Los coros del emperador desnudo

El emperador se pasea en pelotas, dice que a partir de ahora lo hará en todas sus apariciones públicas y que reformará el código de vestimenta para adaptarlo a sus preferencias. El coro de aduladores dice que ya era hora, por fin un gobernante con un proyecto a la altura de la historia.
Y los murmuradores, en las sombras, se preguntan cuál será la auténtica razón detrás del desnudo.

La auténtica razón es que prefiere ir desnudo. Que a sus aduladores les gusta que vaya desnudo. Y más les valdría a los murmuradores ir tirando su ropa a la basura, o bien dejar de murmurar simplezas. Va desnudo. No es una cortina de humo para tapar otras cosas. Va desnudo y se rodea de gente que va desnuda porque es lo que quiere. El emperador ya eligió. Y si por alguna razón hay algo denunciable en el hecho de que vaya desnudo, habrá que denunciar ese hecho, y no la imaginaria cortina que lo cubre.

El emperador se pasea en pelotas mientras el imperio se desmorona, y aún nos empeñamos en criticar el color de la chaqueta que no lleva.
Y a su sastre. Que no falte la crítica a su sastre.


Nos empeñamos en reducir automáticamente la realidad a cuentos conocidos. Lo hacemos porque no sabemos con detalle qué es lo que nos espera en el futuro, cómo se desarrollarán las cosas, y cómo nos afectarán. Pero hay una manera mejor de abordar la realidad: analizar lo que hay, no lo que puede haber detrás de lo que hay.
Lo que hay es que la Ley de Memoria Democrática la va a aplicar un gobierno que cuenta con Pablo Iglesias y Alberto Garzón entre sus miembros. Lo que hay es que quienes están presumiendo de que se acabó exaltar a dictadores llevan toda la vida exaltando a otros dictadores. Y lo que hay es que llegaron al Gobierno hace ya mucho tiempo. No los dictadores, sino los que han aprendido a gobernar con dictadores como referentes.

Lo que hay es que Carmen Calvo es portavoz del Gobierno en cuestiones de memoria, historia, democracia y feminismo. Carmen Calvo. Lo que hay es que para este Gobierno esos cuatro conceptos forman una misma cosa, y juegan con ellos hasta que los despojan de cualquier significado objetivo. De la memoria histórica de Zapatero -ya estaba Calvo- han pasado a la memoria democrática con perspectiva de género. Y la perspectiva es que aquéllos con los que sólo hablan por imperativo legal enlazan directamente con los alzados, y que todos los que tienen algo que decir ante esta ley y ante otras leyes parecidas están fuera de la Constitución, de la memoria, de la historia, de la democracia y de la ley.

Esto no empieza con lo de ayer. Ni con lo de hace unos meses. Esto es el proyecto que el PSOE puso en marcha hace muchos años. Un proyecto que comienza con Zapatero y que con Sánchez alcanza su dimensión real. Un proyecto que va mucho más allá de esconder los muertos del coronavirus, por importantes que sean y por importante que sea contarlos. Es un proyecto que pretende etiquetar a los muertos de la historia, dividirlos en buenos y malos. Es un proyecto que pretende negar cualquier rasgo de decencia a quienes reivindican que si vamos a hablar de gestas y de matanzas convendrá acudir a la historia y no a la propaganda. Que si vamos a hablar de héroes convendrá acudir a la historia y no al santoral de un partido. Y que si vamos a hablar de villanos tal vez sea más conveniente no acudir a la historia sino a Hernani, a Bilbao, a Alsasua o al Congreso de los Diputados.
Si vamos a hablar de villanos, de asesinos, de totalitarismo, convendría antes hacer limpieza con lo que se tiene cerca. Porque ya es difícil aceptar que quienes reivindican, ensalzan, adoran a lejanos dictadores asesinos presuman de que se va a acabar exaltar a dictadores; aceptar además un discurso que presume de hacer justicia a las víctimas mientras se invita a la mesa a quienes hace literalmente tres días estaban aplaudiendo a etarras va más allá de todo lo que se había hecho hasta ahora.

Que no conozcamos todos los detalles de la agenda no quiere decir que tengamos que entregarnos a especulaciones absurdas. Lo que hay, lo que se puede analizar, es lo que hacen. Y lo que hacen va mucho más allá de un torpe plan para que no se hable de los muertos.


Uno de los aspectos conocidos de esta ley es que también afectará a la educación. “La represión franquista se estudiará en las escuelas”, decían ayer. Pero ya se estudia la represión franquista en las escuelas. Y la dictadura. Y la Guerra Civil. Y la República. Se estudia como se estudia todo en España. O al menos son temas que están en el temario, y que es obligatorio enseñar. Si la cuestión es que en España se podría enseñar mejor, y si la cuestión es que la inspección educativa es muy laxa en cuanto a qué y cómo se estudia, entonces tengo que decir que estoy de acuerdo. Pero si fuera eso lo que pretende el Gobierno, ¿por qué centrarse sólo en la represión franquista? ¿Por qué celebran esta ley de memoria democrática y no se plantean una ley de reforma del sistema educativo?
Porque el emperador ya decidió que quería ir desnudo.
Y tal vez convendría no insistir en esta posibilidad: al fin y al cabo, Iglesias, Garzón, Calvo y el propio Sánchez serían los responsables de esa reforma educativa. Y creo que por ahora ya tenemos suficiente con lo que hay.


A partir de ahora escribiré en The Last Journo con cierta frecuencia.

Escribí Es la hora de hacer lo correcto la semana pasada y he escrito Carta a Xabier esta semana.

Violencia irrelevante

Ayer El País daba una noticia falsa.
El titular de la pieza sobre la profanación de la tumba de Fernando Buesa decía que se trataba del “primer episodio violento en la campaña vasca”. La noticia comenzaba con esta frase: “La violencia se ha colado en la recta final de la campaña electoral vasca”.

Se trata de una afirmación extraña, porque ese mismo día hubo cinco detenidos en un acto de campaña en Barakaldo. “Cinco detenidos” también es una construcción extraña, y hay que intentar elegir bien cómo decimos las cosas. Lo que hubo fue un acto de acoso e intimidación en un acto de campaña. Las personas convocadas por organizaciones antifascistas y vinculadas a la izquierda abertzale lanzaron tuercas y botellas y quemaron al menos un contenedor. Los “cinco detenidos” son la consecuencia lógica de esos actos. Una de las consecuencias posibles. Otra consecuencia es que los periódicos recojan esos actos. Que los muestren, puesto que son noticia. Muchos de ellos lo hicieron, y entre ellos no estaba El País. El País decidió que no era algo relevante.

