño a asesinos de ETA, son desde hace tiempo unos compañeros de gobiernos, manifestaciones, causas, fotos y cenas de Nochebuena totalmente normalizados. Algunos incluso llegan a ser diputados en el Congreso, sin que los partidos que los acogen tengan que responder por ello.
Son la auténtica España negra, la excepción que algunos han decidido normalizar, la lacra social que arrastramos desde hace décadas.

Eso sí, no llevan palos de golf a las concentraciones, guardan la distancia de seguridad y siempre saludan.

Diario de la normalidad, IX

 

Más de 55.000 contagiados, más de 4.000 fallecidos. Sólo en las últimas 24 horas han fallecido 655 personas. Esto se presenta hoy como un dato relativamente positivo: el día anterior fueron 738.
Ayer coincidió que estaba Fernando Simón cuando encendimos la tv. Llevaba varios días más o menos desconectado, sin ver tertulias ni telediarios y sin entrar en tuiter. Todas las impresiones de los primeros días habían ido perdiendo intensidad a medida que aumentaba la costumbre de verlas todos los días, la inercia. Y volvió a presentarse una de ellas como si fuera nueva: el mismo experto que dijo que en España sólo habría algunos casos, el mismo que no quiso recomendar a la gente que no acudiera a las manifestaciones promovidas por el Gobierno el 8 de marzo, anunciaba ayer casi 50.000 casos y más de 3.000 fallecidos. El mismo. La misma persona. No entiendo cómo no se queda en su casa al menos lo que queda de crisis, abrumado. No entiendo que las negligencias sostenidas, la ignorancia culpable en puestos de responsabilidad tan alta, no lleven a la desaparición de la vida pública. No a la destitución, sino a la dimisión, a una dimisión también interior, cuyo reflejo inmediato, pragmático, el cese en su actividad, sea tan sólo una consecuencia secundaria.

 

Hoy aparece en La Marea un texto que viene a decir que las manifestaciones del 8m no dieron lugar a un aumento significativo en los contagios por coronavirus. De hecho, viene a decir que la curva de nuevos casos creció más lentamente en los días en los que se supone que habrían aparecido los casos producidos en torno al 8m.

Hay dos cosas interesantes en relación a este artículo.

 

En primer lugar, “la ciencia”. Quien más sabe lo que es la ciencia suele resistirse a hablar de “la ciencia”, especialmente cuando ese “la ciencia” toma la función de sujeto en una oración. No existe “la ciencia”. Existe, en todo caso, y sin entrar en tecnicismos, la actitud científica. Y existen los científicos. La actitud científica se da en personas que no son científicos, y hay científicos muy alejados de la actitud científica.

Iba a decir que, evidentemente, hay muchísimas personas mucho más preparadas que yo para hablar sobre la ciencia, pero esto no pretende ser un artículo sobre qué es la ciencia. Y además algunas de esas personas más preparadas están haciendo estos días un abnegado ejercicio de exposición para mostrar cómo puede haber científicos -o divulgadores científicos- muy, muy alejados de la actitud científica. Así que seguimos.

La actitud científica puede resumirse, y es centrarse sólo en una de sus partes, en ser muy cuidadoso con los experimentos, los análisis, los datos y los razonamientos. En ser muy consciente de los sesgos, especialmente de los nuestros. Y en comprobar todo muchas veces, especialmente si coincide con nuestras ideas previas y si nos parece que es contraintuitivo o difícil de explicar.
Cuando explicaba hace unas semanas en 2º de Bachillerato el racionalismo y el empirismo, y cómo este último llevaba al escepticismo, mientras que en el primero se desarrolla una actitud dogmática, y cómo se supone que la actitud científica nos lleva a conclusiones mucho menos firmes que que las que se dan en otros campos del conocimiento, cómo nos lleva a ser más humildes en cuanto a lo que podemos saber y en cuanto a la seguridad en lo que creemos saber, en definitiva, cómo la ciencia ofrece menos certezas que la filosofía y la religión, aunque parezca contradictorio; bien, cuando explicaba todo eso, en clase había sorpresa y ceños fruncidos, “pero qué dice éste, cómo va a ser la ciencia menos firme y cómo va a ofrecer menos certezas que la filosofía y la religión, ¡si la ciencia es superior!”.

