Las armas y las letras

Llevaba dos o tres días en plena desconexión de la actualidad. La tercera en un año. Ésta ha durado poco porque parece que estamos en los inicios de una nueva moción de censura contra la derecha. La anterior la desalojó del Gobierno de España, la actual pretende desalojarla de varios gobiernos municipales y autonómicos y la tercera se produjo hace ya tiempo, aunque aún no terminamos de verla. Es la que la desalojó de su centro, de sus ideas y de sus principios para ponerla en el interminable camino al centro, que es simplemente otra manera de referirse al PSOE. Esta última moción es tan compleja y sofisticada que la ha llevado a cabo la propia derecha como reacción al papel que el bloque de nacionalistas e izquierdas colocó en su espejo. Esta moción autoinfligida parte de dos memes. Primero, el meme de la foto de Colón, que no es necesario explicar. Segundo, el meme de Casado frente al espejo. La genialidad de los estrategas del PSOE consistió en escribir “Vox el que lo lea” en el espejo de Casado. Y Casado decidió que no iba a caer en una trampa tan bien tejida. En lugar de arrancar el papel y examinarse frente al espejo decidió que jamás sería Vox, algo que en buena parte había sido no hace tanto tiempo. Vox era el PP y el PP era Vox hasta que el PP dejó de ser el PP. Y así, Vox decidió que había un hueco por representar en el electorado de la derecha, y añadió cuatro o cinco extras peligrosos o absurdos que permitieran diferenciar su marca de lo que hasta entonces habían sido. Casado, el principal representante de la derecha, decidió que no iba a ser Vox. Y como la gestión deja poco tiempo para la reflexión, como examinarse y pensar qué ideas merece la pena defender era un trabajo lleno de minas, decidió que las ideas –las ideas propias– eran señal de voxismo.
Así fue como Cuca Gamarra, la creadora de la campaña ‘Mujer, por encima de todo’, sustituyó en el PP a Álvarez de Toledo.

Pero no es de esto de lo que se habla hoy. Hoy se habla de la “traición” de Ciudadanos, con el dramatismo que todo lo impregna y al que ya nos hemos acostumbrado. Ciudadanos hoy se está limitando a hacer política de la misma manera que el PP hace política. Cuando no hay exámenes ni ideas la política sólo puede consistir en determinar quién maneja unos presupuestos, y la regeneración no puede consistir en nada que no sea cambiar las sillas de quienes manejan los presupuestos. Hoy, justo hoy, muchos simpatizantes de Ciudadanos han descubierto con escándalo que el PP llevaba un cuarto de siglo gobernando en Murcia, apenas dos años después de apoyar que Ciudadanos formase parte de un nuevo gobierno del PP en Murcia. Hoy muchos simpatizantes de Ciudadanos han descubierto que el PSOE, el partido desde el que los insultaron en Alsasua o en el Orgullo, es un partido con el que se puede aspirar a regenerar España, con el que se puede anclar España al centro. O sea, al PSOE. Por eso funcionan tan bien estos simulacros de pensamiento, porque en el fondo no son más que tautologías.

Hoy se habla de todo esto, y la semana pasada se habló de dos historias que me llamaron la atención y no quise comentar. La primera fue la escenificación de la “derrota del terrorismo”, orquestada por el Gobierno de Sánchez en representación del Estado. El presidente de España mandó retirar una gran lona blanca bajo la que habían colocado armas de ETA y del Grapo, después una apisonadora pasó sobre ellas y finalmente Sánchez pronunció un discurso en el que destacó la necesidad de “luchar contra la desmemoria”. Hizo y dijo eso porque sabía que a la semana siguiente ya nadie se acordaría de todo eso, y porque la gran lona blanca lo mismo se descubre que puede volver a cubrir cuando haya que estampar la firma junto a EH Bildu. A la escenificación no acudió la oposición, ni la presidenta de la Comunidad de Madrid ni representantes de asociaciones de víctimas del terrorismo, salvo la AVT, pero sí estaba Idoia Mendia, que se refirió al acto como “un gesto simbólico que constituye un paso más en la construcción de la memoria y la convivencia”. A Idoia Mendia le escribieron en el espejo “Haréis y diréis cosas que nos helarán la sangre” y en lugar de arrancar el papel lo hizo suyo y aceptó escenificar una cena de Nochebuena con Arnaldo Otegi, porque sabía que aunque años después siguiéramos acordándonos daría igual, y porque sabe que una foto sin un buen marco no se tiene en pie.
La otra historia que casi me saca de mi desconexión fueron unas palabras de Margarita Robles. En un acto de Estado, esta vez en agradecimiento a los protagonistas de la Transición en el aniversario del 23F, la ministra del PSOE se refirió a Santiago Carrillo como representante de una izquierda que entendió “que un país no se construye desde la descalificación, la intolerancia y el creerse superior a los demás”. Lo dijo por su papel en el golpe de Estado y en la Transición, pero hay algo terrible en el hecho de leer esas palabras referidas a alguien como Carrillo. Es terrible porque el papel de Santiago Carrillo en la Transición y en el golpe fue simbólico, gestual, una representación, mientras que el papel de Santiago Carrillo en la Guerra Civil tuvo consecuencias directas y definitivas para muchas personas que fueron consideradas enemigos de la izquierda. Frente a la izquierda de Santiago Carrillo existió gente como Melchor Rodríguez, un anarquista que entendió que una república no se puede salvar desde los asesinatos de presos. Y lo entendió porque por encima de su ideal político situó unos principios éticos inamovibles.

Hoy en España el PSOE reivindica a Carrillo o a Largo Caballero, los partidos nacionalistas catalanes reivindican un golpe de Estado y Podemos ensalza habitualmente y sin complejos a dictadores de izquierdas. Frente a ese bloque debería haber otro que reivindicase la firmeza de Melchor Rodríguez y las dudas de Unamuno, que denunciase los asesinatos políticos y los golpes de Estado -los de antes, pero sobre todo los de después de la Transición- y que entendiera que la regeneración en España no puede consistir sólo ni principalmente en denunciar corruptelas en las administraciones locales.
En teoría no debería ser difícil en un país que presume tanto de leer a Chaves Nogales, pero probablemente muchos de esos lectores le acusarían hoy de generar crispación y de alimentar el odio.

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