Tampoco decidieron contar que ocurrió algo parecido en otro acto de campaña en el País Vasco, concretamente en San Sebastián. O al menos no he sido capaz de encontrarlo.
Hasta aquí el titular de ayer de El País sería un único problema periodístico, pero en realidad son dos. Hay un problema cuando deciden no mostrar acciones violentas contra un partido en campaña electoral. Y hay un segundo problema cuando sí muestran algunas de esas acciones, porque a la omisión se le une la mentira. En El País sí recogieron otros actos violentos durante la campaña: los de Bilbao, el 19 de junio. El que provocó una herida a una diputada del Congreso, en Sestao, tras el lanzamiento de varios objetos. E incluso una noticia sobre cómo la Ertzaintza blinda sistemáticamente los actos de campaña de un partido, para evitar que los actos violentos sistemáticos acaben con heridos.

Esto es lo que El País ha ido contando y omitiendo durante la campaña vasca. Y ayer decidieron contar que la profanación de la tumba de Buesa ha sido el “primer episodio violento en la campaña vasca”, omitiendo lo que han omitido durante la campaña pero también lo que han contado. Entre las cosas que han contado se encuentra la herida a una diputada del Congreso tras el lanzamiento de objetos contundentes en Sestao.
Así que el titular de ayer no sólo es falso, sino que es deliberadamente falso. Y en la falsedad se cuela, no sé si por primera vez en esta campaña, una concepción muy particular de la violencia.

Y ahora podemos preguntarnos qué es lo que lleva a El País a mentir y a hacer algo peor que mentir. La mentira en sí misma es dañina, más aún en política, y más aún si quien la lanza es un periódico. Porque erosiona nuestra confianza en las instituciones y todos los etcétera que repetimos como si aún no hubiéramos cruzado la línea. Pero lo peor en lo que ha hecho El País no es la mentira, sino su consideración de la violencia. Para El País el primer acto violento en la campaña electoral vasca ha sido la profanación de una tumba el 9 de julio. No considera actos violentos el lanzamiento de objetos o la quema de contenedores en San Sebastián, Barakaldo, Sestao o Bilbao. Mucho menos, imagino, los insultos, amenazas y llamamientos al acoso que ha habido durante toda la campaña realizados desde la izquierda abertzale, que se agrupa en torno a EH Bildu. Grupo político que el domingo volverá a ser la segunda fuerza del País Vasco, con más del 20% de los votos.

Y El País se permite esta doble inmoralidad porque el partido al que se ha impedido hacer campaña con normalidad, sin violencia, es un partido antipático. Porque sabe que cualquier ataque a ese partido será bien recibido o ignorado por una parte importante de la población, y por la práctica totalidad de la población del País Vasco. Porque sabe que cualquiera que condene los actos violentos en campaña se expone a ser tachado de fascista si el partido que recibe los ataques es un partido antipático como Vox. Y porque sabe que hay varias capas en este fenómeno. Están los que llevan a cabo las agresiones; los que las organizan; los que las justifican; los que las ignoran; los que las condenan y reparten la culpa entre agresores y agredidos; los que las condenan con matices; los que las condenan en diez segundos y a otra cosa; los que las denuncian explicitando que desprecian al partido agredido; los que las denuncian explicitando que no votan a ese partido; y los que las denuncian.

Los que sólo las denuncian saben que van a ser colocados en la órbita del partido antipático. Lo saben porque no es algo nuevo. Ocurre cuando el partido antipático es Ciudadanos, en Rentería, Alsasua o Miravalles. Y ocurre, tal vez en menor medida, cuando el partido antipático es el PP. Y saben que lo más cómodo es ponerse al menos en la penúltima capa. “No es que sea más cómodo, es que es verdad”. Pero al igual que hay verdades incómodas sabemos que hay también verdades cómodas. Y si tenemos el deber de contemplar y aceptar las primeras, creo que también tenemos el deber de intentar no cobijarnos en las segundas.

Esta campaña electoral comenzó oficialmente el 26 de junio, y ese mismo día se produjeron los primeros episodios violentos, los lanzamientos de objetos que terminaron con una diputada nacional herida. Los actos violentos continuaron durante la campaña, y habían comenzado antes de la campaña. Los llevaban a cabo los mismos que siempre mantuvieron una relación cordial con la violencia en todas sus formas, desde las más salvajes hasta las más sutiles. Desde el asesinato hasta el acoso. Con un elemento común: la política. Durante años, mucho antes de que comenzase esta campaña, la izquierda nacionalista vasca cometió sistemáticamente actos violentos por motivos políticos. No ideológicos, políticos. Es decir, pensados para que tuvieran un impacto político. No se trataba sólo de odio, era estrategia. Del mismo modo, hoy se siguen cometiendo actos violentos por motivos políticos. Se han abandonado los más salvajes, pero permanecen los más sutiles. También esto es estrategia.
Y en el medio estamos nosotros, los que no somos ni políticos ni periodistas. Muchos de los que están en el medio, ni políticos ni periodistas, presumen de antifascistas. Muchos presumen de tener criterio propio. Pero muchos de los primeros justifican, relativizan o ignoran la violencia política contra un partido minoritario porque consideran que ese partido es antidemocrático; y muchos de los segundos deciden no condenar los actos violentos, o hacerlo con excusas innecesarias, por el qué dirán.

El caso es que El País miente, la violencia política sigue siendo normal en el País Vasco y frente a ello no hay un discurso firme porque ante todo somos antifascistas y queremos seguir presumiendo de criterio propio.

“El euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias”.

 

Durante el repaso diario a la prensa me encuentro con esta noticia que publica El Correo.

 


En la noticia destaca una frase:

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El euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias“.

La noticia cuenta que el Departamento de Educación del Gobierno vasco ve con preocupación los efectos que el confinamiento habrá producido en los alumnos vascos; los efectos en su aprendizaje del euskera. Los “alumnos de entornos castellanoparlantes”, bastante más de la mitad de todos los alumnos vascos, sólo emplean el euskera, la “lengua propia” de los vascos, como se suele decir, en los centros. Ésta viene a ser la primera premisa. La segunda es la que se recoge en el titular. El euskera, al ser la lengua vehicular en la educación, repercute directamente en el rendimiento académico de los alumnos.

Sólo con estas dos premisas debería producirse una reflexión profunda en quienes se dedican a analizar las características de nuestros sistemas educativos, y también en quienes se dedican a declarar su preocupación por casi cualquier cuestión que afecte al aprendizaje de los alumnos. El ruido, el calor en el aula, los horarios, la dificultad de los exámenes, los turnos, el número de alumnos por aula, la extensión del curriculum, la metodología, las evaluaciones. El número de cuestiones que afectan a los alumnos, y a las que se dedican numerosas tribunas y estudios, es enorme.
Pero nunca, nunca, nunca aparece la frase de Cristina Uriarte, consejera de Educación del Gobierno vasco. Nunca se preguntan cuáles son las consecuencias para los alumnos de entornos castellanoparlantes de tener que estudiar en una lengua, el euskera, que sólo emplean en los centros educativos.