Es complicado hacer entender que si la ciencia es superior lo es precisamente porque es más humilde, porque desconfía más de la capacidad intelectual del ser humano, porque tiene más mecanismos de control, porque no pretende encontrar una verdad definitiva, porque ninguna de las aseveraciones más aceptadas en la ciencia puede estar libre de revisión y de crítica.

Y es complicado hacer entender, ya cuando somos mayores, que ese “porque” en realidad hay que cambiarlo por un “cuando”. La ciencia es superior sólo “cuando”. Y si no, entonces no es más que un juguete en manos de quienes pretenden imponer unas conclusiones particulares, al margen de cualquier mecanismo de control. O mejor dicho, para avanzar en ciertos mecanismos de control, sociales en este caso.

La ciencia de ese artículo venía a decir que las manifestaciones del 8m no contribuyeron significativamente al aumento de contagios posteriores, tirando de datos y gráficos. La ciencia de un artículo aún por publicar podría decir que el confinamiento ha contribuido significativamente al aumento de los contagios, tirando también de datos y gráficos.

 

Decía que era interesante por dos cuestiones. La segunda es que, al parecer, el autor del artículo es falso. O mejor dicho, el nombre del autor del artículo es falso. Todo lo que se escribe tiene autor, y desde luego todo lo que se publica tiene autor.
Se ha dicho que, puesto que el autor es inventado, conviene no hacerle caso. Al contrario. Es un buen ejercicio para analizar un texto con menos condicionantes. Si no sabemos quién es el autor, al menos nos libraremos de que el “quién” condicione nuestro análisis. Tampoco debemos ser demasiado ingenuos. Hay un quién, que no es quién lo escribe sino quién lo publica y quiénes lo elogian. Así que debemos evitar cometer el error de pensar que nuestro análisis está libre de cualquier condicionante.

Pero teniendo todo esto en cuenta es un texto que se puede analizar. No lo voy a hacer aquí, porque ya lo he hecho en otro sitio, con más o menos acierto, y porque no es cuestión de repetirse.
También se ha dicho que no hay que entrar en su juego, que es una cortina de humo para desviar la atención. Por suerte o por desgracia me pierdo en el gran juego político de las cortinas de humo, de los kingmakers, de los trileros en la sombra. Y como en realidad no podemos saber qué es lo que pretenden los supuestos genios de la manipulación y de la gestión de los temas de opinión, actúo como si no existieran. Resulta que el Gobierno compró unos tests rápidos para detectar coronavirus a una empresa sin licencia, y resulta que la fiabilidad de esos tests es muy baja. Y el artículo de hoy, por el autor fake en La marea, podría ser una estrategia del genio de la comunicación del PSOE para desviar la atención.

Pues bueno, podría ser. Pero como no lo sé, y como la noticia sobre los tests rápidos falsos ya aparece en los periódicos, prefiero pensar que es compatible fijarse en el artículo fake y en los tests fake.
Se podría incluso aprovechar para escribir algo cohesionado sobre la mentira en tiempos del virus. La mentira a veces no requiere de un genio que la considere algo instrumental. La mentira, muchas veces, es un mecanismo psicológico para librarnos de nuestro reflejo en el espejo. O una manera de ganarse el pan. O simplemente el pan que echamos a los patos. Así que después de establecer que el autor es falso y que los tests son falsos, el paso siguiente es preguntarnos qué dice el artículo, y qué dice del Gobierno el hecho de que los tests que han comprado sean falsos.

***

El otro día volvimos a ver Guerra Mundial Z. Creo que la primera vez me debí de dormir, porque casi no recordaba nada. No me acordaba por ejemplo de lo del “tenth man”, el tipo que tiene que disentir cuando hay unanimidad en un análisis, aunque considere improbable el análisis divergente. También vimos, por primera vez, Chernobyl, en la que Legasov, Shcherbina o incluso Khomyuk, personaje ficticio, hacían esa función. Aunque en ese caso no lo hicieron por si el consenso resultaba falso, sino porque sabían que el consenso era una red de mentiras. Con consecuencias reales. Volviendo a WWZ, tampoco recordaba el final, bastante precipitado y previsible aunque interesante.
Pero lo que realmente me interesó de WWZ no fue algo que no recordaba sino algo que no sabía. Me sonaba la cara del capitán de la base de Corea del Sur, así que miré en IMDb. Resulta que era el de Rubicon, una serie que vio A. y que parecía buena pero se canceló tras la primera temporada. Pero no fue eso lo que me sorprendió: resulta que el intrépido capitán de la base de Corea del Sur está interpretado por James Badge Dale, el actor que interpretó a uno de los personajes más interesantes de El señor de las moscas: Simon.

