Eugene Goostman y el Test de Turing. ¿Quién engaña a quién?

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No hay nada tan cargante como un filósofo con conocimientos básicos de ciencia (“nivel medio” diríamos en un CV) opinando sobre la importancia de un hallazgo científico reciente. Salvo tal vez un periodista con los mismos conocimientos científicos explicando las profundas implicaciones filosóficas de ese descubrimiento.

 Acaba de publicarse en medios de todo el mundo que, por fin, una máquina ha superado el Test de Turing. Desconozco el porcentaje de personas que habían oído alguna vez hablar del Test de Turing –o del propio Turing– pero seguramente muchos, nada más leerlo, estábamos ya pensando en replicantes y tortugas en el desierto. No sabíamos en qué consistía realmente el Test (“un detector de androides”), y mucho menos habíamos seguido el desarrollo de los intentos previos. Pero el caso es que por fin una máquina había conseguido engañar a los humanos haciéndose pasar por uno de nosotros. Ya teníamos nuestra “gran noticia del siglo” de cada día. ¿Lo de la inflación cósmica? Eso ya está pasado de moda.

 Si nuestra profundización en la noticia se limitara a leer un artículo en prensa generalista -sobre todo si no pasáramos del titular- nos iríamos a dormir y soñaríamos con androides que sueñan ovejas eléctricas. O con robots inteligentes que esclavizan a la humanidad, si nos hubiéramos pasado con la cena. Pero lo cierto es que en este caso la realidad no supera a la ficción. En primer lugar, al contrario de lo que se sugiere en la mayoría de los titulares que he leído, no se trata de una máquina ni de un superordenador, sino de un programa. Concretamente un chatbot, es decir, un software que puede simular una conversación real. En segundo lugar, ni siquiera es la primera vez que ocurre algo así. El éxito de la prueba, el “engaño”, consiste simplemente en que el 33% de un jurado compuesto tanto por expertos en la materia como por individuos sin formación específica relacionada, identificó a  Eugene Goostman como humano en una conversación. En otra ocasión, el mismo bot se acercó a la frontera del 30% que bastaba para calificar la prueba como superada, y engañó al 29%. Y en 1991, es decir, hace más de veinte años, otro bot consiguió engañar al 50% de un jurado, si bien es cierto que estaba compuesto por sólo diez personas.

 Así que no, mejor no escribo sobre las implicaciones filosóficas del último logro científico. Primero, porque parece que al fin y al cabo no es para tanto, y segundo porque si realmente fuera importante, serían los propios especialistas los que estarían más cualificados para hacer esos análisis. Porque es posible que “la ciencia no piense”, pero los científicos sí lo hacen.

Sí aprovecharé para un pequeño apunte. Éste es el tipo de cosas de las que se debería hablar en las clases de ciencias de ESO. No sólo explicar en qué consiste el Test de Turing, el multiverso inflacionario o el Bosón de Higgs, sino ayudar a que los alumnos desarrollen una actitud crítica ante la ciencia y especialmente ante la manera en que se suele presentar. Es decir, no sólo ciencia, sino también cultura científica. Así, al menos, lo tendrían más fácil para detectar titulares sensacionalistas o directamente engañosos, como los que han elegido la mayoría de los periódicos nacionales para “enriquecer” la noticia.

Esto es lo que puede ocurrir cuando algunos filósofos se ponen a jugar con la ciencia sin comprenderla: Imposturas intelectuales

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