Y como nunca se lo preguntan, la conclusión de esas dos premisas es la siguiente: el Gobierno vasco, mediante su Departamento de Educación, transmite a los centros la necesidad de que el próximo curso la prioridad sea reforzar el euskera en los alumnos de entornos castellanoparlantes. Porque “el euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias”.
Y como nunca se preguntan lo que no les conviene preguntarse, la pregunta que tendrían que hacerse queda en los márgenes, en las afueras: Si el euskera repercute directamente en el logro de todas las competencias y sólo un porcentaje muy pequeño de los alumnos domina el euskera, ¿qué efectos está teniendo en los alumnos de entornos castellanoparlantes el hecho de tener que aprender en euskera?

Ésta era la pregunta que no se hacía antes de que los alumnos hubieran tenido que pasar al menos seis meses sin ir a la escuela. La pregunta que habría que hacerse ahora es: Si el euskera ya afectaba al logro de todas las competencias, y si además los alumnos van a estar al menos seis meses sin ir a clase, ¿por qué la prioridad del Gobierno vasco, a través de su Departamento de Educación, es reforzar no las competencias que no se han adquirido sino el euskera?
Caben muchas preguntas más. Aquí haré otras dos.

La primera tiene varias ramificaciones. Si el euskera repercute directamente en el logro de todas las competencias, y la mayor parte de los alumnos vascos se ve obligada a estudiar en euskera, ¿en qué situación deja esto a los alumnos de entornos castellanoparlantes respecto a los de entornos vascoparlantes? ¿Cómo afecta a sus posibilidades de acceder a la carrera que elijan? ¿Cuántas alumnas de entornos castellanoparlantes, a ver si poniéndolo así, no conseguirán acceder a una carrera STEM por el hecho de que el euskera es la lengua de aprendizaje y repercute directamente en el logro de todas las competencias, y por lo tanto también en las notas? 

Y la segunda: ¿Qué hacen los pedagogos, los expertos en educación, los periodistas especializados, los sindicatos, las asociaciones de estudiantes, las asociaciones de padres, los profesores activistas, en fin, qué hacemos todos nosotros mientras ocurre esto? ¿Qué es lo que decimos cuando el Gobierno vasco, o sea, el PNV y el Partido Socialista de Euskadi, reconoce abiertamente que su sistema educativo y su política lingüística suponen un coste enorme para la mayor parte de los alumnos del País Vasco?

Hacemos lo de siempre, lo habitual en esta tierra. Callar, acelerar el paso y mirar al suelo.

Fascistas y antifascistas

 

¿Son fascistas los que llevan años acosando sistemáticamente a al menos tres partidos políticos y a muchísimas personas en el País Vasco, o son antifascistas?
Pues las dos cosas.
Antes de seguir, me adelanto a las pegas. Es incorrecto llamar “fascistas” a los que ayer lanzaron piedras a los asistentes a un mitin en plena campaña electoral en el País Vasco, porque no tienen mucho que ver con lo que histórica y políticamente significa “fascismo”. De acuerdo. Pero esto es un blog, no TVE, en la que se ha dicho en los últimos meses que el coronavirus no existía o que iba a ser solamente una gripe. Así que me voy a permitir esa licencia, y voy a intentar explicar por qué.

¿Por qué los que ayer lanzaron en Sestao piedras y otros objetos son fascistas? Pues por eso mismo, porque lanzaron piedras y otros objetos. Porque dijeron públicamente que iban a impedir un acto de campaña de Vox, porque pintaron dianas en el lugar del acto, porque acompañaron con gritos y amenazas a los asistentes. Porque no es la primera vez que lo hacen, ni son los primeros a los que se lo hacen. Porque los que ayer lanzaron piedras y otros objetos entienden que lanzar piedras y objetos, acosar y amenazar, intentar expulsar del espacio público a otros partidos, también durante una campaña electoral, es una manera legítima de hacer política. Porque los que ayer lanzaron piedras y otros objetos son los que siguen pensando que secuestrar a José Antonio Ortega Lara, pegar un tiro en la nuca a Gregorio Ordóñez o activar una bomba al paso de Manuel Zamarreño era una forma legítima de hacer política. Porque además de las piedras, los insultos y las amenazas en los actos de campaña también cometen actos de baja intensidad de manera sistemática contra miembros de al menos tres partidos políticos. Porque entienden que es legítimo acosar e insultar a una concejal del PP en Galdácano antes y durante un pleno del Ayuntamiento, igual que era legítimo mandar una carta a los vecinos de otro concejal del PP en Galdácano para explicarles que quien vivía allí era un “engendro de Franco”, para invitarlos a echar del vecindario a esa persona, y para avisarles de que ellos eran “agentes externos al conflicto de Euskal Herria”, y que “no quisiéramos que sufriesen ningún daño ya que este personaje es objeto directo de nuestras acciones”, jotaké.

Son fascistas porque lo esencial del fascismo no es la letra del himno ni el color de la camisa, la estética, sino una manera particular de entender la política. Y porque lo esencial en nuestra manera de entender la política no es cómo fijar los impuestos, sino cómo tratamos a quienes tienen ideas distintas respecto a los impuestos, la educación o la inmigración. Y en el caso de quienes ayer lanzaron piedras en un acto político, lo esencial no son sus consignas sino sus piedras. Y lo esencial es que siguen haciendo lo que hacen porque funciona.

Funciona en primer lugar desde un punto de vista estratégico. No querían a Gregorio Ordóñez en San Sebastián, y lo consiguieron. No querían a Manuel Zamarreño en Rentería, y lo consiguieron. No querían a Ricardo Gutiérrez en Galdácano, y lo consiguieron. No han querido a muchísimos ciudadanos desconocidos que quisieron hacer política con normalidad, y lo han ido consiguiendo, aunque no nos hayamos enterado.
No quieren que la derecha, o el centro derecha, los “constitucionalistas” o los no nacionalistas tengan representación en el País Vasco, y en parte lo están consiguiendo.
Y lo están consiguiendo, funciona, en segundo lugar, porque la reacción mayoritaria a cada uno de estos actos consiste en hablar de “incidentes”, en insinuar que esos actos eran una provocación y en omitir la evidente anomalía democrática que supone hacer campaña electoral en esas condiciones. Funciona porque ni siquiera cuando impactan con una piedra en la cara de una diputada del Congreso se activan las “alertas antifascistas” que sólo comenzaron a sonar cuando quienes ayer fueron recibidos con piedras e insultos llenaron Vistalegre.

Y funciona porque quienes consideran legítimo amenazar y agredir a las minorías políticas en el País Vasco, quienes amenazan y agreden, son llamados “antifascistas” en la prensa y en las conversaciones.
Y me parece bien. O mejor dicho, me parece inútil lamentarse por ello. ¿Son antifascistas? De acuerdo, son antifascistas. 

Ahora bien, seamos coherentes. Asumamos de una vez que, en España, el antifascismo es esencialmente fascista.

¿Guerra cultural?