Diario de la normalidad, VIII

 

Más de mil fallecidos hoy. Casi 20.000 contagiados. “Probablemente llegaremos a los 10.000 durante la próxima semana”, dijo el viernes pasado quien está al frente de todo esto.

Empieza a ser complicado mantener frío el ánimo, y cuesta un poco más no encenderse ante las estupideces y la frivolidad, que no descansan. He leído una noticia sobre las multas en el País Vasco a quienes querían irse de puente. No he podido terminar las dos siguientes, en El Mundo, que había empezado a leer. La segunda es terrorífica. Ya lo habían dicho respecto a Italia, pero aun así es imposible asimilarlo. Las prioridades en los ingresos. Y la imposibilidad de no pensar en quienes sabes que se quedarían fuera.

“Lavaos las manitas”, dice hoy alguien en Twitter. Después de señalar que no es que quiera quitarle importancia al virus (1.000 fallecidos), pero que la han incorporado al Alto Comisionado para la Pobreza Infantil y eso. Qué ilu. Lavaos las manitas.
Hace unos días, sobre la iniciativa de la Comunidad de Madrid para dar de comer a los niños que han perdido el acceso al menú diario, la incorporada decía que no está bien alimentarlos durante un mes “a base de pizza”. Estas cosas tienen su recompensa. O al revés, la recompensa hace que modules tu relación con la verdad, con la vergüenza y con la honradez.

Hoy he leído un texto muy bueno de Carlos Malpartida, dejo enlace aquí.

Aún no hemos ido a hacer la compra. Hicimos un pedido el lunes de la semana pasada, nos acercamos al supermercado de al lado de casa, creo que el miércoles, para comprar lo que no había llegado. Y desde entonces, nada. No hay fruta en casa, salvo un par de latas de melocotones. Y hay varias cosas apuntadas para comprar. Cada día voy a salir, y cada día lo pospongo. Por el riesgo, sea alto o bajo, y porque en realidad nada es realmente imprescindible. Tenemos comida suficiente y variada para pasar varios días, aunque no haya fruta.

No entiendo la adoración que tenemos en España hacia el pan. No hacia el pan, sino hacia el pan diario. Me gusta muchísimo el pan, pero precisamente por eso no lo comemos todos los días, porque el pan de todos los días es lo que es. Cuando podemos, pocas veces, hacemos un pedido a una empresa de Zamora. Y una vez a la semana compramos en el pueblo un pan que traen de Galicia, que nos dura varios días. Ayer veía la cola en la panadería de debajo de casa, y un poco más allá la del Quop, una panadería que saca barras como si las hiciera un mago en el almacén. No es sólo el riesgo, es la sensación de que hay algo raro en intentar mantener una de nuestras rutinas más prescindibles. Tal vez sea precisamente eso, mantener la rutina, y no el pan. Y una excusa para salir de casa.

Me acabo de acordar de que hoy he tenido el sueño más raro en mucho tiempo. Hace un par de días soñé que estábamos en el estanque del Retiro, en una barca. Sólo había una barca más, que al cabo de un rato desaparecía. Había movimiento en el agua, algo demasiado grande para ser un pez. Resulta que había una colonia de nutrias gigantes, tan grandes como esos castores de la prehistoria, con aspecto amenazador. Una de ellas me enseñaba los dientes cuando ya estábamos fuera del agua.
Bueno, pues el de hoy ha sido más raro, aunque más breve. Tintín en una comparecencia pública de Hitler, a su lado. Al principio parecía que lo estaba viendo, yo estaba detrás, pero después parecía que era un álbum, y no entendía nada porque creía que los había leído todos, y me extrañaba que apareciera junto a Hitler. Aunque “Hergé era antisemita”, ya se sabe.

Ayer mientras hacíamos los chapatis me volví a acordar de las setas de La isla negra, puede que venga de ahí.

***

En tuiter, que ahora más que nunca es nuestra segunda ventana, comienza a haber menos bromas. Y comienzan a ser más frecuentes los “Lo siento mucho, un abrazo”. Al principio lo hacíamos cuando alguien decía que tenía síntomas, luego cuando alguien decía que algún familiar estaba grave, ahora ya suena frío, repetitivo, lejano, impotente y triste porque empieza a haber más que sólo síntomas y familiares de conocidos que están graves.

