Foley, la hoja en blanco y las palabras vacías.

 

No he visto el vídeo del asesinato de Foley. Algunos se refieren a ello como ejecución. Otros, más gráficos y tal vez más neutros, hablan de decapitación. Ya hay posicionamiento, consciente o no, en esa elección. También para explicar por qué no se ha visto hay que elegir. No he podido verlo. No he querido verlo. Me he prohibido verlo. O no lo he visto, en mi caso. Porque realmente no sé cuál es la razón para no haberlo visto. No siento que nada me obligue a ninguna de las dos opciones. Imagino que es tan respetuoso hacerlo como no hacerlo, del mismo modo que verlo puede ser tan inmoral como negarse a verlo. En cualquier caso, todo son rodeos. Revoloteamos sobre el acto en sí. Cuando lo adjetivamos, cuando nos posicionamos, cuando tratamos de explicarlo o de explicarnos. Revoloteamos, no sé si como moscas, como buitres o como fantasmas. Especialmente cuando, como ahora, decimos algo más de lo estrictamente necesario. Cuando decimos algo, en definitiva.

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Politizar las fiestas

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 (Para una experiencia más completa, se aconseja leer después la Guía visual de la politización.)

El sábado pasado comenzaron las fiestas de Bilbao, conocidas como Aste Nagusia. Unas fiestas esencialmente políticas. El martes, en el programa de actividades, encontrábamos la “Hora de los gestos de solidaridad” (Elkartasun Keinuak) y un “Homenaje a las familiares”. Ambos actos los organizaba la ‘konparsa’ Txori Barrote, así que no es muy difícil adivinar a qué familiares se referían. Para los que no tienen el gusto, Txori Barrote es la comparsa de familiares y amigos de los presos de ETA. Sigue leyendo

La equidistancia europea

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Ceguera voluntaria, retórica buenista y el mal del académico que contempla desde su torre de marfil. Los tres ingredientes principales de la equidistancia suicida a la que hace ya tiempo se entregó la sociedad europea. Equidistancia como norma, y especialmente ante cualquier conflicto en el que haya víctimas y terroristas. “Es un problema muy complejo y profundo” como coartada para la renuncia a tomar partido. Lo he visto aquí, con el terrorismo de ETA. El primer mecanismo, el más eficaz, es no hablar de ello. La ceguera voluntaria. A veces daba la impresión de que el terrorismo etarra era algo que ocurría en otra parte. Madrid, seguramente, a juzgar por la cantidad de columnas, tertulias y portadas. Sigue leyendo

La última patria afectiva

 

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Jamás he dicho con orgullo ‘Soy español’. Ni siquiera tras el Mundial de Sudáfrica. Tampoco lo he dicho nunca con vergüenza. Sencillamente, no he sentido ninguna vinculación afectiva hacia esa condición. Lo soy, nunca lo he negado, y nunca he tenido motivos para hacerlo. A pesar de que también soy vasco. O tal vez precisamente por ello. Sólo cuando han intentado convencerme de la supuesta contradicción entre ambas condiciones he sentido algo parecido al orgullo por lo primero. Una especie de postura desafiante, no en defensa de la españolidad, sino contra la estupidez. También soy vasco, decía. Nacido en Bilbao. Y, del mismo modo, nunca me ha parecido que fuera motivo de orgullo. En cuanto a la vinculación afectiva, digamos que ni está ni se la espera. Hay muchas cosas que me hacen sentirme ajeno a las mitologías propias de esta tierra. La lengua, para empezar. Pero mejor lo dejamos ahí. Sencillamente, soy español, y soy vasco. De una manera aséptica, administrativa.

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