Confieso que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, así que en principio esto debería darme algo de autoridad en la materia.
Como no he leído ningún paper, no sé cuáles son las definiciones más aceptadas de “guerra cultural”. Lo que sí sé es que es algo que se suele mencionar desde la derecha y el centro-derecha para referirse a lo que antes simplemente era “hacer política”.

De la guerra cultural se empieza a hablar, de hecho, cuando todo lo que no es izquierda nacionalista pretende reaccionar a años de políticas de izquierda nacionalista. La izquierda nacionalista, la única izquierda que en España tiene peso político, se ha dedicado durante décadas a lo que se esperaba de ella. Y hoy se pueden ver sus frutos en Cataluña y el País Vasco, pero también en Navarra y en Baleares, donde los brotes verdes destacan casi más que los frutos ya maduros de las dos primeras regiones. Siempre es un espectáculo contemplar el nacimiento de una nación; en este caso asistimos al nacimiento de dos, tres, cuatro naciones. Probablemente en unos años estarán a punto de organizarse en una confederación.
A lo que no se presta tanta atención, en cambio, es a la muerte. La muerte tiene algo, un no sé qué, que ahuyenta a los espectadores. Al menos en política. Pero para que puedan nacer dos, tres, cuatro naciones en España, tiene que haber algo que desaparezca. Ese algo es, por llamarlo de algún modo, la “nación nacional”. Porque si decimos la nación española corremos el riesgo de que los nacionalistas nos llamen nacionalistas. Resumen más aséptico: digamos España. Seamos aún más comedidos, asumiendo el riesgo de que nos llamen moderados o incluso separatistas: digamos Estado. Porque en este caso, y no en los titulares del Deia, sí procede. Para que puedan nacer dos, tres o cuatro naciones en diferentes regiones de España, tiene que retirarse el Estado, que es lo que mantiene lo común. Tiene que arraigar el mensaje de que lo común es ajeno. Sólo así pueden aceptarse discursos políticos que hablan de “lengua propia” en lugar de “lengua común”. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que la educación no debe ser un fin en sí mismo al que todos los alumnos han de dirigirse en igualdad de condiciones. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que mientras unos alumnos son conducidos hacia la educación, otros tienen que ser conducidos hasta Pamplona. Y eso cuando existen pamplonas a las que dirigirse.

Bueno, pues a esto mismo, a hablar de las construcciones nacionales en varias regiones de España, de las consecuencias para la ciudadanía común, de las mentiras y de las verdades omitidas en esas construcciones nacionales, hoy se le llama “guerra cultural”.
Lo curioso es que cuando el PSC en Cataluña, el PSOE de Baleares, el PSN o el PSE comenzaron a deshacer la nación española en esas cuatro regiones, nadie hablaba de “guerra cultural” por su parte. Porque lo que hacían era política. Legítimamente, además. E igual de legítimamente se debería hablar de política cuando hablamos de deshacer todos esos entramados nacionalistas que han ido germinando durante los últimos años y que comienzan a dar nuevos brotes en nuevas regiones.

Hablar de “guerra cultural” cuando se defiende desde la política algo tan normalito como la racionalidad, o cuando se rechazan los mensajes esencialistas de los nacionalismos; cuando se defiende el pragmatismo y el interés de los alumnos en la educación; cuando, en fin, se intenta elaborar un discurso propio frente a la política de un Gobierno formado por el PSOE actual y el Podemos de siempre, encarnados en Patxi López y Enrique Santiago, supone reconocer la incapacidad de hacer política en igualdad de condiciones.

Hablar de guerra cultural, eso sí, es terreno abonado para la épica. Todos podemos ser soldados en las guerras culturales, con la importante ventaja de que estas guerras no producen daños reales y sí ascensos. Pero la izquierda nacionalista no necesita soldados ambiciosos que destaquen en el campo de batalla. Los tiene, claro, pero no los necesita. Porque cuando hacen política, hacen política. Cuando quieren desarrollar la formación de los espíritus nacionales hacen lo que tienen que hacer: leyes. Y funciona. Y mientras lo hacen no hablan de guerra cultural. En todo caso, si quisiéramos buscar un símil bélico deberíamos hablar de guerra relámpago. Aunque una guerra relámpago un tanto extraña puesto que no hay sorpresa en ella. Si el enemigo es incapaz de defenderse no es por el impacto inicial y por la rapidez de los ataques, sino porque está a otras cosas. El avance es plácido, sereno. Da tiempo a admirar el paisaje y a escuchar las voces de los territorios. Y cuando alguien pretende recuperar el terreno o al menos trazar un mapa con la situación actual, sale lo de la guerra cultural.

Hablar de guerra cultural es no entender que en la izquierda nacionalista mandan Francina Armengol, Miquel Iceta, Idoia Mendia o María Chivite, que sus aliados son Podemos, Més, EH Bildu o ERC, y que al frente de las operaciones está Pedro Sánchez. Hablar de guerra cultural es no entender que la izquierda nacionalista, que además del problema moral de incorporar a los aliados que he mencionado puede permitirse el lujo de integrar a líderes como Carmen Calvo o Patxi López, lleva años de victorias no culturales, sino políticas.

Y así, hablando de guerras culturales, tenemos a alguien como Feijóo en Galicia. Y tenemos a no pocos dirigentes de la derecha o del centro-derecha quejándose por los votos que resta alguien como Cayetana Álvarez de Toledo. Y tenemos a un centro-derecha ya casi inexistente en el País Vasco. Y llamamos “mal menor” a que Ada Colau sea la alcaldesa de Barcelona. Y seguimos aceptando plácidamente la incuestionable legitimidad de nuestro Estado autonómico sin proponer ninguna corrección igualmente legítima a las evidentes injusticias que ha ido produciendo esa configuración, o que ha ido cultivando la izquierda nacionalista.

Si la guerra cultural es la manera mediante la que el centro-derecha pretende combatir el modelo que la izquierda nacionalista tiene para España, entonces han perdido antes de empezar. Porque lo que la izquierda nacionalista lleva años haciendo no es guerra cultural, sino política. Política desde una base ideológica -o varias- explícita, clara. Pero política. Así, es posible que lo que tenga que hacer el centro-derecha sea precisamente volver a hacer lo que se espera del centro-derecha: política. Claro que para poder hacer política no basta sólo con elaborar un presupuesto. Para poder presentar una alternativa a la izquierda nacionalista, es verdad, no basta con las leyes. Porque las victorias de la izquierda nacionalista son las leyes, pero esas leyes parten de y se dirigen a fortalecer una serie de ideas.


Mientras terminaba de escribir esto me he acordado de que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, pero sí esto de Quintana Paz: ¿Qué queremos decir cuando decimos que estamos en una guerra cultural?