Después de posponerlo varios días iba a bajar hoy a hacer la compra, me he asomado al balcón y la cola del supermercado llega hasta el portal, a la hora de comer. 

 

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Ya es otro día, he ido a hacer la compra, una hora y media. Parecía que estaba muy bien organizado, quienes atendían se esforzaban incluso por mostrarse sonrientes. Como tenemos esa indecente necesidad de llamar “héroe” a todo el mundo -héroe el que se queda en casa, héroe el que se lava las manos- nos cuesta reconocer la dignidad de quienes no sólo cumplen con su trabajo exponiéndose a los demás, sino que incluso lo hacen con profesionalidad y buen ánimo. No son héroes, ni falta que hace. Son trabajadores responsables, del mismo modo que la mayoría de nosotros intentamos ser ciudadanos responsables. El heroísmo es necesariamente excepcional.

Ayer leí unas declaraciones horribles de Torra. Más horribles de lo habitual, más falsas de lo habitual, con la única intención de dañar la imagen de España, como es habitual. Fueron declaraciones a la BBC, y decía que sabían que la única solución es el confinamiento, y que “España no nos deja”. También vi varios tuits de los delegados sociales del gobierno de Cataluña. “España nos mata”, venían a decir. El gobierno de Cataluña es mucho más que su parlamento y su generalidad. Es incluso más que un régimen. Es un estado mental. En todos los espectros ideológicos hay monstruos y buitres. En Cataluña, sus monstruos y sus buitres son sus representantes institucionales y mediáticos. No tienen necesidad de esconderse, tampoco tienen la costumbre de guardar para el ámbito privado sus monstruosidades. Las esparcen por las redes sociales, pero también por el mundo, cuando tienen la oportunidad. Y siempre hay alguien en el mundo, BBCWorld, dispuesto a brindarles un micrófono.

 

Ayer también vi unas imágenes celebradas. Varios agentes de la Ertzaintza aplaudían y saludaban a agentes de la Guardia Civil en el cuartel de Vitoria. Dos agentes de este cuerpo han fallecido ya debido a la epidemia. Salvatierra está a poco más de 30 kilómetros de Vitoria, y a algo menos de 40 años.

 

Ayer el presidente del CIS, José Félix Tezanos, aprovechaba las críticas a la gestión de la crisis para criticar a la oposición. “Carroñeros oportunistas”, decía en un artículo publicado en la Fundación Sistema, según recoge El Independiente. Basta echar un vistazo a los tuits que se escribieron -los que aún no hayan borrado- cuando la crisis del ébola en España para darse cuenta de cuán lejos están las críticas que se hacen estos días de lo que hacen los carroñeros oportunistas. La mayor parte de los que estos días se suman al espíritu de la crítica del presidente del CIS fueron, durante la crisis del ébola, oportunistas. Lo de “carroñeros” parece excesivo, pero lo dice Tezanos. Desde la presidenta encargada de factchecking hasta el presidente de España, pasando por la mayoría de vicepresidentes y de nosepodíasaber. Peticiones de dimisión, un “¿Exterminio encubierto?”, se preguntaba Ada Colau, hoy alcaldesa de Barcelona. Una contagiada. Ningún fallecido. Una campaña de indignación por un perro sacrificado.

 

 

Hoy, con más de 10.000 contagiados y más de 1.000 muertos, después de que se permitieran las manifestaciones del 8 de marzo, después de que se celebrase incluso una paella para 2.000 personas mayores en Valencia el lunes 9 de marzo, el presidente de una institución como el CIS habla de “carroñeros oportunistas”.
Con más de 10.000 contagiados, más de 1.000 muertos y una gestión de la crisis irresponsable, la única campaña de protesta organizada se celebró el miércoles. Consistió en una cacerolada a las 21:00, apoyada y difundida por miembros del Gobierno. Consistió en una cacerolada contra el rey y la monarquía.

“Las inclinaciones carroñeras como patología política”, tituló el presidente del CIS su artículo en la Fundación Sistema.

Diario de la normalidad, VII

 

La gente en los balcones cantando, tocando las panderetas, porque los medios sacaron lo que hacían en Italia y queremos salir. Incapaces de entender que el primer mandamiento en algo así, especialmente en algo así, debería ser no molestar.
Y Bono, el de U2, cuentan en el telediario, ha compuesto una canción desde su casa. Casi todos hacemos estupideces estos días. Algunos son más expansivos que otros.

 

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“¿Qué será lo primero que harás cuando acabe esto?”

Pasarme varios días pensando si realmente ha acabado, imagino.

 

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Ferran Caballero, lúcido, en Twitter: “D’aquesta crisi en sortirem millors persones. Perquè en sortirem molt més misàntrops”.
No sé si mejores personas, pero desde luego, si se cumple, sí seremos mejores ciudadanos.
Una misantropía siempre activa y reposada, además, nos alejaría de los odios selectivos que siempre siguen a la cursilería y al emotivismo.

 

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Aplausos, 20:00. Dos minutos, como ayer. Esta vez parecían menos, y no han sonado las bocinas, cuernos, vuvuzelas o lo que fuera. No han salido los vecinos de al lado, que sí salieron a las 12:00.
A las 21:00 está convocada una segunda cacerolada.

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Siete larguísimos minutos a las 21:00. Cacerolas, bocinas, silbatos, luces. No mucha gente, pero sí demasiada. Decía una experta en comunicación -todos lo son, sea cual sea su puesto- hace pocos días que “no hay que avergonzarse de lo que se dijo” alrededor del 8 de marzo, porque desde entonces “han pasado meses”.

Y como no tienen que avergonzarse, ahí siguen. Hoy, Gabilondo en El País. Da igual lo que diga. La cuestión, lo deprimente, es que que sigue diciendo y siguen publicándolo.

 

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El “No se podía saber” en boca y mano de gente como Gabilondo, Cristina Almeida, Fernando Berlín, los “tertulianos de titularidad pública” -acuña hoy Latorre- y tantos otros referentes mediáticos es fruto de una autoestima hinchada. Nadie esperaba que ellos supieran, de verdad. Pero sí, al menos, que vieran.

El 7 de marzo había más de 3.000 fallecidos en China, más de 200 en Italia y al menos 5 en España. Con esas cifras, a la vista de todo aquel que quisiera verlas, los que dicen que no se podía saber eligieron no ver. Eligieron despreciar los casos y los fallecidos. Eligieron no ver las tendencias en el resto del mundo y las medidas que estaban tomando en otros países. Eligieron quitarle importancia. Es sólo una gripe, en abril nadie se acordará de esto, mata más el machismo, es más peligroso el alarmismo, cuidado con el miedo, reflexionemos sobre lo realmente importante, que lo demás no sea lo de menos, yo voy a ir porque está en juego la vida de las mujeres. Tranquilos, sólo mata a los viejos.


Los que hoy dicen que no se podía saber eligieron no ver lo que estaba a la vista de todos desde hacía semanas. O peor, lo vieron y eligieron no contarlo.

Siete minutos de ruido

A las 20:00, en el bloque de la calle donde vivo, la calle principal de Galdácano, volvieron a salir para aplaudir a lo que sea que aplauden, algo que a estas alturas no está del todo claro. Dos minutos de aplausos.

Una hora después, a las 21:00, coincidiendo con el discurso del Rey, han salido de nuevo. No sé si los mismos que han salido una hora antes, pero desde luego más de los que han salido una hora antes.

Cacerolas, bocinas, música, silbatos, luces, algún grito. La mayoría de las ventanas y de los balcones estaban vacíos, pero daba igual, porque los dueños, los que arriman el hombro, los que están unidos, son ellos. A mi izquierda y a mi derecha, dos familias entregadas al ruido. En el bloque de enfrente, también varias familias, algunas de ellas con niños pequeños. Me he quedado mirando a una madre con un niño pequeño, al otro lado de la calle, sin saber por qué.

Siete minutos. Ése es el tiempo que han estado entregándose al ruido y a sus miserias, que ahora tenemos que soportar también los demás. Siete minutos en Galdácano, no sé cuántos en otros lugares, no sé en cuántos lugares.
Siete minutos de ruido contra alguien, el Rey, que no tiene nada que ver con esta crisis. Siete minutos de furia ridícula que al mediodía, en el primer turno, me produjo ira, y que ahora sólo me ha producido hastío.

Siete minutos pretendidamente espontáneos dirigidos por los buitres de siempre, con los objetivos de siempre, con la impunidad social de siempre. Siete minutos que nada tienen que ver con los casi 600 fallecidos en España, 40 de ellos en el País Vasco, a los que han escupido hoy.