Y claro, tiene razón. Pero precisamente, lo que llamamos guerra cultural no es algo que sustituye a la política, sino las condiciones en las que al parecer el centro-derecha tiene que hacer hoy política. Y ese “hoy” es relativo: ¿acaso la condición del nacionalismo no ha sido siempre llevar lo político, la cuestión nacional, a todos los terrenos? Por eso, cuando se dice que lo que hay que hacer es presentar batalla en la guerra cultural, o al contrario, cuando se desprecian los principios diciendo que eso es guerra cultural y no va a ningún sitio, se olvida algo esencial: si la guerra cultural es un estado de cosas, si es el terreno en el que tiene que combatir cualquiera que quiera ofrecer una alternativa al nacionalismo, entonces no estamos hablando de un fenómeno nuevo. Otra cosa es que para no pocos dirigentes relevantes del centro-derecha el combate al nacionalismo sea no ya algo nuevo sino inédito.

La manifestación profunda

 

El 8 de marzo hubo en muchas ciudades de España manifestaciones que no deberían haberse celebrado. Pero no sólo pudieron celebrarse sino que el Gobierno, en lugar de recomendar prudencia, animó a que los ciudadanos asistieran. Sabíamos lo que estaba pasando en China, sabíamos lo que estaba pasando en Italia, y todavía hoy los que deberían haber protegido a los ciudadanos españoles siguen diciendo que celebrar actos multitudinarios en el comienzo de una pandemia no fue una mala idea.

Esas manifestaciones no deberían haberse celebrado, pero quienes se manifestaron no eran necesariamente malas personas, ni buscaban causar daño a otros ciudadanos españoles. Esas manifestaciones partían de muchas, muchísimas ideas equivocadas, partían de una premisa que sólo podían creer los ya convencidos, partían de un relato que cruzó la línea de la mentira, o de la posverdad, hace ya demasiado tiempo, y extrañamente contaron con el apoyo de prácticamente todos los partidos políticos.
Esas manifestaciones fueron criticadas por el riesgo que supusieron para la población española, con razón.

Esta semana ha habido varias concentraciones en diferentes puntos de Madrid para protestar contra el Gobierno. Como en las del 8 de marzo, quienes se concentran estos días en Madrid no son necesariamente malas personas, ni buscan causar daño a otros ciudadanos españoles. Estas concentraciones tienen como premisa, imagino, la necesidad de que el Gobierno de España dimita por su gestión de la crisis. Como ocurre con casi todas las manifestaciones, el objetivo principal no es conseguir algo concreto, sino hacerse ver. Y lo que se está viendo es que muchos de los que criticaron las manifestaciones del 8 de marzo las criticaron no por el peligro que suponían, sino porque no estaban de acuerdo con lo que defendían. De la misma manera, muchos de quienes defendieron las manifestaciones del 8 de marzo no lo hicieron porque pensaran que la libertad de reunión era más importante que los riesgos de celebrar actos multitudinarios a las puertas de una pandemia, sino porque era su reunión, aunque los riesgos tuviéramos que asumirlos todos. Estas concentraciones en Madrid no deberían haberse celebrado y no deberían seguir celebrándose, principalmente por el riesgo que suponen para la población española.
Estas concentraciones han sido criticadas por el riesgo que suponen para la población española, con razón.

Algunos somos alérgicos a las manifestaciones, y casi a cualquier acto colectivo. Yo no habría asistido a ninguna de las dos, como tampoco he participado en ninguna de las caceroladas que se han celebrado durante el confinamiento. En las últimas décadas creo que sólo he asistido a tres concentraciones. Una en Alsasua, otra en Miravalles y la última en Bilbao. La primera se llevó a cabo tras la agresión que sufrieron dos guardias civiles y sus parejas por parte de varios jóvenes del pueblo. La segunda tras el homenaje que se celebró en Miravalles al etarra Josu Ternera. Y la tercera se celebró el 6 de diciembre, día de la Constitución, tras unas vallas que nos separaban de quienes preferirían que nos hubiéramos quedado en casa. En realidad las tres concentraciones se celebraron con protección policial. En todas ellas, especialmente en las dos primeras, hubo insultos e intentos de boicot. En todas ellas fuimos cuatro gatos, y creo que todos sabíamos que íbamos a ser cuatro gatos.
Como decía, esos tres actos fueron una excepción. No habría asistido ni a las del 8 de marzo ni a las de estos días en Madrid por alergia a los actos colectivos, por incompatibilidad con las formas y algunas de las ideas de fondo y porque en medio de una epidemia es una idea malísima celebrar actos de ese tipo.

Pero éstos no son los únicos actos públicos que se han celebrado en España durante la crisis.
Desde hace unos días, como en las de Madrid, se están celebrando actos en diferentes puntos del País Vasco y Navarra. En estos actos no se pide la dimisión del Gobierno ni se insiste en la necesidad de otorgar derechos que ya existen. Lo que se está celebrando estos días en diferentes puntos del País Vasco y Navarra son actos de solidaridad con Patxi Ruiz, una de las personas que asesinaron a Tomás Caballero, concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona.
Patxi Ruiz, asesino de ETA, decidió ponerse en huelga de hambre para protestar por su situación en la cárcel. Varios ciudadanos españoles se han concentrado estos días para manifestar la profundidad de su miseria moral y de nuestra enfermedad social. Su miseria moral consiste en solidarizarse públicamente con un asesino, como ya hiciera hace tiempo Antón Gómez-Reino, flamante diputado de Podemos en el Congreso y hombre fuerte del partido desde su fundación. Nuestra enfermedad social consiste en que dedicamos más tiempo a despreciar a los “cayetanos”, “fachas”, “progres” o “feminazis” de turno que a exponer, analizar, comentar, denunciar o señalar lo que varias personas defienden en las calles y plazas de Navarra y del País Vasco. En concreto, en este caso, a un asesino de ETA.


Y nuestra enfermedad social es lo que nos conduce a que los miserables morales, los que se manifiestan públicamente para apoyar y mostrar cariño a asesinos de ETA, son desde hace tiempo unos compañeros de gobiernos, manifestaciones, causas, fotos y cenas de Nochebuena totalmente normalizados. Algunos incluso llegan a ser diputados en el Congreso, sin que los partidos que los acogen tengan que responder por ello.
Son la auténtica España negra, la excepción que algunos han decidido normalizar, la lacra social que arrastramos desde hace décadas.

Eso sí, no llevan palos de golf a las concentraciones, guardan la distancia de seguridad y siempre saludan.