Siete minutos observando a los vecinos y un enorme ejercicio de contención para no gritarles, a todos ellos, miserables y algo más.

Diario de la normalidad, VI

A las 12:00 estaba terminando una entrada en el blog y he oído voces de los vecinos, que aún estaban en el salón pero pronto salieron al balcón. Una cacerola. La hija, adolescente de unos treinta años, decía “¡Escuchad, escuchad!”, o algo así.

Y cuando empecé a oír más cacerolas, no muchas pero serán más, me acordé de alguien que esta mañana me contaba que ayer le había llegado un mensaje por Whatsapp convocando a una cacerolada “para que Juan Carlos devuelva los 100 millones”.

Me equivoqué en mi juicio inmediato. Pensaba que sería cosa de cuatro imbéciles. Después de ver a los de momento cuatro literales que salieron en Galdácano, me asomé a Twitter. Y allí estaban, ya desde ayer. Maruja Torres, Izquierda Unida, la Ingobernable. Son los de siempre, son más de cuatro y acabarán adueñándose también de esto. Lo rentabilizarán otros, como suele pasar, pero es estúpido despreciar el alcance de estas cosas.

Lo que no puede sorprender es que pasen (pasen, je, siempre impersonal) cosas como éstas. Y desde luego no podremos sorprendernos cuando no sólo los aplausos vayan cediendo ante las cacerolas, sino cuando el objetivo de esas cacerolas pase de Juan Carlos I al rey de España, cuando se extienda a toda la monarquía y cuando, en fin, llegue a donde siempre llegan.
Al cuarto día de confinamiento las ganas de fiesta andan a empujones con el odio, y los aplausos en los balcones no permiten canalizarlo. Porque de eso se trata esto que estamos viendo: la gestión del odio. Curiosamente, quienes lo están gestionando no son los nuevos, que según los analistas de servicio público iban a llevarnos a una nueva época de miseria y tinieblas, sino los que llevan décadas amasándolo, gestionándolo, dándole forma. Los nuevos podrían haber hecho lo suyo. Podrían haber convocado una cacerolada contra el Gobierno, incluso contra “el feminismo”, contra los medios de comunicación. No lo han hecho. Aún nos queda mucho, y todo puede empeorar aún más. Pero no lo han hecho. No sé si por responsabilidad o por su irresponsabilidad el 8 de marzo. Pero la gente, alguna gente, no puede estarse quieta en casa sin odiar. Y los demagogos no pueden estarse quietos sin canalizar el odio de la gente. Cuatro días ha durado la farsa.

Hoy a las 21:00 hay convocada otra cacerolada coincidiendo (je) con el discurso del rey. Imagino que habrá mucha más gente en los balcones.

 

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Mientras pensaba esto se me ocurría un experimento. Alguien saca una bandera de España en mi calle, en Galdácano, porque lo importante es que todos estemos unidos. Llegan las 21:00.
El experimento no consiste en hacerlo y comprobar qué pasa. El experimento consiste en pensarlo. Y en saber, automáticamente, a priori, que sería una irresponsabilidad.
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Otros piensan en poner el himno nacional. Eso no es un experimento, es otro a priori. Acabaría mal.

 

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Esta mañana leía sobre los criterios técnicos del Gobierno para dirigir la UME, y cómo la parada que iban a hacer ayer en el aeropuerto de Loiu, Vizcaya, fue anulada a última hora. Hoy en El Correo hablan de una llamada del Gobierno vasco al Gobierno para expresar su malestar por la presencia del ejército español en las calles vascas.
Estas pequeñas cosas en las que cada vez pensaremos menos, porque hay urgencias más inmediatas. Se aprovechan de esto.

 

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Leo en El Independiente que ha fallecido un guardia civil de 37 años, sin patologías previas.

Comisión de investigación

 

El día 8 de marzo de 2020 todos los partidos actuaron de manera irresponsable. Pero los partidos políticos no son el Gobierno. Ni siquiera los partidos del Gobierno son el Gobierno.
El Gobierno es el principal responsable de un país, o al menos así debe ser. En ocasiones se le atribuyen responsabilidades injustas. En ocasiones estalla una crisis realmente imprevisible.

 

No es el caso. En febrero ya eran numerosos los artículos que alertaban sobre la epidemia que  se estaba expandiendo. Antes del 8 de marzo ya teníamos los ejemplos de China y de Italia. Y a pesar de ello, el Gobierno no sólo no animó a que los ciudadanos fuéramos responsables sino que animó a que fuéramos irresponsables. Animaron y estuvieron en primera línea de la irresponsabilidad, en múltiples manifestaciones masivas organizadas en varias ciudades. Entre esas ciudades, Madrid.

 

Hay más responsables. Los intermediarios. Si España hubiera contado con un sistema periodístico sano, se podría haber evitado el efecto de las llamadas a la irresponsabilidad del Gobierno. Pero ese mismo día tuvimos a RTVE, la televisión pública de España, mostrando a un señor que negaba no sólo el riesgo, sino la misma existencia del virus. Esos días tuvimos a Cristina Almeida en La Sexta animando a que la gente hiciera como ella y asistiera a la manifestación, porque era más peligroso el virus del machismo. Tuvimos a Iñaki Gabilondo quejándose por la poca atención que recibirían asuntos mucho más importantes que el coronavirus, que nos tenía, literalmente, “hipnotizados”. Tuvimos incluso risas, tuvimos a expertos en comunicación -todos son sólo eso, éste es el gran problema- gestionando una crisis que nacía, tuvimos a gente que no sólo llamaba a la irresponsabilidad sino que decía, no sin datos sino contra los datos, que esto iba a ser sólo una gripe. Tuvimos incluso a un comunicador, que se pasea habitualmente por las tertulias de Tele5 y de La Sexta, diciendo que en abril ya nadie se acordaría del virus.

 

Pasó el 8 de marzo. Y todos ellos siguieron pasando por expertos. Y siguieron pasando por los platós de televisión y por las tribunas de los periódicos. Pasó el 8 de marzo y hoy, 18 de marzo, diez días después, con más de 13.000 casos y más de 500 fallecidos en España, el presidente del Gobierno anuncia en el Congreso, para cuando pase la crisis, una comisión de investigación sobre nuestra sanidad pública. Después de que, tras un par de días de desconcierto, todas las plataformas mediáticas al servicio del progreso, desde RTVE a El País, hubieran comenzado a señalar a los recortes de la derecha como los principales responsables del impacto de esta epidemia. Después de tres días de aplausos en los balcones a, en teoría los sanitarios. Después de que ya hayan dejado claro que también, también esos aplausos están contaminados por la agenda política. Esos aplausos, que de momento son aplausos a la sanidad pública, acabarán siendo cacerolas contra los gobiernos de los recortes.


Antes del 8 de marzo, como va publicando la prensa, el Gobierno decidió no hacer caso a varios informes que recomendaban tomar medidas. El 8 de marzo todos los partidos actuaron de manera irresponsable. Pero aún no se ha inventado el mecanismo legal para que el responsable político de una crisis sanitaria sea la oposición. Aún.
Mientras tanto, los responsables cuentan con los medios y con el Congreso. Después de que cualquier ciudadano haya podido ver cómo el Gobierno desoyó las advertencias, primero, llamó a la irresponsabilidad, segundo, y pasó varios días en estado de shock, tercero, lanzando a sus académicos a comenzar la batalla del relato, después de todo eso, hoy Pedro Sánchez anuncia una comisión de investigación sobre el estado de la salud pública.

Estamos asistiendo al “Pásalo” definitivo. Al “¿Aznar de rositas?” más refinado. Estamos asistiendo a un momento histórico. El Gobierno ha decidido que el principal responsable de cualquier crisis será a partir de ahora la oposición.


Cuando estaba a punto de terminar la última frase he empezado a oír voces y alguna cacerola. Luego más. Y me he acordado de algo que me han comentado hoy en tuiter. Un whatsapp que circuló ayer. “Miércoles 18 de marzo cacerolada a las 12 de la mañana para que Juan Carlos I done los 100 millones saudíes a la sanidad pública. Reto viral, por favor. Reenvíalo!”.

 

Y así ha sido. Cacerolas en la calle principal y en el parque. Alguna bocina. Uno que gritaba “Lapurrak!”, que significa “Ladrones”. Pocas, de momento. Mañana probablemente serán más.

 

No es momento para las críticas. Pero sí es momento para anunciar comisiones de investigación sobre los recortes y para caceroladas. Por ahora, contra Juan Carlos I. Con el paso de los días todo irá reconduciéndose hacia el objetivo apropiado, espontáneamente bien dirigido.

Una vez más.