Diario de la normalidad, IX

 

Más de 55.000 contagiados, más de 4.000 fallecidos. Sólo en las últimas 24 horas han fallecido 655 personas. Esto se presenta hoy como un dato relativamente positivo: el día anterior fueron 738.
Ayer coincidió que estaba Fernando Simón cuando encendimos la tv. Llevaba varios días más o menos desconectado, sin ver tertulias ni telediarios y sin entrar en tuiter. Todas las impresiones de los primeros días habían ido perdiendo intensidad a medida que aumentaba la costumbre de verlas todos los días, la inercia. Y volvió a presentarse una de ellas como si fuera nueva: el mismo experto que dijo que en España sólo habría algunos casos, el mismo que no quiso recomendar a la gente que no acudiera a las manifestaciones promovidas por el Gobierno el 8 de marzo, anunciaba ayer casi 50.000 casos y más de 3.000 fallecidos. El mismo. La misma persona. No entiendo cómo no se queda en su casa al menos lo que queda de crisis, abrumado. No entiendo que las negligencias sostenidas, la ignorancia culpable en puestos de responsabilidad tan alta, no lleven a la desaparición de la vida pública. No a la destitución, sino a la dimisión, a una dimisión también interior, cuyo reflejo inmediato, pragmático, el cese en su actividad, sea tan sólo una consecuencia secundaria.

 

Hoy aparece en La Marea un texto que viene a decir que las manifestaciones del 8m no dieron lugar a un aumento significativo en los contagios por coronavirus. De hecho, viene a decir que la curva de nuevos casos creció más lentamente en los días en los que se supone que habrían aparecido los casos producidos en torno al 8m.

Hay dos cosas interesantes en relación a este artículo.

 

En primer lugar, “la ciencia”. Quien más sabe lo que es la ciencia suele resistirse a hablar de “la ciencia”, especialmente cuando ese “la ciencia” toma la función de sujeto en una oración. No existe “la ciencia”. Existe, en todo caso, y sin entrar en tecnicismos, la actitud científica. Y existen los científicos. La actitud científica se da en personas que no son científicos, y hay científicos muy alejados de la actitud científica.

Iba a decir que, evidentemente, hay muchísimas personas mucho más preparadas que yo para hablar sobre la ciencia, pero esto no pretende ser un artículo sobre qué es la ciencia. Y además algunas de esas personas más preparadas están haciendo estos días un abnegado ejercicio de exposición para mostrar cómo puede haber científicos -o divulgadores científicos- muy, muy alejados de la actitud científica. Así que seguimos.

La actitud científica puede resumirse, y es centrarse sólo en una de sus partes, en ser muy cuidadoso con los experimentos, los análisis, los datos y los razonamientos. En ser muy consciente de los sesgos, especialmente de los nuestros. Y en comprobar todo muchas veces, especialmente si coincide con nuestras ideas previas y si nos parece que es contraintuitivo o difícil de explicar.
Cuando explicaba hace unas semanas en 2º de Bachillerato el racionalismo y el empirismo, y cómo este último llevaba al escepticismo, mientras que en el primero se desarrolla una actitud dogmática, y cómo se supone que la actitud científica nos lleva a conclusiones mucho menos firmes que que las que se dan en otros campos del conocimiento, cómo nos lleva a ser más humildes en cuanto a lo que podemos saber y en cuanto a la seguridad en lo que creemos saber, en definitiva, cómo la ciencia ofrece menos certezas que la filosofía y la religión, aunque parezca contradictorio; bien, cuando explicaba todo eso, en clase había sorpresa y ceños fruncidos, “pero qué dice éste, cómo va a ser la ciencia menos firme y cómo va a ofrecer menos certezas que la filosofía y la religión, ¡si la ciencia es superior!”.

Es complicado hacer entender que si la ciencia es superior lo es precisamente porque es más humilde, porque desconfía más de la capacidad intelectual del ser humano, porque tiene más mecanismos de control, porque no pretende encontrar una verdad definitiva, porque ninguna de las aseveraciones más aceptadas en la ciencia puede estar libre de revisión y de crítica.

Y es complicado hacer entender, ya cuando somos mayores, que ese “porque” en realidad hay que cambiarlo por un “cuando”. La ciencia es superior sólo “cuando”. Y si no, entonces no es más que un juguete en manos de quienes pretenden imponer unas conclusiones particulares, al margen de cualquier mecanismo de control. O mejor dicho, para avanzar en ciertos mecanismos de control, sociales en este caso.

La ciencia de ese artículo venía a decir que las manifestaciones del 8m no contribuyeron significativamente al aumento de contagios posteriores, tirando de datos y gráficos. La ciencia de un artículo aún por publicar podría decir que el confinamiento ha contribuido significativamente al aumento de los contagios, tirando también de datos y gráficos.

 

Decía que era interesante por dos cuestiones. La segunda es que, al parecer, el autor del artículo es falso. O mejor dicho, el nombre del autor del artículo es falso. Todo lo que se escribe tiene autor, y desde luego todo lo que se publica tiene autor.
Se ha dicho que, puesto que el autor es inventado, conviene no hacerle caso. Al contrario. Es un buen ejercicio para analizar un texto con menos condicionantes. Si no sabemos quién es el autor, al menos nos libraremos de que el “quién” condicione nuestro análisis. Tampoco debemos ser demasiado ingenuos. Hay un quién, que no es quién lo escribe sino quién lo publica y quiénes lo elogian. Así que debemos evitar cometer el error de pensar que nuestro análisis está libre de cualquier condicionante.

Pero teniendo todo esto en cuenta es un texto que se puede analizar. No lo voy a hacer aquí, porque ya lo he hecho en otro sitio, con más o menos acierto, y porque no es cuestión de repetirse.
También se ha dicho que no hay que entrar en su juego, que es una cortina de humo para desviar la atención. Por suerte o por desgracia me pierdo en el gran juego político de las cortinas de humo, de los kingmakers, de los trileros en la sombra. Y como en realidad no podemos saber qué es lo que pretenden los supuestos genios de la manipulación y de la gestión de los temas de opinión, actúo como si no existieran. Resulta que el Gobierno compró unos tests rápidos para detectar coronavirus a una empresa sin licencia, y resulta que la fiabilidad de esos tests es muy baja. Y el artículo de hoy, por el autor fake en La marea, podría ser una estrategia del genio de la comunicación del PSOE para desviar la atención.

Pues bueno, podría ser. Pero como no lo sé, y como la noticia sobre los tests rápidos falsos ya aparece en los periódicos, prefiero pensar que es compatible fijarse en el artículo fake y en los tests fake.
Se podría incluso aprovechar para escribir algo cohesionado sobre la mentira en tiempos del virus. La mentira a veces no requiere de un genio que la considere algo instrumental. La mentira, muchas veces, es un mecanismo psicológico para librarnos de nuestro reflejo en el espejo. O una manera de ganarse el pan. O simplemente el pan que echamos a los patos. Así que después de establecer que el autor es falso y que los tests son falsos, el paso siguiente es preguntarnos qué dice el artículo, y qué dice del Gobierno el hecho de que los tests que han comprado sean falsos.

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El otro día volvimos a ver Guerra Mundial Z. Creo que la primera vez me debí de dormir, porque casi no recordaba nada. No me acordaba por ejemplo de lo del “tenth man”, el tipo que tiene que disentir cuando hay unanimidad en un análisis, aunque considere improbable el análisis divergente. También vimos, por primera vez, Chernobyl, en la que Legasov, Shcherbina o incluso Khomyuk, personaje ficticio, hacían esa función. Aunque en ese caso no lo hicieron por si el consenso resultaba falso, sino porque sabían que el consenso era una red de mentiras. Con consecuencias reales. Volviendo a WWZ, tampoco recordaba el final, bastante precipitado y previsible aunque interesante.
Pero lo que realmente me interesó de WWZ no fue algo que no recordaba sino algo que no sabía. Me sonaba la cara del capitán de la base de Corea del Sur, así que miré en IMDb. Resulta que era el de Rubicon, una serie que vio A. y que parecía buena pero se canceló tras la primera temporada. Pero no fue eso lo que me sorprendió: resulta que el intrépido capitán de la base de Corea del Sur está interpretado por James Badge Dale, el actor que interpretó a uno de los personajes más interesantes de El señor de las moscas: Simon.

Diario de la normalidad, VIII

 

Más de mil fallecidos hoy. Casi 20.000 contagiados. “Probablemente llegaremos a los 10.000 durante la próxima semana”, dijo el viernes pasado quien está al frente de todo esto.

Empieza a ser complicado mantener frío el ánimo, y cuesta un poco más no encenderse ante las estupideces y la frivolidad, que no descansan. He leído una noticia sobre las multas en el País Vasco a quienes querían irse de puente. No he podido terminar las dos siguientes, en El Mundo, que había empezado a leer. La segunda es terrorífica. Ya lo habían dicho respecto a Italia, pero aun así es imposible asimilarlo. Las prioridades en los ingresos. Y la imposibilidad de no pensar en quienes sabes que se quedarían fuera.

“Lavaos las manitas”, dice hoy alguien en Twitter. Después de señalar que no es que quiera quitarle importancia al virus (1.000 fallecidos), pero que la han incorporado al Alto Comisionado para la Pobreza Infantil y eso. Qué ilu. Lavaos las manitas.
Hace unos días, sobre la iniciativa de la Comunidad de Madrid para dar de comer a los niños que han perdido el acceso al menú diario, la incorporada decía que no está bien alimentarlos durante un mes “a base de pizza”. Estas cosas tienen su recompensa. O al revés, la recompensa hace que modules tu relación con la verdad, con la vergüenza y con la honradez.

Hoy he leído un texto muy bueno de Carlos Malpartida, dejo enlace aquí.

Aún no hemos ido a hacer la compra. Hicimos un pedido el lunes de la semana pasada, nos acercamos al supermercado de al lado de casa, creo que el miércoles, para comprar lo que no había llegado. Y desde entonces, nada. No hay fruta en casa, salvo un par de latas de melocotones. Y hay varias cosas apuntadas para comprar. Cada día voy a salir, y cada día lo pospongo. Por el riesgo, sea alto o bajo, y porque en realidad nada es realmente imprescindible. Tenemos comida suficiente y variada para pasar varios días, aunque no haya fruta.

No entiendo la adoración que tenemos en España hacia el pan. No hacia el pan, sino hacia el pan diario. Me gusta muchísimo el pan, pero precisamente por eso no lo comemos todos los días, porque el pan de todos los días es lo que es. Cuando podemos, pocas veces, hacemos un pedido a una empresa de Zamora. Y una vez a la semana compramos en el pueblo un pan que traen de Galicia, que nos dura varios días. Ayer veía la cola en la panadería de debajo de casa, y un poco más allá la del Quop, una panadería que saca barras como si las hiciera un mago en el almacén. No es sólo el riesgo, es la sensación de que hay algo raro en intentar mantener una de nuestras rutinas más prescindibles. Tal vez sea precisamente eso, mantener la rutina, y no el pan. Y una excusa para salir de casa.

Me acabo de acordar de que hoy he tenido el sueño más raro en mucho tiempo. Hace un par de días soñé que estábamos en el estanque del Retiro, en una barca. Sólo había una barca más, que al cabo de un rato desaparecía. Había movimiento en el agua, algo demasiado grande para ser un pez. Resulta que había una colonia de nutrias gigantes, tan grandes como esos castores de la prehistoria, con aspecto amenazador. Una de ellas me enseñaba los dientes cuando ya estábamos fuera del agua.
Bueno, pues el de hoy ha sido más raro, aunque más breve. Tintín en una comparecencia pública de Hitler, a su lado. Al principio parecía que lo estaba viendo, yo estaba detrás, pero después parecía que era un álbum, y no entendía nada porque creía que los había leído todos, y me extrañaba que apareciera junto a Hitler. Aunque “Hergé era antisemita”, ya se sabe.

Ayer mientras hacíamos los chapatis me volví a acordar de las setas de La isla negra, puede que venga de ahí.

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En tuiter, que ahora más que nunca es nuestra segunda ventana, comienza a haber menos bromas. Y comienzan a ser más frecuentes los “Lo siento mucho, un abrazo”. Al principio lo hacíamos cuando alguien decía que tenía síntomas, luego cuando alguien decía que algún familiar estaba grave, ahora ya suena frío, repetitivo, lejano, impotente y triste porque empieza a haber más que sólo síntomas y familiares de conocidos que están graves.

Después de posponerlo varios días iba a bajar hoy a hacer la compra, me he asomado al balcón y la cola del supermercado llega hasta el portal, a la hora de comer. 

 

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Ya es otro día, he ido a hacer la compra, una hora y media. Parecía que estaba muy bien organizado, quienes atendían se esforzaban incluso por mostrarse sonrientes. Como tenemos esa indecente necesidad de llamar “héroe” a todo el mundo -héroe el que se queda en casa, héroe el que se lava las manos- nos cuesta reconocer la dignidad de quienes no sólo cumplen con su trabajo exponiéndose a los demás, sino que incluso lo hacen con profesionalidad y buen ánimo. No son héroes, ni falta que hace. Son trabajadores responsables, del mismo modo que la mayoría de nosotros intentamos ser ciudadanos responsables. El heroísmo es necesariamente excepcional.

Ayer leí unas declaraciones horribles de Torra. Más horribles de lo habitual, más falsas de lo habitual, con la única intención de dañar la imagen de España, como es habitual. Fueron declaraciones a la BBC, y decía que sabían que la única solución es el confinamiento, y que “España no nos deja”. También vi varios tuits de los delegados sociales del gobierno de Cataluña. “España nos mata”, venían a decir. El gobierno de Cataluña es mucho más que su parlamento y su generalidad. Es incluso más que un régimen. Es un estado mental. En todos los espectros ideológicos hay monstruos y buitres. En Cataluña, sus monstruos y sus buitres son sus representantes institucionales y mediáticos. No tienen necesidad de esconderse, tampoco tienen la costumbre de guardar para el ámbito privado sus monstruosidades. Las esparcen por las redes sociales, pero también por el mundo, cuando tienen la oportunidad. Y siempre hay alguien en el mundo, BBCWorld, dispuesto a brindarles un micrófono.

 

Ayer también vi unas imágenes celebradas. Varios agentes de la Ertzaintza aplaudían y saludaban a agentes de la Guardia Civil en el cuartel de Vitoria. Dos agentes de este cuerpo han fallecido ya debido a la epidemia. Salvatierra está a poco más de 30 kilómetros de Vitoria, y a algo menos de 40 años.

 

Ayer el presidente del CIS, José Félix Tezanos, aprovechaba las críticas a la gestión de la crisis para criticar a la oposición. “Carroñeros oportunistas”, decía en un artículo publicado en la Fundación Sistema, según recoge El Independiente. Basta echar un vistazo a los tuits que se escribieron -los que aún no hayan borrado- cuando la crisis del ébola en España para darse cuenta de cuán lejos están las críticas que se hacen estos días de lo que hacen los carroñeros oportunistas. La mayor parte de los que estos días se suman al espíritu de la crítica del presidente del CIS fueron, durante la crisis del ébola, oportunistas. Lo de “carroñeros” parece excesivo, pero lo dice Tezanos. Desde la presidenta encargada de factchecking hasta el presidente de España, pasando por la mayoría de vicepresidentes y de nosepodíasaber. Peticiones de dimisión, un “¿Exterminio encubierto?”, se preguntaba Ada Colau, hoy alcaldesa de Barcelona. Una contagiada. Ningún fallecido. Una campaña de indignación por un perro sacrificado.

 

 

Hoy, con más de 10.000 contagiados y más de 1.000 muertos, después de que se permitieran las manifestaciones del 8 de marzo, después de que se celebrase incluso una paella para 2.000 personas mayores en Valencia el lunes 9 de marzo, el presidente de una institución como el CIS habla de “carroñeros oportunistas”.
Con más de 10.000 contagiados, más de 1.000 muertos y una gestión de la crisis irresponsable, la única campaña de protesta organizada se celebró el miércoles. Consistió en una cacerolada a las 21:00, apoyada y difundida por miembros del Gobierno. Consistió en una cacerolada contra el rey y la monarquía.

“Las inclinaciones carroñeras como patología política”, tituló el presidente del CIS su artículo en la Fundación Sistema.

Diario de la normalidad, VII

 

La gente en los balcones cantando, tocando las panderetas, porque los medios sacaron lo que hacían en Italia y queremos salir. Incapaces de entender que el primer mandamiento en algo así, especialmente en algo así, debería ser no molestar.
Y Bono, el de U2, cuentan en el telediario, ha compuesto una canción desde su casa. Casi todos hacemos estupideces estos días. Algunos son más expansivos que otros.

 

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“¿Qué será lo primero que harás cuando acabe esto?”

Pasarme varios días pensando si realmente ha acabado, imagino.

 

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Ferran Caballero, lúcido, en Twitter: “D’aquesta crisi en sortirem millors persones. Perquè en sortirem molt més misàntrops”.
No sé si mejores personas, pero desde luego, si se cumple, sí seremos mejores ciudadanos.
Una misantropía siempre activa y reposada, además, nos alejaría de los odios selectivos que siempre siguen a la cursilería y al emotivismo.

 

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Aplausos, 20:00. Dos minutos, como ayer. Esta vez parecían menos, y no han sonado las bocinas, cuernos, vuvuzelas o lo que fuera. No han salido los vecinos de al lado, que sí salieron a las 12:00.
A las 21:00 está convocada una segunda cacerolada.

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Siete larguísimos minutos a las 21:00. Cacerolas, bocinas, silbatos, luces. No mucha gente, pero sí demasiada. Decía una experta en comunicación -todos lo son, sea cual sea su puesto- hace pocos días que “no hay que avergonzarse de lo que se dijo” alrededor del 8 de marzo, porque desde entonces “han pasado meses”.

Y como no tienen que avergonzarse, ahí siguen. Hoy, Gabilondo en El País. Da igual lo que diga. La cuestión, lo deprimente, es que que sigue diciendo y siguen publicándolo.

 

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El “No se podía saber” en boca y mano de gente como Gabilondo, Cristina Almeida, Fernando Berlín, los “tertulianos de titularidad pública” -acuña hoy Latorre- y tantos otros referentes mediáticos es fruto de una autoestima hinchada. Nadie esperaba que ellos supieran, de verdad. Pero sí, al menos, que vieran.

El 7 de marzo había más de 3.000 fallecidos en China, más de 200 en Italia y al menos 5 en España. Con esas cifras, a la vista de todo aquel que quisiera verlas, los que dicen que no se podía saber eligieron no ver. Eligieron despreciar los casos y los fallecidos. Eligieron no ver las tendencias en el resto del mundo y las medidas que estaban tomando en otros países. Eligieron quitarle importancia. Es sólo una gripe, en abril nadie se acordará de esto, mata más el machismo, es más peligroso el alarmismo, cuidado con el miedo, reflexionemos sobre lo realmente importante, que lo demás no sea lo de menos, yo voy a ir porque está en juego la vida de las mujeres. Tranquilos, sólo mata a los viejos.


Los que hoy dicen que no se podía saber eligieron no ver lo que estaba a la vista de todos desde hacía semanas. O peor, lo vieron y eligieron no contarlo.

Siete minutos de ruido

A las 20:00, en el bloque de la calle donde vivo, la calle principal de Galdácano, volvieron a salir para aplaudir a lo que sea que aplauden, algo que a estas alturas no está del todo claro. Dos minutos de aplausos.

Una hora después, a las 21:00, coincidiendo con el discurso del Rey, han salido de nuevo. No sé si los mismos que han salido una hora antes, pero desde luego más de los que han salido una hora antes.

Cacerolas, bocinas, música, silbatos, luces, algún grito. La mayoría de las ventanas y de los balcones estaban vacíos, pero daba igual, porque los dueños, los que arriman el hombro, los que están unidos, son ellos. A mi izquierda y a mi derecha, dos familias entregadas al ruido. En el bloque de enfrente, también varias familias, algunas de ellas con niños pequeños. Me he quedado mirando a una madre con un niño pequeño, al otro lado de la calle, sin saber por qué.

Siete minutos. Ése es el tiempo que han estado entregándose al ruido y a sus miserias, que ahora tenemos que soportar también los demás. Siete minutos en Galdácano, no sé cuántos en otros lugares, no sé en cuántos lugares.
Siete minutos de ruido contra alguien, el Rey, que no tiene nada que ver con esta crisis. Siete minutos de furia ridícula que al mediodía, en el primer turno, me produjo ira, y que ahora sólo me ha producido hastío.

Siete minutos pretendidamente espontáneos dirigidos por los buitres de siempre, con los objetivos de siempre, con la impunidad social de siempre. Siete minutos que nada tienen que ver con los casi 600 fallecidos en España, 40 de ellos en el País Vasco, a los que han escupido hoy.

Siete minutos observando a los vecinos y un enorme ejercicio de contención para no gritarles, a todos ellos, miserables y algo más.